Como a todo niño de siete años, la palabra "sorpresa" causaba una gran excitación en mí. Qué sería lo que Zoutah y Kiire tendrían para mostrarme.
Caminamos alrededor de cuatro horas ese día, sin duda nuestra más corta travesía hasta el momento. Cuando nos detuvimos desmonté rápidamente y corrí hacia Kiire quien me llamaba a la distancia. Ya a su lado pude ver como delicadas nubes se formaban con el vapor que emanaba justo frente a los pies del Soul Master, y pude sentir un calor similar al de una fogata.
-¡Es agua!- dije aunque no fuera eso lo que intentaba expresar.
-Son aguas termales- aclaró. -A todos nos vendrá bien un chapuzón y un baño tibio.
Recuerdo haber dado saltos de alegría, jamás en mi corta vida pensé anhelar tanto un baño. Así que, sin pedir ninguna clase de permiso y/o autorización, tomé carrera y me preparé para la zambullida. Mas el aguafiestas de Zoutah me sujetó del brazo y me ordenó ayudar con el campamento. No tuvo compasión de mí. Si hasta puse mi más tierna carita de borrego en un último intento por lograr que alguien sintiese algo de lástima. Kiire al principio pareció querer defenderme pero Zoutah cumplía órdenes de Lord a quien me enseñaron que jamás de los jamases se debe cuestionar o desobedecer.
Pasé horas sosteniendo estacas y sogas, me enfurecía un poco que la mayor parte de las carpas fuesen para los objetos y no para las personas. Odiaba con todo mi corazón esas horribles trincheras, aunque todavía no había dormido en ninguna. Se que para mi situación y mi edad era un poco quejumbroso pero luego, cuando conociese personalmente las trincheras, mis quejas tendrían fundamento. Para colmo, a penas terminado el campamento me enviaron a pelar unas papas tan congeladas que eran casi duras como rocas. Descongelarlas sin embargo resultó ser lo de menos, pelarlas con una daga de filo retorcido a la que llamaban daga Kriss era el problema. Fue en parte por mi condición de novato en el oficio de pela papas y en parte por dicha daga que al principio más que ser peladas las papas eran asesinabas brutalmente. Sus cuerpos cercenados con a piel colgante pronto ocuparon todo el lugar.
Finalmente, dos horas después del almuerzo, según Kiire, para hacer la digestión, fue hora del anhelado baño tibio. Corrí con ansias tras el grupo y pronto estuve con ellos. Me dispuse a desvestirme mas fue ahí cuando noté que algo me incomodaba demasiado. Me acerqué más al baño de los hombres y vi que todos se encontraban (oh, sorpresa) desnudos, con sus penes y sus cuerpos musculosos y velludos al descubierto. Sentí algo a lo que se puede llamar una fuerte inhibición. A penas tenia 7 años, ignoraba lo que era un músculo o un vello. De pronto Zoutah apoyó su mano en mi hombro, por suerte él si traía la capa alrededor de su cintura. No supe si comprendió o no mi situación pero aquel gesto me dio ánimos. Creo que sí ya que como siempre me llevó junto a Kiire, quien estaba vestido, para que me rescatase.
A veces uno quisiera volver a ser chico pero con la conciencia suficiente para disfrutarlo. Este debe ser uno de esos casos ya que en cuestión de veinte minutos me encontraba junto a Kiire parado al borde de una terma llena de bellísimas Summoners y elfas sin una sola prenda de vestir encima.
-Selvheen se siente incomodo con los hombres...-dijo.
-¿Quien no?- interrumpió una pelivioleta.
-Son todos una masa de músculos sin cerebro sin nombrar que además son todos unos babosos- agregó otra.-Sin ofenderte, Kiire. Tú eres un santo.
-No, algunos son lindos. Dicen eso porque no a todas nos gustan los hombres musculosos- defendió una elfa.
-¿Entonces puede quedarse el pequeño?- insistió Kiire con tono serio e imponente.
