martes, 28 de septiembre de 2010

Quinto escrito. Decima parte. Lost Tower.

El viento soplaba con tanta fuerza que casi nos impedía avanzar y si bien mi armadura me daba todo el abrigo necesario no conseguía hacerme dejar de extrañar las gruesas y pesadas capas de los Dark Lord. Nadie ha conseguido hasta el día de la fecha sacarme de la cabeza la idea de que, además de abrigarme, aquellas capas se me ven muy bien.
En lugar de mi gruesa y anhelada prenda oscura, sobre mis hombros y los de Sifin se hallaba la capa blanca de seda que todos en el Clan utilizaban, la cual por cierto me resultaba únicamente un estorbo.
Quejándome de todo cuanto había a mi alrededor continué avanzando mientras mis piernas, como las de Sifin, se hundían cada vez más en la nieve. El camino parecía no tener fin y cuando estuve a punto de decírselo a mi compañera conseguí ver algo a través de la niebla. Una enorme pared de piedra se alzaba monstruosa ante nosotros. A sus pies unos pinos parecían querer rodearla, con respecto a la cima, la niebla, el viento y la nieve no permitieron distinguirla. Miré a Sifin en busca de alguna señal en su rostro que me permitiese deducir si aquella pared, probablemente la base de una gigantesca montaña, significaba algo para nosotros, pero no obtuve nada de modo en que me limité a suspirar y seguir dando aquellos duros pasos.
A medida que la montaña se hacía más cercana la nieve era menos profunda y el viento menos cruel. Sin duda aquella piedra enorme hacía las veces de rompevientos. Me pregunté si la escalaríamos, la rodearíamos o qué. Mas, de pronto, mis pensamientos se vieron interrumpidos por una suave y tibia ventisca que al tocar mi rostro se sintió como una hermosa caricia. Curioso levanté la mirada para ver de donde provenía tan extraño calor y pude ver que la enorme montaña no era lisa y perfecta como parecía en la distancia sino que parecía poseer una enorme rajadura de la cual brotaba aquel viento cálido. Seguramente aquella cueva era a donde nos dirigíamos. Sonreí para mis adentros, complacido de que nuestro destino fuese un lugar tibio.
Al llegar no dimos demasiados rodeos, nos adentramos en la gran abertura de piedra y una vez dentro, el frío desapareció por completo. Un larguísimo y oscuro corredor iluminado únicamente por altas torres de fuego que brotaban del suelo donde yacían varios huesos enormes se extendía ante nosotros sin permitirnos contemplar su final. Sifin quien no parecía sorprendida por nada de eso, se detuvo y tomó un cuerno que llevaba atado a su cintura. Luego, asomándose nuevamente al exterior, lo levó a sus labios para hacerlo sonar con fuerza. El sonido captó mi atención, de modo que me asomé junto con ella a pesar del frío que tanto me disgustaba. A lo lejos, casi sobre la línea del horizonte, un punto rojo comenzó a divisarse. Un enorme lobo acorazado como el magnifico lobo dorado del Lord corría hacia nosotros abriéndose paso entre la nieve y el viento sin la menor dificultad. Gracias a sus enormes y majestuosas zancadas el maravilloso animal no tardó en llegar a nuestro lado e internarse con nosotros dentro de la escalofriante cueva.
-Este es Kovei, mi Fenrir- presentó Sifin una vez dentro acariciando la cabeza roja y lustrosa del animal.
Sonreí y extendí la mano para tocarlo pero de inmediato volvieron a mi memoria dos adorables lobos que no habían sido muy cariñosos conmigo en el pasado de modo que di marcha atrás con el gesto. No deseaba para nada probar la mordida de un can de dos toneladas.
-No tenemos tiempo que perder, Selvheen, súbete.
La miré esperando haber escuchado mal, mas en el fondo sabía que no había sido así. Sifin aguardaba en silencio junto al lobo pretendiendo de veras que yo montase a la enorme bestia sanguinaria. Yo, un futuro Señor Soul Master, me sentía un verdadero infante al hacerla esperar de esa manera y la sensación crecía con cada segundo que pasaba. De seguir así quedaría en ridículo, de modo que me decidí, suspiré, tomé todo el coraje del mundo, caminé hacia la bestia, extendí mi mano hacia ella, le acaricie la barbilla mientras esta emitía un sonido similar a un ronquido y después, finalmente, la monté. Sifin sonrió con aprobación, lo cual hizo que se me enrojecieran un poco las mejillas, y luego montó tras de mí sin decir nada.
Como creo que Zoutah jamás tendrá acceso a esta bitácora confieso que tener el cuerpo de aquella elfa tan pegado al mío, lamentablemente separado por nuestras armaduras, resultó una experiencia muy sensual.
Comenzó a correr el majestuoso Fenrir rojo por el pasillo levantando el polvo con cada poderosa zancada. A toda velocidad pasamos bajo un túnel de huesos formado por una enorme columna vertebral que sostenía a sus lados largas e impresionantes costillas. Me pregunto hasta el día de hoy a qué gigantesca criatura habrá pertenecido...
De repente las auras anaranjada y verde me rodearon nuevamente, Kovei apresuró la marcha y el cuerpo de Sifin se tensó. Confundido miré a mi alrededor, unos ojos rojos se hicieron visibles entre las tinieblas. Aunque el Fenrir corría a toda prisa aquellos siniestros rubíes no quedaban atrás sino más bien corrían a nuestra par.
De pronto y de la nada una gigantesca criatura negra cubierta de acero, con pies pequeños y brazos largos y musculosos como un gorila se abalanzó sobre nosotros atacándonos por nuestra derecha. Afortunadamente conseguí reaccionar a tiempo haciendo surgir una torre de fuego justo debajo de nuestro atacante que, al golpearlo, lo lanzó muy lejos del Fenrir.
-¡Muy bien he...
Antes de que Sifin terminase el cumplido otro de esos monos infernales se nos tiró encima por detrás pero logré tomarlo por el cuello con mi látigo eléctrico y estrellarlo contra otros tres monstruos de ojos rojos que intentaban cerrarnos el paso al frente. Kovei saltó sin dificultad la pila de criaturas derrotadas y los tres seguimos nuestra carrera dejando atrás el peligro.
Poco después nuestra ruta nos condujo dentro de una clase de estrecho laberinto. El Fenrir ya no corría sino que caminaba con la vista al frente y las orejas en alto esperando los comandos de su ama. Por mi parte comenzaban a agradarme aquellos lobos gigantes. Hasta llegué a preguntarme cuando tendría uno para mí. Sifin, concentrada en lo suyo, lo guiaba con gran habilidad por los pasillos de Lost Tower. Parecía conocer el lugar como la palma de su mano lo cual sinceramente me alegró puesto que luego del primer mono a la derecha a mi brújula interna parecían haberle pegado un imán.
Anduvimos dos horas con relativa tranquilidad, aquellos monos diabólicos se nos aparecían con menos frecuencia. De todas maneras no estaba preocupado, con el aura de mi compañera iluminándome no sentía ni el derecho a sentir temor. Mas de pronto escuchamos un poderoso grito metálico, Kovei se puso en guardia y nosotros también. Detrás nuestro llegaron corriendo dos de los monstruos negros, me preparaba para enfrentarlos cuando noté que al frente otro mono nos cerraba el paso. Estábamos rodeados, el pasillo donde nos habíamos metido era demasiado estrecho y a penas nos permitía dar la vuelta con el Fenrir. Tan rápido como pude tomé el cuello de la primera criatura a nuestra espalda con el látigo de luz y la decapité la fuerza de este, de inmediato invoqué la torre de fuego para cerrarle el camino a la bestia que le seguía. Miré hacia delante para enfrentar al otro pero era demasiado tarde, este se encontraba en el aire justo sobre mí dispuesto a partirme al medio con sus afiladas garras.
-¡Ruge, Kovei!- ordenó Sifin.
El lobo obedeció de inmediato, una onda eléctrica recorrió visiblemente su cuerpo desde la cola hasta el hocico, y, cuando este soltó su impresionante rugido, el rayó salió disparado contra nuestro oponente quien cayó sin vida al suelo con su coraza negra hecha añicos.
Me disponía a comentarle a Sifin lo impresionante que me había resultado aquel rugido eléctrico cuando una luz verde impactó contra nosotros con tanta fuerza que nos arrojó a varios metros de nuestra montura. Aturdido por el golpe me incorporé y busqué desesperadamente a mi compañera, esta se hallaba atrapada debajo de uno de esos horripilantes monos negros. Mas este era diferente a los demás ya que estaba cubierto por una luz verde fluorescente. No supe que hacer, pero la situación requería que hiciese algo, así qué corrí hacia ella y el monstruo, me preparé para inventar lo que fuese cuando todo terminó... De abajo de la criatura Sifin salía con el brazo ensangrentado portando un pequeño cuchillo retorcido, probablemente usado muy hábilmente para acabar con aquella oscura y poderosa masa de músculos. Sin perder tiempo y con mucho cuidado la ayudé a ponerse en pie mientras Kovei regresaba tras haber acabado con el mono retenido tras la columna de fuego.
-¿Estás bien?- pregunté mirando la espantosa herida que Sifin traía en el brazo.
-Sí, esto no es nada para mí. No te preocupes.
Una luz blanca rodeó el brazo de Sifin y ante mis ojos la herida simplemente se cerró. La elfa me sonrió con dulzura pero no pude evitar sentirme algo tonto, resultaba fácil olvidar que aquella muchacha rubia de aspecto tan delicado era en realidad una poderosa Battle Master del más alto rango capaz de acabar con un enorme gorila acorazado con tan sólo un retorcido pelapapas.
-Sigamos- dijo segundos después montando nuevamente al rojo Kovei.
Y como ya no temía al perrazo, simplemente asentí y la seguí.
Continuamos nuestra marcha sin mayores sobresaltos mas algo estaba mal con la elfa que por momentos parecía sentirse realmente mareada y desorientada. Hasta su carácter simpático y dulce se había transformado, estaba tan molesta por lo mal que se sentía que no me atreví a preguntarle nada.
A medida que avanzábamos, y Sifin no hacía más que empeorar, las criaturas fueron haciéndose más poderosas. Durante las cuatro horas que nos la pasamos luchado, tuve que enfrentarme con unos enormes toros de hueso que caminaban sobre sus dos patas traseras para sostener en las delanteras gigantescos martillos. Derroté alrededor de cincuenta de ellos hasta que entre los huesos de unos de los toros caídos distinguí las hojas del Pergamino del emperador. Si bien estaba emocionado debido a que ya sólo faltaba el alma del hechicero, la salud de mi compañera no paraba de preocuparme. Por suerte, tras detener varias veces la marcha, Sifin recapacitó decidiendo finalmente desmontar y sentarse en el suelo para descansar en un lugar relativamente seguro.
-Vamos Sifin ¿qué ocurre? No soporto verte así.
-Estoy envenenada, Selvheen- confesó apoyando su espalda contra la pared.- La herida que me hizo la criatura me infectó y no traje las medicinas. No te preocupes, no me voy a morir ni mucho menos, se curará solo. Tu sigue buscando el alma del hechicero- continuó diciendo con esfuerzo.- ¡Rayos, estoy demasiado débil!- gruñó para luego decirme con resignación en su voz.- Tendrás a luchar tu solo.
No pude evitar que se me helara la sangre al oír eso, en cambio Sifin soltó una risita por lo bajo al ver mi cara de espanto.
-Tranquilo, pequeño, obviamente tendrás mi protección- aclaró haciendo luego una pausa.- Cuando el aura comience a extinguirse, aunque sea un poco, vuelve conmigo para que la refuerce. Estaré aquí con Kovei. Eso sí, no te alejes mucho.
-De acuerdo- dije con las piernas aún temblando.
-Buen chico.
Tres horas duró mi obediencia. Cada minuto de ardua lucha que transcurría se volvía de a poco más tedioso que el anterior. Contemplar las mismas paredes, el mismo suelo, los mismos toros asesinos durante tres eternas horas fue lentamente sacándome de quicio. Así que, calculando lo mejor posible la duración de las auras, la velocidad de mis pasos y otros factores comencé a aventurarme cada vez más al interior de la oscura y tenebrosa torre.
Casi finalizaba la más extensa de mis excursiones hasta el momento cuando me pareció escuchar una voz en la negra distancia. De golpe cientos de imágenes de una horrenda bruja helada se me presentaron a la memoria haciendo que mi instinto de supervivencia supiese que era hora de emprender el regreso. Di media vuelta sólo para llevarme un susto de muerte. Había quedado cara a cara con un hechicero vestido con una armadura Legendary igual a la mía. De dónde salió aquel sujeto misterioso y cómo no pude percibir minimamente su presencia era un verdadero misterio. Asustado di un salto hacia atrás, el Dark Wizard me imitó, entonces me puse en guardia dispuesto a luchar por mi vida si era necesario y él también lo hizo. Nos quedamos quietos un largo rato sin atreverse ninguno a hacer el primer movimiento... Era una situación realmente complicada, un descuido y cualquiera de los dos podría terminar muerto con tan sólo un movimiento de muñeca del otro. Sin embargo pasaban los minutos y ninguno se movía. Lentamente, pero sin despegarle los ojos de encima, fui bajando la guardia mientras mi oponente la bajaba conmigo, luego levanté una pierna y él también la levantó. Finalmente suspiré aliviado. Qué tonto había sido y qué suerte que Sifin no estuvo allí para verme.
Más tranquilo me dediqué a contemplar mi figura en el gran espejo. Posé con un hechizo y con otro, para la izquierda y para la derecha, lamentándome constantemente por no haber traído conmigo la capa. Debo admitir que con los espejos grandes puedo ponerme algo vanidoso. Es una conducta que tengo desde chico. En fin, llevaba alrededor de quince minutos jugando a "que genial me veo" cuando noté algo aterrador en mi reflejo, las auras habían desaparecido. Me maldije una y mil veces por ser tan torpe y descuidado como para quedarme sin aura en medio de Lost Tower rodeado de monstruos asesinos sedientos de sangre y para colmo estando tan lejos de Sifin, mi protectora. Pero la realidad era que de nada me servia maldecir, de modo que rápidamente me di la vuelta para regresar con mis compañeros cuando otra cosa llamó mi atención. Mi cuerpo, aunque en menor medida, aún seguía iluminado por la magia de la elfa. Confundido volví a mirar al mago del espejo, ninguna luz lo rodeaba.
-Pero qué demo...
En menos de un segundo el hechicero invocó un látigo eléctrico que lanzó contra mí apresándome el pie izquierdo en el momento exacto en que mis auras se desvanecían por completo. Luego y como si mi cuerpo no tuviese peso alguno mi rival me levantó del pie por los aires para azotarme contra el suelo con tanta fuerza que parte de este cedió agrietándose.
-¡Meteor!- invoqué dándome la vuelta.
Mi meteoro apareció de inmediato mas lucía tan insignificante en comparación a lo que había sido minutos atrás con el poder de Sifin que sentí miedo de que pudiese llegar a extinguirse. Afortunadamente no fue así y el meteoro impactó de lleno contra el hechicero. Con mi enemigo por suerte algo atontado por el golpe quise ponerme en pie pero del suelo brotaron un montón de serpenteantes raíces verdes que me mantuvieron sujeto donde estaba. Debía hacer algo, de modo que con el Ice congelé las piernas de mi rival para inmovilizarlo también y ganar algo de tiempo para pensar. Pero no sirvió de mucho. El mago maligno invocó una lluvia de meteoros que impactaron en su totalidad sobre mí. No sentí dolor sino sólo un montón de poderosas sacudidas, sin embargo nunca hasta ese entonces había recibido una paliza similar. De no haber tenido puesta mi armadura, la cual recibió sus primeras abolladuras, de seguro habría muerto.
Más que atontado aguardé en el suelo mientras observaba como el fuego de los meteoros consumía las raíces que me apresaban. Luego y como pude me incorporé. Fue entonces cuando sentí un dolor punzante recorriéndome todo el cuerpo. Recuerdo haberme llevado la mano al pecho y comenzar a toser con fuerza. Sangre, tosí mucha sangre. Adolorido levanté la mirada hacia mi oponente quien terminaba de liberarse de mi trampa helada y cuyo rostro se había desfigurado completamente mostrando una expresión monstruosa con sus ojos de pronto rojos y su gigantesca sonrisa llena de dientes puntiagudos. Intenté dar un paso al frente casi cayendo al suelo, mi visión comenzaba a nublarse. De pronto comencé a darme cuenta que sin los poderes de la Battle Master yo era un don nadie que por idiota moriría en las garras de aquel monstruo que cualquier Soul Master respetable debería poder hacer pedazos con solo mover un dedo. Pensé también en lo corta y patética que había resultado mi primera batalla de verdad. Estaba perdido... Cerré los ojos y mientras esperaba lo peor recordé a mi maestro. Kiire jamás hacía grandes despliegues de fuerza bruta como solían hacer otros Soul Masters del Clan, nunca lo había visto utilizar aquellas técnicas avanzadas que tanto anhelaba aprender, ni portar pesadas armaduras como la del Lord. Sin embargo, tenía el rango que tenía... Si él podía ser el asistente del Lord con su delicada armadura dorada y sus técnicas de novato, yo como su alumno lo mínimo que debía hacer era sobrevivir a aquella batalla. Por otra parte, quería volver a verlo y quería que se sintiese orgulloso de mí. No podía morir con ese patético hechicero de cuarta.
Con mis energías renovadas y con todo el espíritu puesto en la pelea abrí los ojos y corrí hacia mi oponente quien intentó desesperadamente enlazarme de nuevo mas me teletransporté para esquivar su látigo todas las veces que inútilmente lo intentó. Al llegar a su lado hice lo que ningún Dark Wizard, Soul Master ó Grand Master decente debe hacer, comencé a darle una golpiza que jamás olvidaría. Derechazo tras izquierdazo le di hasta que cayó y una vez que estuvo en el suelo me apresuré a amarrarlo invocando las raíces venenosas. Retorciéndose como un animal mi rival intentaba liberarse mas estaba condenado.
-Ice...
Las estacas de hielo surgieron por debajo de él y atravesaron su espalda sin importarles la armadura para asomar sus afiladas puntas ensangrentadas por su pecho. Retorciase aún el cuerpo del hechicero cuando decidí invocar una torre de fuego encima de él. Sin emitir ni un solo quejido mi difunto rival ardió entre las llamas mientras muy malherido yo lo contemplaba en un respetuoso silencio.
Minutos más tarde, cuando las llamas dejaron de arder, justo antes de emprender mi regreso, eché una última mirada a aquel monstruo que pudo haberme matado. Nada quedaba de él más que sus cenizas, pero algo brillante entre ellas capturó mi atención. Rápidamente me arrodille junto a los restos del mago y con mi mano descubrí aquel pequeño objeto azul y brillante. Se trataba nada más y nada menos que del alma del hechicero.