-Claro, que venga con nosotras, lo cuidaremos. Podemos cuidar todo un clan, podremos con un solo niñito tan adorable como éste.
Me sonrojé. El Soul Master me dio entonces una palmada en la espalda y se retiró dejándome solo a merced de las muchachas quienes, al ver que yo no hacía nada, me invitaron a desvestirme y unirme a ellas.
En fin, no todo en mi infancia fue una tragedia. Todas eran tan hermosas, con pechos voluminosos y firmes. Sus delicados vellos púbicos coincidían con el color de sus largas cabelleras rubias y violetas.
Tímidamente me acerqué y me desvestí sin demasiado pudor, era muy inocente en aquel entonces. Además conocía el cuerpo de mi madre y aquellas damas me hacían sentir muy a gusto. Me baje mis gastados pantalones, me deshice del resto de mi ropa y tras tomar carrera salté al agua salpicando de ese modo a todas las allí presentes quienes comenzaron a reír, algunas casi a carcajadas.
-¡Que valiente para ser tan joven!- exclamó en tono apremiante, acomodándose el cabello, una Summoner.
-¿Cuantos años tienes, muchachito?- preguntó una de las rubias.
-Siete- contesté enseñándole con mis dedos.-¿Y tú?
-Ciento sesenta y nueve- contestó soltando una risita.
-No le mientas al chico, dile la verdad. Te veo algunas canas- dijo la Summoner salpicando a su compañera.
-No, no lo diré- rió la otra.
-Es que tiene doscientos tres- me aclaró de manera cómplice la pelivioleta.
-Wow, doscientos años, pareces de menos- contesté a la elfa.
-¿Como de cuantos?- indagó.
-Como dieciocho...
Todas rieron y la elfa se sonrojó. Era lógico que a mí me pareciera tan joven, mi madre tenía unos treinta y dos cuando fue asesinada y sin duda lucía mucho mayor que ellas.
Salpicamos, chapoteamos y hablamos, hablamos, hablamos durante horas. Increíble lo mucho que pueden hablar las mujeres, serian alrededor de sesenta hermosas criaturas las que se encontraban allí completamente desnudas conmigo, el sueño de cualquier macho, pero no el de un niño. Me peinaban, besaban, tiraban de mis mejillas y hasta me bañaban. Recuerdo haber haberme divertido muchísimo junto ellas quienes celebraban todas mis payasadas y ocurrencias.
De pronto, a mitad de nuestros juegos, escuchamos un ruido tras unas rocas y unos pinos cercanos. La elfa de los doscientos tres años, Marina, juntó entonces sus manos y a medida que las iba separando una luz brotaba de entre ellas. Cuando la luz fue libre se convirtió en un as de luz celeste que al tocar la nieve creció y creció hasta tomar la forma de un inmenso simio azul grisáceo, con cuernos en la cabeza, filosas garras y cuatro musculosos brazos. Me contó luego una Summoner que aquellas bestias son conocidas como los Elite Yetis de Devias, y que si en una de esas me cruzaba con uno huyera sin pensarlo dos veces.
El punto es que el Yeti fue enviado para inspeccionar. Caminó lenta pero firmemente hacia las rocas y miró tras ellas. Un Dark Lord y un Blade Knight salieron corriendo huyendo de su escondite entre los gritos y la indignación de mis compañeras. Yo simplemente reía y por momentos era feliz. Sin duda fue una grata sorpresa.
Más en la tarde mientras buscaba a Kiire para contarle como la había pasado, caminé cerca de una de las termas y pude ver a Zoutah junto con Sifin la elfa. Se besaban y reían, quién diría que eran pareja. Ahora sabía porque ninguno de los dos estuvo junto a los demás en las termas hacían sólo unas horas. Entonces pensé, sí los más poderosos del clan de bañaban por separado, seguramente el Lord se encontraba en la otra terma y podría verlo. Me dirigí allí para espiar. Y adiviné. El Lord y Kiire ocupaban la segunda terma, conversaban y también reían. Si Kiire podía bañarse con el Lord es que él era alguien muy importante. Y si que lo era, era nada más y nada menos que el asistente del Lord, mientras que Zoutah y Sifin eran sus Battle Masters.