lunes, 21 de junio de 2010

Quinto escrito. Novena parte. El encargo de Sevina.

Perdido en sus profundos ojos azules permanecí embobado unos instantes. Finalmente había dado con la joven pero qué debía hacer ahora no lo sabía puesto que lo único que me habían encomendado era encontrarla.
-Sevina, estuve buscándote.
-¿En serio?- sonrió.- ¿Qué necesitas de mí?
-No lo sé- fue mi torpe respuesta.
Sevina dejó escapar una simpática risita cubriéndose su pequeña boca de cereza con la punta de sus largos, blancos y femeninos dedos. La observé de pies a cabeza, tratando de no perderme un solo detalle de su persona, y llegué a la conclusión de que aquella sacerdotisa era muy pero muy bonita.
-Quítate el casco- me indicó dulcemente.
Obedecí sin protestar, ella entre sus manos tibias tomó suavemente mi rostro, acercó de a poco y cada vez más sus ojos de mar a los míos, se detuvo a contemplarlos un instante y finalmente dijo:
-El alma del hechicero y el pergamino del emperador...
-¿Como?
-Ve con Kiire y tu clan y trame el alma del hechicero y el pergamino del emperador- explicó.
-¿Cómo sabes de Kiire?- pregunté con genuina curiosidad.
Con una sonrisa pícara en su carita aniñada guiñándome un ojo contestó:
-Qué poco sabes de mí, Selvheen. Además de sacerdotisa soy vidente- hizo una pausa.-Una muy poderosa por cierto.
Aquella chiquilla resultó ser una caja de sorpresas después de todo, tanto por sus habilidades como por su belleza. Aclaro que chiquilla es un decir, la joven debía tener alrededor de veinte años. Si algún chiquillo se encontraba allí en aquel momento, entre las viejas paredes de oscura madera de la iglesia, ese era yo.
-Ven, Selvheen, te mostraré donde puedes ponerte cómodo para descansar.
Y extendiéndome su delicada mano me llevó a conocer aquel lugar que se trataba prácticamente de toda la iglesia puesto que esta se encontraba completamente vacía en ese momento. Cuando al fin estuve a solas, la recorrí un poco y terminé por decidir que dormiría en una de las tres sillas de madera oscura situadas a la derecha del corredor central. No parecían incomodas, al menos tenían apoyabrazos. La del medio sin duda fue la que más me gustó. Hasta el día de la fecha continuo eligiéndola cada vez que por alguna que otra razón termino buscando refugio en aquella acogedora iglesia.
Como dije antes, estuve a solas, Sevina no pasó la noche conmigo, me explicó sin dar mayores rodeos que su familia la estaba esperando. También me explicó que, por razones de seguridad, tendría que dejarme encerrado bajo llave hasta la mañana siguiente pero que no me preocupase ya que ella vendría a primera hora de la mañana, antes que nadie, a abrirme las puertas.
No pasar la noche con ella me pareció una pena, me resultó una joven de lo más simpática con la cual probablemente habría pasado una grata noche hablando de mil cosas. Al menos al despertar lo primero que verían mis verdes ojos sería su pequeño rostro angelical.
Obviando el hecho de que dormiría solo, dormí mucho más cómodo que la noche anterior bajo el demacrado pinito de porquería que si bien hizo todo lo que pudo para protegerme de los elementos no logro nada.