Aquella noche, mientras todos comíamos sopa de carne con papas junto al fogón, Kiire me tomó de la mano y me apartó del grupo. Nos alejamos caminando media hora en silencio aproximadamente, temí que fueran a reprenderme por algo. Pero sino había hecho nada malo, qué podría haber hecho para disgustarlos. Por más que me lo pregunté no encontré respuestas, así que apresuré mi paso hasta que en la distancia pude distinguir dos siluetas. Eran mi caballo y mi Lord. Al llegar me arrodillé de inmediato a los pies del ángel plateado.
-Lo lamento mucho, mi Lord, sea lo que sea que haya hecho- lloré.
-Selvheen...-dijo al verme.-Te prometí una sorpresa, monta tu caballo y sígueme- continuó mirando luego a Kiire.-Gracias por traerlo.
-Un placer Isand- respondió haciendo una reverencia.
Dudoso y secándome las lagrimas, me incorporé despacio y monté. Entonces el Lord tomó tranquilamente un largo cuerno, al parecer de madera, que se encontraba atado a su cintura y sopló a través de él con fuerza. El sonido fue asombrosamente penetrante aquella noche sin viento. Aguardé para ver que ocurriría y a lo lejos en el horizonte una brillante criatura aulló entre rayos eléctricos blancos y azules para luego correr directamente hacia nosotros. Bajo la luz de la luna llena y las estrellas de aquel cielo negro zafirino pude distinguir un enorme lobo cubierto casi completamente por una armadura dorada la cual brillaba como mil joyas. Sus ojos, cuatro en total, resplandecían cual rubíes luminosos en la oscuridad de la noche. Y sus largos colmillos daban que temer. Me escondí tras Kiire sin dejar de observar al asombroso cuadrúpedo que al llegar junto al Lord comenzó a frotarse contra este entre ronroneos como si se tratase de alguna una clase de gatito doméstico gigante. Isand comenzó a acariciarlo también con una calida y sincera sonrisa que jamás le había visto en su encantador rostro con ojos celestes antes.
-Kiire, volveré pronto- dijo montando al lomo de su lobo gris y dorado en cuya espada se encontraba una cómoda y forrada montura.-Vámonos, Selvheen ¡Adelante Fury!
Veloz como una flecha el enorme cánido hecho a correr y yo ordené a mi caballo seguirlo a todo galope. Cabalgamos durante casi dos horas. Las pisadas de nuestras monturas sobre la nieve producían un único y acompasado sonido hipnótico dentro de aquel penetrante silencio. Que no nieve o que el viento no rasgue la piel es extraño en las noches de Devias mas así era. En el cielo, como una ondulante serpiente de luces frías, la aurora boreal se dibujaba sobre nosotros.
De pronto unas afiladas rocas no mucho más altas que yo se hicieron visibles y nos detuvimos justo frente a ellas. Con sus frías luces verdes y celestes la aurora iluminaba el lugar, dando un clima mágico a toda la escena.
Desmontamos e Isand habló.
-Este es el valle de los recuerdos.
-Los valles están entre montañas.
Ahí me encontraba yo haciendo lo que me habían enseñado jamás hacer, cuestionar al Lord.
-Aquellos picos que ves allí son las montañas, hace millones de años este lugar era un valle que la nieve cubrió. Por eso el nombre- explicó mientras me señalaba la cima de las montañas con cariño y paciencia.-Ahora debemos esperar.
Aguardamos durante quince minutos en silencio sentados sobre la nieve. Únicamente nuestras capas nos separaban de ella. La mía era la de un Dark Lord así que no tuve problemas con el frío, pero me preguntaba seguido como Isand y todos los demás resistían el eterno clima helado de Devias cubiertos sólo con sus finas y delicadas capas de seda blanca.
De pronto y sin previo aviso la aurora boreal comenzó a serpentear. Tomé el brazo de Isand por sobre su armadura. Tenía miedo en cambio el Lord sonreía sin apartar la vista de la aurora que reflejada en sus bellos ojos de cielo era más hermosa aún.
La serpiente de luz se enroscó entonces sobre si misma y comenzó a descender hacia la tierra formando una enorme espiral luminosa a menos de cinco metros de nosotros. Quise aferrarme mejor a mi Lord pero este había desaparecido. Noté en ese momento que me encontraba solo dentro de un remolino gigantesco de fríos colores en cuyas paredes las figuras de cientos de animales de luz se encontraban grabadas tan detalladamente que parecían tener vida propia. Busqué a mi acompañante con la mirada pero me topé con una silueta de luz avanzando directamente hacia mí ¿Mi Lord?
Lentamente la silueta fue definiéndose, pude ver sus femeninas curvas, su largo y lacio cabello castaño, sus ojos color esmeralda, sus mejillas sonrosadas, aquel ángel luminoso y bello era mi mamá.
-¡Mamá!- exclamé con los ojos llenos de lágrimas mientras me ponía de pie tan rápido como me fue posible.
Corrí hacia donde ella se encontraba y recuerdo que mis brazos rodearon con fuerza y desesperación su delgada cintura. Entonces con suma dulzura mi madre secó mis lágrimas con sus delicados y largos dedos.
-Mamá, te extrañé mucho...-lloré.-Quiero volver a casa.
-Eso no es posible, mi pequeño Selvheen.
-Déjame ir contigo entonces, mamá, te lo ruego, no me dejes solo de nuevo.
-Nunca te dejaré solo, hijo mío- susurró entrelazando sus dedos en mi cabello y arrodillándose frente a mí.
Otra silueta de luz cobró vida y tras mi madre mi padre también apareció.
-¿¿Papá??
-Selvheen...
Corrí a sus brazos sin poder respirar por el llanto. Es indescriptible como me sentir que su cuerpo nuevamente me abrazaba con fuerza. Con mi cara roja y mi voz convulsionada pregunté.
-¿Porqué me dejaron solo? Quiero ir con ustedes.
-No estás solo, hijo- dijo alcanzándome un pañuelo que le extendió mi madre.-Tu madre y yo te cuidamos desde el cielo, te observamos siempre, Selvheen mío.
-¿Volverán?
Mi madre acarició mi espalda antes de contestar lo que tanto me temía.
-No, hijo mío. Ahora debes forjar tu propio camino. Kiire se encargará de ti, hazle caso- dijo mi madre con los ojos llorosos de emoción.
-¿No volveré a verlos nunca más?
-Nunca digas nunca, solamente que este no es el momento de reencontrarnos. Vive tu vida, hijo. Se lo que debas ser y lo haz siempre lo que te dicte tu corazón- dijo mi padre.
-Te amo, Selvheen- susurró mamá a mi oído tras estrecharme entre sus brazos con fuerza.
-También los amo, mamá- dije sumido en la angustia mientras la estrechaba en mis brazos y olía su pelo por última vez mientras mi padre acariciaba el hombro de mi madre.
Luego este también se arrodillo me pidió que nunca los olvide, como si tal cosa fuese posible, que me amaba y que siempre estaría a mí lado orgulloso de mí sin importar lo que hiciese.
Y así, abrazados los tres, desaparecieron lentamente y el cielo volvió a su acostumbrada calma. El viento comenzó a soplar.
Lloré en mi lugar desconsoladamente hasta que sentí la mano de mi Lord sobre el hombro, dicha mano me desconcertó y miré hacia mi compañero que me ofrecía un pañuelo. Su hermosa mirada fue dulce y comprensiva. Sequé mis lágrimas y juntos caminamos en silencio hasta nuestras monturas y regresa al campamento sin intercambiar palabras. En aquel momento no me di cuenta que el pañuelo que mi Lord me entregó era el nada más y nada menos que el de mi madre.