-¡Zoutah, Zoutah! ¡Selvheen volvió!- llamaba Sifin muy contenta a su enamorado mientras corría hacia donde me encontraba.
Al alcanzarme la elfa me abrazó con la fuerza de una boa constrictora y comenzó a llenarme las mejillas de coloridos besos debidos probablemente a su nuevo tono labial, mientras yo simplemente trataba de lograr que mi cerebro asimilase que aquella espantosa y solitaria travesía de un mes al fin había concluido.
El Battle Master Dragón también hizo su aparición y tras dar una firme palmada en mi espalda dijo en tono apremiante "bien hecho, muchacho" lo cual me hizo sentir muy orgulloso. Mas aún faltaba alguien, a mi criterio el más importante.
-¿Dónde est...
Unas plumas blancas fueron de pronto lo único que vi, un fuerte abrazo oprimiendo mi cuerpo con firmeza y dulzura lo único que sentí, y el sonido casi imperceptible de unos sollozos lo único que oí.
-Selvheen, mi Selvheen...
Y sin mediar ninguna otra palabra comenzó a llorar desconsoladamente sobre mí. No me gustaba verlo, oírlo ni sentirlo llorar, sus lágrimas eran mi culpa y me sentí terrible por ello. Tímidamente, tanto por necesidad como por el deseo de calmarlo, fui rodeándolo con mis brazos sintiendo que en cualquier momento las lágrimas también cobrarían vida bajo mis ojos color esmeralda.
Estuvimos abrazados así alrededor de un minuto, fue Zoutah, a quien no parecían agradarle mucho ese tipo de escenas melosas entre hombres, quien nos devolvió a la realidad tomando por el hombro a Kiire y apartándolo lentamente de mí.
-Vamos, Kiire, el muchacho tiene que descansar.
Mi maestro asintió con la cabeza secándose las lágrimas con la mano y dulcemente me soltó.
-Estoy feliz de verte de nuevo sano y salvo- dijo entonces mirándome a los ojos.-Esta noche, antes de dormir, me contarás todo.
-Sí, Kiire- sonreí muy contento de estar nuevamente junto a mi maestro en un lugar del cual comenzaba al fin a sentirme parte.

Las estrellas brillaban hermosas bajo el oscuro firmamento que aquella noche se encontraba completamente despejado. Kiire me citó a un kilómetro del campamento, no sabía porqué tan lejos pero quien era yo para cuestionar al Asistente del Lord. Fue el aullido de unos lobos lo que interrumpió mis pensamientos. Escruté la noche en busca de aquellos posibles puntitos ambarinos que de existir se hallarían muy probablemente fijos en mi, pero no encontré nada así que decidí avanzar hacia la luz proveniente de una pequeña fogata en la distancia cuyas llamas el viento no conseguía doblegar ya que estas se encontraban protegidas por unos pocos árboles secos.
Al llegar vi a Kiire sentado frente al fuego sobre una pequeña roca acompañado por dos hermosos lobos de oscuro y largo pelaje gris. A su espalda una clase de viejo trineo con algunas espadas, un desgastado escudo y un barril encima, reposaba indiferente sobre la nieve. Otras tres rocas rodeaban el fuego así que, tras saludar a mi maestro, me senté en una de ellas. Inmediatamente después ambos lobos se me acercaron con cautela, los dos traían las orejas hacia atrás y la mirada desconfiada.
-Me gustan tus lobos, Kiire- dije extendiendo mi mano para acariciar la cabeza de uno de los animales.
La fiera en cambio no pareció contenta con mi buena intención y, en el transcurso de un parpadeo, lanzó sus fauces sobre mi muñeca y comenzó a sacudirla violentamente con fuerza sobrenatural de lado al otro como si en vez de lobo el animal fuese un enorme tiburón blanco. Por su parte el segundo monstruo, que no podía ser menos que su compañero, se abalanzó también sobre mí arrojándome al suelo dispuesto a abrirme el cuello de un solo mordisco.
-¡Hey!- fue lo único que dijo mi maestro antes de que, sin protestar siquiera, ambas fieras se apartasen se mí como si nada hubiese ocurrido.
-¿Qué sucedió? Pensé que eran buenos- dije desde el suelo.
Como Kiire tardó en responder me incorporé y volví a tomar asiento, fue entonces cuando noté como el Soul Master dorado acariciaba a sus peludos compañeros caninos quienes sacaban la lengua y movían la cola cual cachorros que sin duda alguna no eran. Sentí algo de cólera, de haber tenido una piedra más pequeña cerca se las habría arrojado, lo cual no era una idea muy brillante puesto que los animales habían demostrado ser perfectamente capaces de defenderse de mí.
-No son malos, simplemente los acariciaste incorrectamente- dijo finalmente haciendo luego una pausa.-Pusiste tu mano encima de la cabeza del lobo cuando debías ponerla debajo. El animal pensó que querías dominarlo. Inténtalo de nuevo.
No me moví, sentía que debía pensarlo al menos dos veces.
-Vamos- insistió afirmando el tono.
Despacio me incorporé de mi asiento, me acerqué al animal y cuando estuve cerca me arrodillé ante él. Hubo un instante de silencio en el cual nos miramos a los ojos, sus piedras color ámbar casi me hipnotizaron y al parecer mis esmeraldas casi lo hechizaron a él. Este con su largo hocico me olfateó de pronto quebrando la magia, cuando se detuvo volví a extender temeroso la mano hacia él, esta vez por debajo de su cabeza, y cariñosamente le rasqué la barbilla lo cual, para mi grata sorpresa, le agradó.

Tras jugar varios minutos con los lobos, que no tenían nombre, la conversación con mi maestro dio comienzo. Me apresuré a relatarle todo lo ocurrido desde el momento de mi partida, alterando algún que otro detallito en la parte de mi encuentro con la bruja de las nieves para no preocuparlo innecesariamente o quizás para no verme tan Noob. Por otra parte no quería que se enterase que había perdido a Chester. Salvando esos detalles le conté sobre el clima, los diamantes rosados, los monstruos en el recorrido, la comida, los guardias en la entrada de Devias, el granizo, los dos pinitos, la bella Sevina, la iglesia y el retorno al Clan.
-Con que el alma del hechicero y el pergamino del emperador...
Mi maestro reflexionaba sobre aquellas palabras frente a las llamas danzantes que parecían dar vida a cada parte su armadura, a cada uno de sus cabellos, a cada una de sus facciones y a todo cuanto había a nuestro alrededor, mientras yo luchaba por contener la intriga que me generaban aquellas reflexiones.
-¿Dónde consigo esas cosas?- pregunté algo impaciente por tantas pausas, silencios y misterios.
-Vamos por partes- dijo haciendo otro silencio.- ¿Sabes para qué debes encontrar esos objetos?
Negué con la cabeza, no tenía ni la más remota de las ideas.
-Para dejar de ser un Dark Wizard y convertirte en un Soul Master.
-¡¡¿¿Queeee??!!
El corazón se me paralizó y casi me fui de espaldas al suelo ¡¿Soul Master yo?! No se si de nervios o de emoción me atraganté y comencé a toser, Kiire rió sin disimulo mientras yo realizaba arduos y complejos ejercicios de respiración para recuperar la compostura.
-Bien, esos objetos se encuentran en...
-¡Espera, espera! ¡¿Me estás hablando en serio?!- me señalé.- ¡¿Me hablás a mí?! ¡¿Soul Master yo?!
-Basta, Selvheen o te golpearé por idiota.
Respiré hondo y entonces, a duras penas, pude dejarlo continuar.
-Como te decía, esos objetos, el pergamino y el alma, los encontrarás en Lost Tower.
Lost Tower... Kiire pasó la noche diciéndome lo peligrosa que era aquella gigantesca torre negra de siete pisos, perdida en algún lugar recóndito de Devias, repleta de demonios mucho más poderosos que los vistos por mí hasta ese entonces. Mi nueva misión sería derrotar a dichos demonios hasta dar con los portadores de los dos objetos. El primero, el alma del hechicero, era una gema azul con tres puntas, mientras que el segundo, el pergamino del emperador, a diferencia de lo que su nombre indica, no era un pergamino sino un pequeño libro azul violáceo con detalles dorados.
Admito que, esa noche, puse en duda varias veces la cordura de Kiire, me preguntaba cómo esperaba que yo, Selvheen, ex pelador oficial de papas, derrotase siquiera a uno de esos demonios que para colmo nunca atacaban solos. La respuesta no tardo en llegar. Sifin iría conmigo. Por un lado eso me generó un gran alivio pero por otro dañó un poco mi orgullo y, por más que Kiire me explicase una y mil veces que a todo el mundo alguna vez una elfa tuvo que tenderle una mano, no podía evitar sentirme un pobre novato.

Amaneció nuevamente en Devias, Kiire, Zoutah, Sifin y yo nos encontrábamos a pocos metros del campamento ese día, haciendo qué, aún no lo sabía. Hacía un clima fabuloso, no nevaba y el sol lo cubría todo con su fino manto de luz y calor mientras los pájaros cantaban sin cesar.
-Bien, Selvheen, como te dije anoche, hoy cuando se oculte el sol irás con Sifin a Lost Tower en busca del alma del hechicero y el pergamino del emperador- mi maestro hizo una pausa.-Pero antes practicaremos un poco el modo en que lucharás ahí dentro- continuó diciendo mientras se acomodaba el cabello.-Zoutah representará el papel de demonio Mob.
-¡Pero peleará jugando y bien despacito!-acotó rápidamente la elfa al ver mi cara de espanto.
-Es indispensable que estés acostumbrado a los poderes de Sifin antes de entrar a la torre- dijo el Soul Master haciendo nuevamente un silencio para pensar.-Bien, creo que no hay más que decir, así que comencemos.
Mi maestro se frotó las manos, miró a Zoutah y le indicó prepararse, luego me miró y me indicó confiar en Sifin ciegamente, lo que significaba luchar creyéndome el Dark Wizard más poderoso del mundo.
"¡¡Ponte alerta, Selv!!" fue la frase que me devolvió a la realidad. Al parecer mis pensamientos se encontraban dispersos ya que aquellas palabras casi me asustaron. Digo "casi" porque lo que me asustó realmente fue ver como el guerrero corría hacia mí y daba un gigantesco salto con la espada en el aire dispuesto a caer sobre mí. Por reflejo cubrí mi rostro con el brazo sólo para escuchar los regaños de Kiire.
-¡No! ¡Selvheen, no! ¡Teleport! Por los Dioses, Teleport.
Lentamente fui abriendo los ojos sólo para toparme con la gran espada del Dragón a escasos dos centímetros de mi antebrazo. A la orden de "vamos de nuevo" el guerrero se apartó y tendiéndome una mano me ayudó a ponerme nuevamente en pie. Un poco avergonzado por lo recién sucedido, sacudí un poco el cuerpo para quitarme la nieve de encima y de paso conectarme un poco mejor con la realidad. Entonces pude notar que mi persona estaba rodeada por dos auras luminosas, una verde y la otra naranja. Según la Battle Master, la primera de estas dos aumentaba mi defensa mientras que la segunda aumentaba de manera asombrosa la fuerza de mis ataques.
-¡¡Demonios, Selvheen, no te distraigas!!
Esta vez la espada del Dragón terminó junto a mi cuello. Kiire estaba rabioso, Zoutah fastidiado y Sifin como siempre muy entretenida. De todas formas, enojados, fastidiados o como fuere, nos preparamos nuevamente para el tercer intento.
El Dragón corrió hacia mí como un tigre hambriento y dio un gran salto con la espada en alto sobre su cabeza. Esa vez conseguí teletransportarme justo detrás de él mas el guerrero hizo girar la espada alrededor de su cuerpo consiguiendo asestarme un duro golpe que me arrojó con fuerza al suelo sin causarme, para mi gran sorpresa, ningún dolor.
-¡Que no te distraigas!
Aquel grito logró hacerme reaccionar a tiempo para esquivar varios espadazos que llovieron inclementes sobre mí. Tan rápidos eran que me resultó imposible ponerme en pie, así que me teletransporté lo más lejos que pude de mi rival.
-¡Atácalo, Selvhi!-alentaba Sifin como si mi mastodóntico adversario no fuese lo suficientemente aterrador.
Pude ver y sentir como Zoutah me clavaba sus ojos de fiera desde su posición. Temí por un segundo que el guerrero se estuviese tomando las cosas muy enserio. Luego de estudiarme detenidamente con aquella mirada penetrante el Dragón dio un saltó en el lugar con su espada en alto y al caer y tocar su arma el suelo una ola de hielo se abrió paso por entre la nieve hacia donde yo estaba y apresó mis piernas congelándolas por completo. Intenté zafarme pero el hielo me llegaba a las rodillas imposibilitándome cualquier movimiento. El Battle Master sonrió y corrió hacia mí dispuesto a darme la estocada definitiva en medio del estomago.
-¡Twister!-invoqué extendiendo mi brazo y cubriéndome el rostro con el otro en espera de lo peor.
-¡¡Maldición, Selvheen, no te cubras el rostro!!-gritaba Kiire enfurecido.
Abrí los ojos y vi que un pequeño tornado de aire y nieve hacía girar a mi rival sobre su eje.
-¡Lighting!-me apresuré a continuar.
De mi mano derecha brotó como una serpiente eléctrica aquel rayo de luz que enroscó la espada de Zoutah y se la arrancó de las manos en fuerte y repentino tirón. El arma no cayó muy lejos del guerrero y vi que si no inventaba algo pronto este la recobraría sin mayores dificultades.
-¡Ice!
De la blanca nieve, justo bajo los pies del Dragón, brotaron unas largas estacas de hielo que, como había sucedido conmigo, le apresaron las piernas contra el suelo. Zoutah estaba cada vez más furioso, un error sería fatal.
-¡Poison!
Como pequeños tentáculos verdes unas seis o siete raíces no muy gruesas pero resistentes surgieron del blanco suelo invernal envolviendo la espada y comenzando a hundirla bajo la nieve.
-¡Flame!
Una poderosa columna de fuego nació hacia el cielo con tanta fuerza que pareció catapultada justo bajo el Dragón quien soltó un alarido desgarrador. Sin embargo, cubierto de fuego, gritando entre las llamas, Zoutah consiguió liberar sus piernas de la amarra de hielo que lo inmovilizaba ya que el calor de mi ataque la había debilitado.
La mirada inyectada de sangre y fuego, llena de furia, del Battle Master me inspiró un profundo terror que recorrió en un escalofrío hasta la ultima célula de mi cuerpo. Si aquel monstruo se liberaba no podría contarlo al día siguiente. Debía actuar y pronto.
-¡Vengan a mi Evil Spirits!
El cielo comenzó a oscurecer aunque ninguna nube cubriese el sol. Sin motivo aparente, el viento dejo de soplar y un silencio lúgubre lo abarcó todo. Durante los quince segundos que transcurrieron luego, nada ocurrió. De pronto y de todas partes comenzaron a llegar centenares de espíritus negros, compuestos sólo por el rostro, aullando lastimeramente como suelen hacerlo las almas en pena. Los espíritus, seguidos por sus largas y traslucidas estelas negras, rodearon a Zoutah quien, privado de su espada, intentaba inútilmente entre palabras blasfemas espantarlos con sus manos.
-Terminamos- dijo Kiire.
Sin decir más el Soul Master extendió su brazo hacia Zoutah, cerró los ojos y al abrirlos el guerrero fue teletransportado a su lado. Sifin corrió hacia su amado y lo abrazó con fuerza, luego le apoyo la mano en la frente, una luz plateada rodeo al Dragón y todas las heridas de este sanaron por completo.
-Zoutah ¿estás bien?- pregunté al guerrero tímidamente pero con sincera preocupación.
Este respondió dando una palmada en mi hombro y sonriéndome.
-Tienes talento, muchacho. Cuando no necesites de una elfa quiero un verdadero duelo contigo.
Sifin me guiñó un ojo y, tomada del brazo de su amado, comenzó el retorno al campamento.
Miré a mi maestro quien guardaba silencio. Quise tener el poder de leer su mente para saber que pensaba de mí, por supuesto que sabía que haber tenido semejante oportunidad contra Zoutah se debía únicamente al impresionante poder de Sifin. Jamás hasta el día de la fecha he vuelto a presenciar tal magnificencia en los poderes de una elfa de energía. Continué observando al Soul Master dorado, sus profundos ojos celestes cual zafiros deslumbrantes ahora me miraban con dulzura y serenidad.
-Estoy muy orgulloso de ti.
Y sin decir una palabra más Kiire me dio la espalda y siguió los pasos de los Battle Master mientras yo apresuraba la marcha para seguir los suyos.

domingo, 6 de junio de 2010

Quinto escrito. Octava parte. La misión.

Era increíble, simplemente increíble. Al fin un set de verdad protegiendo mi cuerpo diesicieteañero. Nunca me habría imaginado que una armadura pudiese resultar tan liviana y cómoda.
Tras los quince minutos que me llevó ponérmela di las gracias al amable Dark Lord de cabellos luminosos y salí corriendo del lugar lleno de entusiasmo sólo para toparme de frente, casi cara a cara, con mi Lord Isand y entonces volver a sentirme pequeño ante él. Su magnifica armadura Hades, su capa y sus tres pares de alas cubiertas de plumas blancas y celestes consiguieron impactarme muchísimo.
-¡Mi, mi Lord!- tartamudeé haciendo una improvisada y, por consecuente, desprolija reverencia al hombre que se limitó a recorrerme de arriba a abajo con su mirada celeste para luego dar media vuelta y regresar, junto con Kiire, a su elegante carpa.
-¡Selvheen, te ves requete divino!- sonrió Sifin sonrojándome.
-Gracias- sonreí también.
-Me recuerdas a un amigo de hace muchos años, en mi época de Noob- continuó la elfa.
-¿Qué es un Noob?- inquirí curioso como un gato únicamente para arrepentirme por ello luego.
-¡Ahy, lo lamento! No quise decir que eres un Noob. Me refería a mis épocas como novata.
-Noob es una manera despectiva de llamar a los novatos- explicó Zoutah sin darle mayor importancia a sus palabras.
Sin embargo, hubiese preferido mil veces no haber escuchado aquello de Sifin. Nunca me creí la gran cosa en lo que a materia de poder y jerarquía respectaba, pues no lo era, mas de todas maneras el mal sabor de boca se me quitó a los pocos segundos. Era mi misión lo que realmente perturbaba mi joven mentecilla.
-Muchacho, ve a "jugar" por ahí un rato hasta que anochezca. Sifin y yo tenemos cosas importantes que hacer.
-De acuerdo...- respondí un poco dolido por el tono despectivo utilizado por el guerrero en la palabra "jugar".

La última noche con el Clan finalmente lo cubrió todo. Zoutah, Sifin y Kiire estaban conmigo a más o menos un kilómetro del campamento donde la mayoría ya debía encontrarse durmiendo. El silencio en donde nos encontrábamos era interrumpido únicamente por el constante arrullo del viento congelado. La aurora boreal casi rozaba la tierra con sus colores traslúcidos. Qué hermosa era.
Recuerdo haber estado temblando mas lo que menos sentía era el frío. No sé si fue por el miedo pero mis ojos se aguaron y enrojecieron. Con diecisiete años lo único que deseaba abrazar a mi maestro y esconderme entre sus brazos.
-Es hora, Selvheen- dijo Kiire de pronto más firme y serio que nunca.
Me sorprendió un poco que no me mirase a los ojos cuando habló sino que los clavase en el nevado y lejano horizonte. Recuerdo haber sido reprendido varias veces por no mirarlo a los ojos a él.
-Mucha suerte, muchacho- me deseó calidamente el guerrero apoyando su gran mano en mi hombro.
-Sé que puedes hacerlo, suerte- dijo Sifin mientras me abrazaba y besaba en la mejilla.
-Esperamos tu rápido retorno al Clan- dijo finalmente Kiire sin mirarme siquiera.
Qué le ocurría a mi maestro ¿estaría enojado conmigo? Fuera lo que fuese lo que le sucedía, me dolió mucho aquella fría despedida que había resultado ser la más distante de todas las que habíamos tenido.
Se hizo luego un largo silencio y supe que debía partir... Me despedí de los tres portando en mi brazo, por primera vez, el brillante emblema del Clan el cual me llenaba de valor y orgullo y, tras un último suspiro, les di la espalda para comenzar mi viaje. Con los pies un poco hundidos en la nieve caminé unos cien metros con el viento en contra. Entonces miré hacia atrás. La elfa y el guerrero aguardaban, Kiire había desaparecido.

Recuerdo el viento helado cortando mi rostro sin clemencia durante una nevada como lo haría una navaja con una fina hoja de papel de arroz. No podía distinguir nada a más allá de los cincuenta metros y a duras penas conseguía mantener abiertos los ojos.
El frió sin embargo no me resultó un gran inconveniente, lo sentía, sí, pero no logró ser una molestia para mí ya que el set resultaba mucho más cálido de lo que había creído en un principio.
Me encontraba algo desorientado tratando de reubicarme cuando distinguí un punto rosado en la distancia. Me llenó de regocijo ver algo, aunque fuese aquel puntito así que, sin pensarlo dos veces, incluso sin saber si me desviaba o no de mi ruta, avancé hacia la pequeña lucecita.
A medida que aquel punto de a poquito se agrandaba y agrandaba la tormenta con su viento decreció considerablemente hasta desaparecer por completo. Cuando al fin pude abrir los ojos quedé completamente impactado por lo que vi. A mi alrededor y por todas partes, clavados en la nieve, brotaban del suelo cual árboles diamantes enormes que irradiaban aquella mágica luz rosada. Estos hacían juego con una pequeña aurora boreal que serpenteaba con sus fríos colores casi rozando mi cabeza. Caminé un poco contemplando todo embelezado hasta que de pronto me pareció escuchar algo en la distancia.
-Ven, joven mago. Ven conmigo, acércate. No sientas ningún temor- decía aquella voz melodiosa.
Busqué rápidamente con la mirada, como lo hacen las aves, por todas partes la fuente de aquella voz mágica proveniente de ningún lugar.
-¡¿Quien eres?!- pregunté en voz alta para asegurarme el ser escuchado.
-Ven a mí, joven mago, necesito tu calor. Tengo mucho frío- continuó diciendo aquella voz que a cada instante conseguía enamorarme más y más.
-¡¿Dónde estás?!- volví a preguntar buscándola.
Fue entonces cuando pude verla escondida tímidamente tras uno de los enormes diamantes rosados, vestida completamente de blanco y portando en su espalda unas bellísimas alas color nieve sin plumas ni membrana. Lentamente pero sin miedo alguno caminé hacia ella y pude distinguir sobre sus largos cabellos oscuros una hermosa y delicada corona blanca. A cada paso conseguía distinguirla mejor, sus ojos celestes eran como estrellas y sus labios rosados lucían cual deliciosas y heladas cerezas.
-Eres tan hermosa- fue lo primero y lo único que pude articular ante ella.
Curiosamente lo inusual de la situación no me asombró para nada, me sentía hechizado y las palabras simplemente escapaban de mi boca como las aves lo harían de una jaula abierta.
-Acércate un poco más, de veras necesito tu calor.
Un escalofrió de placer me recorrió todo el cuerpo. Pude sentir como una fuerte erección cobraba vida entre mis piernas y entonces, con las mejillas sonrojadas, rodeé con mis brazos la figura de mi princesa helada apoyando mi cuerpo deseoso contra ella quien también me abrazó. El deseo se iba apoderando completamente de mí.
-Dame ahora el calor de tu sangre, alimenta mi existencia con el calor de tu vida.
-Toma de mi lo que quieras- contesté hipnotizado sin siquiera escucharla.
Cerró ella sus ojos y preparó sus labios, pasé la lengua sobre los míos y los acerqué a los suyos. Su aliento se fundía con el mío cuando una estridente risa histérica resonó de pronto acabando con el sueño. Ante mí mi princesa de nieve se había convertido en una mujer de aspecto sumamente tétrico, con largos colmillos en toda su boca y los cuencos de sus ojos vacíos.
Asustado intenté retroceder y escapar pero ella me sostenía en su firme abrazo el cual se estrechaba cada vez más, como el de una boa exprimiendo la vida de su presa, hasta el punto de comenzar a generarme un intenso dolor. Luché cual animal enjaulado para liberarme mas no hubo caso. Quise gritar pero supe de inmediato que en aquel lugar desolado nadie podría escucharme. Sino hacía algo moriría. El abrazo continuó estrechándose aún más, en cualquier momento mi armadura cedería, en cualquier momento escucharía a mis huesos quebrarse en mil pedazos...
Mi vida comenzó a pasar frente a mis ojos. Mi niñez, la muerte de mis padres, la aparición del Clan en mi vida... Entre los rostros que se me cruzaron estuvo el de Kiire, mi maestro. Ahy, qué decepcionado se sentiría de mí... Durante mi entrenamiento en Noria nunca conseguí teletransportarme, si bien él lo hacía lucir como lo más sencillo del mundo. ¡Esa era la respuesta! Debía teletransportarme, mi vida dependía de ello. Cerré los ojos, respiré como pude y sin pensarlo dos veces desaparecí... Rápidamente reabrí los ojos, había reaparecido a unos escasos dos metros de mi captora que, en aquel momento, se elevaba iracunda en el aire mientras en sus manos se materializaba un cetro blanco con el que me apuntó.
Desesperado eché a correr cual conejo asustado con la esperanza de que al llegar a la tormenta aquella bruja de las nieves hubiera perdido mi rastro.
Mientras a duras penas yo huía, la horrenda mujer comenzó a decir algo utilizando palabras totalmente desconocidas para mí. No podía verla pero saber que se encontraba detrás mío me helaba la sangre, temí que aquellas palabras extrañas fuesen nada menos que encantamientos. No estuve desacertado, olas de luz idénticas a mi hechizo Power Wave pasaron primero a mi derecha y luego a mi izquierda. En una fracción de segundo supe que las terceras me alcanzarían y así fue... Rodé por el suelo unos cinco metros y cuando levanté la mirada pude ver al monstruo justo encima de mí, siempre con su risa histérica la cual rememoraría varias veces dentro de mis futuras pesadillas. Adolorido y rendido bajé la mirada esperando lo peor y a unos dos o tres metros de allí vi caído en la nieve aquel pequeño casco plateado que Kiire me había regalado hacia poco tiempo.
-¡Chester, aparece!- grité con todas mis fuerzas.
Entonces la conocida luz dorada se encendió y mi hermoso Uniria cobró forma. El monstruo volteó furioso hacia él y, tras dedicarme un espectral rugido que casi detuvo mi corazón, me dio la espalda y comenzó a seguirlo dejándome solo mientras mi amigo huía llevándosela cada vez más lejos hasta hacerla desaparecer.
Pasaron unos segundos en los que no hice nada. Luego di un hondo suspiro de alivio y me recosté en la nieve mirando al cielo con sus bellas estrellas y su verdiazul aurora de zigzagueante luz mágica. El peligro había terminado y yo había sobrevivido.

El resto del viaje trascurrió sin sobresaltos. Algún que otro Yeti se cruzó en mi camino mas, a diferencia de mi primer encuentro con ellos, pude espantarlo fácilmente con mis más simples hechizos. El cielo se mostraba anaranjado cuando pude al fin visualizar la ciudad cuya entrada custodiaban dos imponentes guardias con lustrosas armaduras plateadas que les cubrían todo el cuerpo salvo por una pequeña rendija para los ojos.
-¡¿Quien anda ahí?!- preguntó uno de los guardias con voz autoritaria.
-Me llamo Selvheen, vengo en busca de la sacerdotisa Sevina- tartamudeé.
El guerrero rió junto con su compañero.
-¿Piensas que dejaremos entrar a un Dark Wizard desconocido así porque sí a la ciudad?
Me quedé mudo sin saber que contestar. No quiero confesar el miedo que me daban esos guardias pero me daban miedo y lo que menos quería y necesitaba era que se enojaran conmigo. Así que no tuve mas remedio que dar media vuelta. Me alejaba cuando...
-¡Espera, muchacho!- me llamó uno.
-¿Qué haces? No me digas que piensas dejarlo entrar.
-Mira su brazo, el emblema.
-¡Dioses santos, mil disculpas, muchacho! Pensamos que eras un bandido. Adelante, pasa a la ciudad.
-Y discúlpanos- concluyó el otro.
Lo único que atiné a decir dentro de mi sorpresa fue "gracias". Había olvidado el respeto que se le profesaba al Clan en Devias. En fin, despabilándome un poco y tratando de no cruzar mis ojos con los de los guardias, me adentré en la ciudad.
Qué bella se veía de noche, era la primera vez que mis ojos se posaban en ella, en sus calles de piedra, sus hermosas casitas, los pequeños pinos diseminados por todas partes y la nieve coloreada por las luces de la aurora boreal, la luna y las estrellas. Paseé tanto el cuerpo como la mirada por las calles empedradas cubiertas de escarcha que bajo mis pasos se quebraba. Tan embelesado me encontraba que no presté atención a asuntos más prácticos como dónde dormiría sino tenía ni un centavo, qué comería y por dónde comenzaría mi búsqueda.
La noche no tardó en caer por completo y cubrirlo todo con su velo de sombras misteriosas. Mi paseo turístico por Devias estaba a punto de llegar a su fin mas un piedrazo justo sobre mi casco apresuró las cosas. Busqué con la mirada el origen del golpe cuando comenzaron a llover enormes piedras de hielo. Se trataba del granizo más fuerte que había visto hasta entonces. Apurado corrí bajo la lluvia escuchando el sonido de las rocas impactando sobre mi armadura. Corría en vano pues no conocía la ciudad e ignoraba dónde podía ir. Por otra parte no quería que mi armadura nueva tuviese abolladuras con tan sólo una semana de uso. Finalmente terminé bajo el único refugio que pude encontrar, un pobre pinito desvalido cercano a la salida Sur de la ciudad. Refunfuñando como un viejo, me cubrí con la capa de seda, igual a las de mis compañeros mayores del Clan, y me dispuse a dormir. Incómodo pero a dormir.
A la mañana siguiente la nieve me cubría las piernas y el amable y tibio sol calentaba mi cuerpo. Se escuchaba el sonido de carretas, vendedores y personas de todas las edades que por mi lado pasaban. Noté que alguien durante la noche me había dejado algunas monedas y no pude evitar sonrojarme, qué suerte que nadie del Clan sabría jamás de ello. Luego de guardarme las monedas, lentamente me levanté y me dediqué a estirar cada músculo de mi cuerpo. Después de varios "cracks" me saqué el casco que me incomodaba, respiré profundo e intenté ponerme a pensar. Si yo fuese una sacerdotisa, dónde me encontraría. La respuesta llegó por si sola: en un templo o una iglesia.
-Señor- llamé a un hombre que por allí pasaba.- ¿Sabe dónde queda alguna iglesia?
-En el centro de la ciudad está la gran iglesia donde todos van a orar- me contestó.- No queda muy lejos, sigue al Norte, te cruzarás un bar muy grande, de ahí sigues al Norte hasta llegar.
-Muchas gracias.
-De nada, Señor Soul Master- dijo haciéndome una reverencia para retomar luego sus labores.
Señor Soul Master... Qué bien se escuchaba. Sin duda mucho mejor que el "Noob" de Sifin. Algún día me convertiría en un Señor Soul Master de verdad, sólo era cuestión de tiempo y de nada serviría impacientarse.
Así que, sonriente, me dirigí a la iglesia de Devias.
Cuando llegué vi que no era muy grande pero tampoco muy chica. Parecía por fuera una casa más del montón salvo por su tamaño, la cantidad de ventanas y la enorme puerta doble delante de la que me encontraba. Hice una reverencia y entré lo más silenciosamente que pude.
El panorama dentro distaba bastante del exterior. Una larga alfombra roja se extendía en medio del lugar hasta llegar al altar mientras que bancos de madera oscura enfilados a la perfección ayudaban a mantener la simetría del conjunto. Algunas personas oraban en aquel momento, dispersos entre los bancos, mas el silencio era casi absoluto.
De pronto un sacerdote entró y se dirigió directamente hacia el altar donde al parecer se puso a acomodar algunas cosas. Caminé hacia él y le pregunté...
-Padre, estoy buscando a la sacerdotisa Sevina ¿sabe dónde puedo encontrarla?
-Difícil que la encuentres aquí, es una jovencilla bastante rebelde. Se la pasa jugando con los niños tanto dentro como fuera de la ciudad- contestó con tono amigable.
-Ya veo... Muchas gracias.
Me sentí decepcionado, tendría irremediablemente que ir a buscarla por todo Devias. Suspirando fui dejando la iglesia lentamente atrás.
Afuera el sol brillaba con fuerza y si no fuese por la nieve cubriéndolo todo nadie diría que aquel lugar era una zona helada azotada por fuertes tormentas polares.
Continué mi caminata durante todo el día observando a la gente, las tiendas y las carretas. No me sorprendió no encontrar rastros de Sevina ya que el único plan que tenía para ello era caminar por la ciudad hasta dar con ella. Qué me hizo pensar que la reconocería si los únicos datos con los que contaba eran que se trataba de una mujer joven, sacerdotisa, llamada Sevina.
Las calles cubiertas de noche me invitaban a recorrerlas pero ya me sentía cansado y mi prioridad era encontrar un nuevo refugio, de ser posible, mejor que el pino de ayer. Tras horas de buscar y buscar encontré el sitio perfecto: otro pino igual al anterior. Sin prisa me fui acomodando cuando un rayo partió en dos el firmamento.
-Maldición- gruñí cuando tras el rayo resonó un trueno y luego comenzaron a caer piedras más grandes que las de la noche anterior.
Tras recibir varios piedrazos descubrí que el sueño no sería tan llevadero como antes sino que esta vez sería imposible. Las gigantescas rocas de hielo atravesaban sin miramientos las ramas del pino sin importar si para lograrlo debían mutilarlo un poco.
Maldecía y maldecía luego de cada golpe mientras observaba a la gente refugiarse en sus respectivas casas. Muchos pasaban frente a mí cubriéndose la cabeza con trozos de madera. Cuando pensé que no podía ponerse peor comenzó a llover. Cada daguita de hielo se quebraba contra la tierra y contra mi casco. El suelo comenzó a inundarse y sobre mi piel el agua que conseguía colarse dentro de la armadura se deslizaba. Moriría congelado sino pensaba pronto en algo.
-Pobre muchacho ¿No tienes refugio?- dijo una voz.- Sígueme, rápido.- continuó diciendo a la vez que me tendía su mano delicada la cual tomé para ponerme de pie.
Juntos corrimos bajo las dagas varios minutos hasta llegar a la puerta de la iglesia. La joven encapuchada sacó de su abrigo una pequeña llave dorada con la cual abrió la puerta. Una vez dentro ella volvió a hablarme.
-Uff, qué tormenta. Es la época- sonrió dejando a un lado la madera y cerrando luego la puerta con llave nuevamente.
-Al menos ya estamos a salvo.
-Eres un forastero ¿verdad? ¿De dónde vienes? ¿Cómo te llamas?- indagó curiosa mientras encendía unas velas.
-Nací en Lorencia, es mi primera vez en la ciudad. Me llamo Selvheen.
La joven se bajó la capucha y sacudió sus largos cabellos castaños.
-Un gusto, Selvheen. Mi nombre es Sevina.

domingo, 23 de mayo de 2010

Quinto escrito. Séptima parte. Retorno al Clan.

En segundos se cumplirían alrededor de tres cuartos de hora durante las cuales me la pasé echado de panza sobre la hierba acechando a aquella criatura de extraña apariencia. El animalejo naranja con la forma de un escorpión sin pinzas no parecía sospechar de mi presencia. En silencio me arrastré unos veinte centímetros más y...
-¡Energy ball!- grité saltando de mi escondite a la vez que mi esfera de energía celeste impactaba contra el animalejo haciéndolo volar por los aires.
Cayendo patas arriba, el bicho no se esperaba mi siguiente movimiento.
-¡Meteor!- invoqué.
Un meteoro envuelto en llamas rojas cayó sobre el indefenso escorpión que se retorció por última vez bajo el fuego.
-¡Bien!- me felicité al tiempo en que corría hacia mi cena para luego tomarla por la cola. No era precisamente un manjar pero aquellos bicharracos abundan en Noria y eran lo único con que sentía que no perdería la vida en un desafortunado descuido.
A pocos metros de allí aguardaba imperturbable como siempre mi guarida, un enorme muñón hueco de árbol. Objetivamente hablando no es ningún palacio mas para mí resultaba la más acogedora casita de Noria. Aunque, para ser sincero, poco conocía yo de Noria puesto que, en los seis meses trascurridos desde la partida de Kiire, no me animé a abandonar ni por un segundo la zona segura que me fue indicada.
Maderitas y hojas secas aguardaban amontonadas, listas para ser encendidas, junto a la roca que siempre utilizaba como asiento. Podría decirse que aquella roca era mi favorita. Recuerdo el gran esfuerzo que me llevó trasladarla desde la la pequeña laguna, a más o menos un kilómetro de mi guarida, hasta el lugar que ocupaba junto a la futura fogata en aquel momento.
-Fire ball- dije invocando una pequeña bola de fuego sobre la pila de hojas y ramas que ardió de inmediato.
Me alegré de haber conseguido capturar a mi presa antes de que cayese el anochecer. No trascurrieron dos horas completas y el sol había desaparecido.
Mientas el resto de la blanca carne de mi botín terminaba de asarse sobre las brasas, tomé de ella una pequeña porción y comencé a comer. El sabor, similar al del pescado pero con mucha más consistencia, no me desagradaba pero me había terminado de aburrir por completo. Extrañaba las suculentas patas de res que tan bien preparaba mi madre.
Una vez lleno mi estómago, apagué el fuego y me dispuse a descansar panza arriba.
Soñaba con peleas espectaculares entre Blade Knights y Magic Gladiadors cuando, sin ningún motivo, desperté en medio de la noche.
Como nunca me costó dormirme, no me importó demasiado, así que me dediqué sólo a escuchar los encantadores sonidos nocturnos de Noria, tan diferentes a los dragonzuelos de mi infancia, en espera del sueño. Se me cerraban los ojos cuando algo llamó mi atención, de repente todo se encontró en un profundo y total silencio. Aguardé escondido en la oscuridad casi total de mi guarida lamentando haber dejado las sobras de mi comida tan cerca de mí sabiendo que, probablemente, mi descuido había logrado atraer a alguna criatura que, si me encontraba allí dentro, me tendría acorralado a su merced y podría fácilmente acabar conmigo. Mi corazón comenzó a latir con fuerza y en un ataque adrenalínico me aventuré al exterior.
La luna y varios pequeños insectos iluminaban en silencio la zona y, a lo lejos, pude distinguir una extraña sombra que caminaba a paso ligero directamente hacia mí entre agudos mugidos casi ensordecedores. No tuve más remedio que atacar, no permitiría que ninguna criatura desconocida me devorase sin dar batalla primero. Así que de entre las sombras salté y...
-¡Meteor!
En el cielo, justo sobre la fiera se materializó mi meteoro mas de la espalda de la criatura surgió una pequeña bola de energía celeste que lo desvió sin dificultades. Asustado me dispuse a intentarlo nuevamente y, cuando tuve mi brazo en el aire, la bestia mugió con fuerza mientras que de su espada brotaba un látigo eléctrico brillante que me sostuvo del brazo para arrojarme contra el suelo con dolorosa fuerza. La fiera avanzaba, nos separaban veinte cortos metros, quince metros, diez metros... Era el fin, pude sentir la enorme pata del animal junto a mi rostro. Cerré los ojos con fuerza y me preparé para lo peor.
-Selvheen...
¿Mi nombre? ¿Acaso aquella criatura había dicho mi nombre? Lentamente levanté la mirada y pude distinguir a un jinete de ligera armadura dorada sobre el gran animal alado.
-Soy yo, Selvheen. He vuelto.

Describir la alegría que me causó volver a verlo no es algo que pueda hacerse con palabras. Mi protector, mi maestro...
Caminamos juntos y a la par hacia mi guarida. Cuando esta se hizo visible aceleré la marcha y me adentré en ella para salir con un cuenco lleno de agua hecho con el caparazón de un escorpión el cual ofrecí a Kiire.
-Imagino que debes tener mucha sed- dije entregándole el agua la cual bebió con avidez.
-Gracias- me dijo.
Sonreí y me adentré nuevamente en el árbol, Kiire venía justo detrás de mí. Todo se encontraba muy oscuro y a penas eran visibles los contornos de algunos objetos iluminados por la poca luz de las estrellas que lograba colarse a través de la entrada. Mi maestro entonces encendió una cálida aura celeste alrededor de su cuerpo la cual hizo mucho más claras todas las siluetas a nuestro alrededor.
-Acogedor- sonrió observando el lugar para luego recostarse sin prisa alguna en un rincón.
-Sabes, fue increíble como desviaste mi meteoro. Y el modo en que utilizaste el Lighting como un látigo y me sujetaste el brazo y ¡Bang! ¿Verdad, Kiire?
Mas no contestó, estaba tan agotado por el viaje que prácticamente se desmayó del sueño.
Verlo así acurrucado me despertó cierta ternura. Suavemente aparté sus cabellos del rostro y me acosté a su lado. Así dormido no parecía alguien tan poderoso como para tener un puesto de tanta importancia dentro del Clan de mi Lord.
Mis párpados comenzaron a hacerse cada vez más pesados y, tras un último gran bostezo, me dormí.
El sol me despertó con su brillo y su cálido abrazo a la mañana siguiente. Sin moverme demasiado recorrí con la mirada el lugar, sólo se escuchaban los habituales sonidos matinales de Noria. Miré luego el rincón donde la noche anterior Kiire había dormido y fue ahí cuando noté que no se encontraba conmigo. La curiosidad entonces me sacó el sueño, me hizo levantarme y salir a investigar. A penas crucé la puerta un nuevo sonido se sumó al habitual, el chisporroteo de una fogata recién encendida por mi maestro quien aguardaba sentado sobre mi roca favorita.
El suave vientito cambió de rumbo haciéndome llegar a la nariz un delicioso aroma que hizo agua mi boca. Con más curiosidad todavía me dirigí hacia Kiire y me senté sobre un pedazo de tronco caído que hacía, como la roca, las veces de silla.
Sobre las llamas se asaba un fabuloso trozo de carne y también hervía una espesa salsa de aroma increíble. El haber utilizado el caparazón del escorpión como olla me sorprendió puesto que nunca pensé que este pudiera resistir el fuego durante tanto tiempo.
-Buenos días, Selvheen- me saludó.
-Buenos días- respondí.
Se hizo un silencio durante el que ambos sólo observamos la comida. Aquel silencio terminó cuando se me ofreció la mitad del trozo de carne y la olla con salsa para mojar la pieza. ¡Qué bien cocinaba Kiire! ¿O sería tal vez el hecho de que llevaba comiendo aquellos insípidos escorpiones durante meses? Fuera lo que fuese devoré como un lobo todo lo que se me sirvió. Mi maestro en cambio comía de a bocados pequeños, soplaba la comida, masticaba tranquilo y saboreaba. De vez en cuando me dirigía alguna sonrisa.
Cuando estuvimos satisfechos me recosté sobre la hierba para hacer la digestión.
-¿Vas a ponerte a dormir? Pensé que desearías entrenar.
-No, no es eso. Quiero entrenar, quiero que me enseñes todos los hechizos que me faltan- aclaré incorporándome para no quedar como un vago.
-Me temo que no será posible.
-¿Por qué? De veras quiero aprender- insistí con énfasis y preocupación en mi voz.
-Ahora mismo regresaremos con el Clan.
-Pero... Pero...
-En fin, te traje una sorpresa- dijo sonriente mientras se ponía de pie.
-¿Sorpresa?- repetí incorporándome también.
De su cintura desprendió algo similar al casco para un animal de hocico largo. El casquito plateado traía un cuerno justo sobre la cabeza.
-¿Qué es esto?- pregunté cogiendo el curioso objeto.
Antes de volver a indagar sobre el obsequio este comenzó a moverse entre mis manos logrando que del susto lo dejase caer al suelo. Retrocedí unos pasos mientras esa cosa brillaba cada vez más intensamente de amarillo. De pronto la luz fue materializándose hasta dar forma a una curiosa criatura de lomo naranja y panza blanca, con una elegante silla de montar y riendas listas para utilizarse.
El extraño animal bípedo y peludo tenía la cabeza similar a la de un caballo con crin blanca, el cuerpo como el de un ave, las patas grandes como las de un dragón y los brazos pequeños terminados en pezuñas largas y puntiagudas. La bestia de Kiire, que pastaba junto a Tigre a menos de cinco metros del lugar levantó junto a mi caballo la cabeza para observar.
-¿Te gusta?
No contesté, despacio acerqué la mano al hocico del animal y lo dejé olfatearme. Luego, aún algo temeroso acaricié su cabeza acorazada. Y de repente, sin previo aviso, el animal comenzó a frotarse contra mi cuerpo como lo haría un gato gigante. Supe en ese momento que la criatura era inofensiva y amigable, de modo que la abracé y me dejé lamer la cara por ella.
-¡Me encanta!- reí.- Se llamará Chester.
Kiire rió suavemente y me dijo que Chester era un nombre curioso para un Uniria pero, si me hacía feliz, podía llamarlo como me plazca.
Dos horas después comenzamos el viaje de regreso a Devias, él montado en su alado Dinorant y yo en mi fiel corcel.
El viaje hasta el Clan se hizo largo, una semana nos llevó encontrarlos. Mas con la compañía de Kiire el camino se hizo mucho más llevadero. Durante el transcurso del viaje pude mostrarle todos mis hechizos y practicar montar a mi Uniria. Justamente andaba sobre él cuando alcanzamos el campamento. Varios levantaron la mirada al vernos pero los primeros en recibirnos fueron los Battle Masters, Zoutah y Sifin.
-Bienvenidos de regreso, Selvheen y Kiire- saludó el guerrero.
-Se te extrañó mucho, pequeño Dark Wizard- dijo la elfa acariciándome el cabello.
Rápidamente fuimos rodeados por casi todo el Clan. No era que me hubiesen extrañado a mí por supuesto.
Enojado porque Kiire con sus quince días de ausencia era mil veces mejor recibido que yo con mis casi siete meses, paseé la mirada por el asentamiento hasta que una gran y elegante carpa llamó mi atención. Mas no era la carpa lo que me atraía sino ver que por el alboroto mi Lord se asomaba de ella. Kiire también lo notó y sin decir una sola palabra fue hasta allí y se perdió dentro.
-Ven acá, chico, tu maestro tiene asuntos que atender y ahora estás a mi cargo- dijo Zoutah tomándome del hombro y guiándome al interior del grupo.- Sígueme que tienes una misión que cumplir.
Sin sacarme la mano del hombro, el guerrero me llevó junto con Sifin dentro de una carpa mucho menos elegante que la del Lord pero bastante grande de todas maneras.
Una vez en su interior, el cual estaba alfombrado de rojo, caminó directamente hacia un brillante baúl que un Dark Lord custodiaba sentado en un banquillo a la derecha de este. Al ver a los Battle Master el pelibrillante se levantó e hizo una elegante reverencia a la que Sifin contestó asintiendo con la cabeza, cosa que el Dark Lord pareció tomar como una señal ya que, de inmediato, se puso a buscar algo dentro del baúl, algo que no llegué a ver puesto que Zoutah se paró delante mío y con su característica voz firme me dijo...
-Ha llegado la hora de que te conviertas en alguien de utilidad para el Clan. Para eso tienes que pasar una prueba sin ayuda de nadie.
Busqué en los ojos celestes de Sifin una explicación mas sólo supe que debía seguir escuchando.
-Esta noche dejarás tu caballo aquí y partirás solo a la ciudad, allí te encargarás de buscar a una joven sacerdotisa llamada Sevina. Luego volverás aquí y te diremos que más hacer.
-¿Ir yo solo a la ciudad? Me matarían los Yetis o los Worms incluso- dije preocupado y lleno de temor a decepcionarlos.
-Lo sabemos- sonrió Sifin con calma.-Por eso te hemos conseguido esto- continuó haciéndose a un lado y dejándome ante el Dark Lord que delante de mí había armado y dispuesto una fabulosa armadura azul con bordes dorados que yo muy bien conocía.
Era sin lugar a dudas una Legendary. Mi primer set de verdad. Los ojos se me enrojecieron de la emoción, por fin sería parte digna y útil del Clan y no sólo un pobre llorón pelador de papas congeladas.
-Mi Lord nos encomendó conseguirlo para ti, espero que sepas valorarlo- continuó el guerrero.
-Lo haré, se los prometo.
-Y no temas por las criaturas de la nieve. Si se te da esta oportunidad es porque creemos que Kiire hizo bien su trabajo entrenándote. Además tú eres lo suficientemente listo como para conocer tus fuerzas y tus limitaciones.
Sonreí ante esas últimas y alentadoras palabras de Sifin. Pero mi joven mente sólo podía pensar en una cosa, poner mis manos sobre aquel set Legendary.
La elfa rió y Zoutah suspiró con resignación. Ambos me invitaron luego con un sincronizado gesto de la cabeza a probarme mi estupendo regalo. Obvio que no los hice esperar.
-Bueno, te dejamos para que te cambies. Cualquier problema tienes a nuestro amigo Dark Lord para ayudarte- dijo Sifin.
Sin mediar una palabra más ambos Battle Master se retiraron del lugar.

domingo, 17 de enero de 2010

Quinto escrito. Sexta parte. Selvheen el Dark Wizard

Fue junto al clan que pasé los siguientes diez años de mi vida recorriendo una y otra vez Lorencia, Devias y Elveland hasta que terminé conociendo dichas ciudades como a las palmas de mis manos.
Con el tiempo me convertí en el escudero oficial de los muchachos. No era una vida fácil, pero tenía muchos amigos, escuchaba miles de historias sobre tierras a las que jamás me habían dejado acompañarlos y era relativamente feliz. Ansiaba conocer otros paisajes mas todos decían que ni con todas las elfas de energía del clan sobreviviría en ellas. "Exagerados" pensé en ese entonces. Pero que razón tenían, mi rango era nulo, entre un civil y yo la única diferencia era sólo el color del cabello que en mi caso lucía un brillante blanco perla. Soñaba con acompañarlos, ser más útil aun de lo que era, ser parte del clan y no sólo un mero ayudante. Siendo sincero conmigo mismo, la realidad es que no me necesitaban. Había días en los que me sentía un verdadero estorbo. Siempre necesitando que alguien cuidase de mí.
Hablando de cuidados, dormí hasta los doce años junto al Lord hasta que de una patada me invitaron a dormir en las heladas trincheras de nieve, las incomodas carpas, el húmedo pasto, la sucia tierra y las duras y dolorosas rocas. En general el clan me adoraba. Mas sólo el clan. Las alianzas de este me tenían cierto desprecio. Probablemente sentían celos de mis privilegios tales como dormir en la tibia cabaña del Lord, poseer una capa más abrigada que ellos y sobre todo tener mi propio caballo el cual Isand me había permitido conservar siempre y cuando me hiciese cargo de él.

Lo que voy a relatar comenzó en Lorencia luego de repartir el botín de un día de Hunt. Hunt es cuando todos me dejan solo durante horas y a veces días para ir a tierras lejanas en busca de objetos valiosos para ellos mismos o para vender en las grandes ciudades comerciales como Lorencia.
Todos cenaban aun, mas me encontraba inapetente y dedicaba mi tiempo a deshacerme de los restos de armaduras de poco valor ya sea por el óxido, las roturas o simplemente el material barato del que estaban fabricadas. Entre idas y vueltas al basurero me agoté lo suficiente como para regalarme un descanso sobre la hierba. Me acosté junto a la pila de armaduras y objetos sin valor dispuesto a descansar al menos media hora. Escuchaba los sonidos del ambiente y observaba el cielo y a mis alrededores cuando, con la mirada, vi como un pequeño insecto trepaba por sobre los objetos hasta llegar a un casco muy similar al de Kiire.
Si bien me habían ordenado no tocar nada la curiosidad pudo más que yo, así que, cerciorándome de que no hubiese nadie cerca, lo tomé del montón. Le faltaban varias piecitas y el óxido ya era visible mas me quedaba bien. Tentado, volví a mirar la pila. Me llevó diez segundos mandar al demonio al clan y empezar a investigar más a fondo. Alrededor de tres horas pasaron tan rápidamente que no pude notarlas por lo absorto que me encontraba en mi tarea. Pero los resultados fueron, para mí, asombrosos. Con todo el sudor del mundo conseguí juntar las piezas de mi primera armadura. El casco era plateado y terminado en punta, cubría toda la cabeza y era conocido como casco Eclipse, el pecho de la armadura pertenecía al mismo juego pero era de un color rojizo a causa del oxido del material barato, los pantalones eran de hueso color azulado, dicha pieza formaba parte de la armadura Bone, las botas también azules correspondían al mismo juego y los guantes de tela azul con bordes dorados pertenecían a un juego llamado Legendary. El cetro que encontré era largo y pesado. No tenía la suficiente fuerza para cargarlo correctamente pero me encantaba. Se trataba de una enorme lanza terminada en una gran punta de flecha conocida como Thunder Staff. Mi nueva armadura, mi poderosa lanza y la capa de un Dark Lord hacían de mí todo un guerrero pensé.
-¿¿Pero que rayos traes puesto, Selvheen??- preguntó incrédulo Kiire quien apareció de la nada tras de mí haciéndome pegar un brinco.
Seguramente estaba preocupado por mi retraso y vino a buscarme. Sifin lo acompañaba y reía sin disimulo alguno.
-Quítate eso hazme el favor- ordenó el Soul Master.
-No por favor, que se lo muestre al Lord- lloraba de risa la elfa.
-Te dijimos que no toques nada.
-¿Qué tiene de malo?- refunfuñé ofendido por la descontrolada risa de Sifin. -Van a tirarlas de todas formas.
-Nadie de nuestro clan puede andar por el mundo vestido con semejante basura.
Aquella frase digna de Zoutah sonaba extraña proveniente de los labios de Kiire. En cambio la fabulosa frase siguiente lo devolvió a la normalidad.
-Creo que es hora de que te entrene.
-¿¿De verdad??- exclamé incrédulo mientras me sacaba mi armadura.
-Aja, con diecisiete años estás más que listo para comenzar a usar magia. Mañana empezaremos.
Di saltos de alegría, no podía creerlo, al fin sería parte del clan. Era un sueño hecho realidad, sería un Dark Wizard, ya podía verme con la armadura del Lord, o una Venom Mist o una Excelente Dark Soul.

No eran las tres de la mañana del día siguiente cuando Kiire me despertó. Con pereza levanté mi cara del pasto que dejó algunas marcas rojas en mi mejilla; los pequeños dragones cantaban sonetos con sus simpáticos gruñidos. Le pregunté al Soul Master qué necesitaba, me indico montar y seguirlo. De mala gana y con torpeza caminé hacia mi caballo quien tampoco parecía estar feliz por tener que madrugar.
Minutos después, mientras terminaba de acomodar la silla, Kiire apareció detrás de mi montado en una criatura bípeda increíble. Dos largas alas de dragón, cabeza pequeña, naranja y puntiaguda como el pico de un ave, en su cola plumas largas similares a las de un fénix y unas patas parecidas a las de un ave cruzada con un dragón. En mis diez años con el clan jamás había visto uno de esos, en cambio me encontraba rodeado siempre por caballos, lobos gigantes, y águilas negras.
Cuando pude volver en mí y despegar mis ojos de la flamante criatura, monté a Tigre, mi caballo, y junto con Kiire partimos hacia el Este.
El sol comenzaba a dar señales de luz cuando noté que la vegetación que nos rodeaba cambiaba rotundamente, los sonidos tampoco eran los mismos, el cantar de los dragonzuelos había cesado por completo. El pasto largo hasta las rodillas forraba el suelo y las brillantes flores exóticas captaban toda mi atención. Sin duda ya no estábamos en Lorencia.
A lo lejos pudimos divisar una pequeña laguna junto a la cual nos detuvimos al llegar. El dinorant, la bella criatura de Kiire, comenzó a brillar hasta convertirse en una luz para luego desaparecer y dejar en su lugar solo el pico de la bestia. Solté a mi caballo para permitirle pastar libremente un rato mientras el Soul Master colgaba aquel pico naranja a un lado de su armadura. Luego caminó en grandes círculos como examinando el terreno hasta que finalmente dijo "comencemos". Sin apuro alguno se sentó en el césped y me pidió que hiciese lo mismo.
-A ver, por dónde puedo comenzar- dijo haciendo luego una pausa. -Las razas de combate a diferencia de los humanos tienen algo llamado energía corriendo por sus venas. Los Dark Wizard, Soul Master y Grand Master son la única raza que depende completamente de cuanto se logre exteriorizar dicha energía. Tanta es la energía tratando de escapar que nuestros cabellos se tiñen de blanco, gris y celeste.
-Interesante- acoté.
Se trataba de un dato curioso que no supe hasta ese entonces.
-Cierra tus ojos y escucha el latir de tu corazón.
Obedecí y pude sentirlo rápidamente. Kiire me pidió entonces que me concentre en ello y que sienta la sangre fluir por mis venas, que la imagine como cristalina energía recorriendo velozmente mi interior. Varios minutos permanecimos en silencio únicamente escuchando mi pulso hasta que mi tutor me pidió algo impensable en aquella etapa inicial. "Intenta ahora separar la energía de tu sangre y hazla fluir desde la punta de tus pies hasta tu cabeza". Le comenté que no creía poder lograrlo pero insistió así que cerré mis ojos y me concentré en cada pulsación, me costaba imaginar el torrente de mágica energía. Pasaron alrededor de tres horas en las que lo único que hice fue intentar mover mi energía sin éxito. Fue entonces que Kiire se puso de pie a mi lado y apoyó su mano dulcemente sobre mi cabeza haciendo que un aura celeste brillante me rodease por completo. De pronto pude sentir la energía, aquel toque de mi maestro la había activado. Con renovado entusiasmo intenté con mucha paciencia controlar el flujo de energía y luego de varios minutos logré detenerla durante aproximadamente tres segundos. Caí exhausto al suelo mientras mis sangre recuperaba su curso normal. El esfuerzo para dominarla había sido supremo a tal punto que quedé jadeando como un perro.
-Bien, eso fue todo por hoy, practica hasta que logres hacer lo que te pido, luego proseguiremos.
Practiqué incansablemente día y noche durante dos largos meses. Como el mejor estudiante madrugaba todos los días. Era mi oportunidad de demostrar lo que podía ofrecer al clan y a Kiire quien jamás se apartó de mi lado.
Tras entrenar y entrenar, un día nublado, meditando sentado en el suelo, pude lograr que la energía recorriese mi cuerpo a pura voluntad. De un momento para el otro manipularla se había convertido en una tarea sencilla. Fue como si un candado hubiese cedido de repente para dejarme contemplar un fabuloso tesoro. Luego de jugar un poco con mi resiente adquisición corrí a contarle a Kiire.
-Bien, Selvheen, eres rápido, a mi me llevó alrededor de un año dominar la técnica.
-Es que no tuviste un maestro tan bueno como el mío- halagué.
-Ahora que puedes dominarla te enseñaré tu primer hechizo. La energy ball, que como su nombre lo indica es una pequeña bola de energía.
-¡Estoy ansioso!
Inspeccionó el terreno con la mirada hasta que encontró una pequeña roca la cual tranquilamente tomó y puso sobre una roca mucho mayor. Luego me ordenó reunir toda la energía posible en la punta de mis dedos, enfocarla lo más que pueda sobre aquella pequeña piedra y liberarla. No sonaba difícil.
Kiire apuntó y disparó sin ninguna dificultad una bola de luz celeste contra la pequeña roca que voló por los cielos y cayó sobre la hierba para luego ser teletransportada nuevamente sobre la gran piedra.
-Tu turno- indicó.
Respiré hondo, al fin llegaba mi turno, estaba impaciente. Lentamente fui concentrando toda mi energía lo más que pude en la punta de mis dedos, apunté y... nada. Pero porqué no ocurría nada si había seguido al pie de la letra todas las indicaciones de Kiire. No será tan sencillo después de todo me dije con un suspiro.
-Prueba imaginando que tus dedos son más largos de lo que son en realidad e intenta llevar la energía a aquella punta imaginaria- sugirió.
Cerré nuevamente mis ojos, normalicé mi respiración mientras en mi mente repetía una y otra vez que podía lograrlo. Me concentré profundamente en mis dedos hasta que casi pude sentirlos más largos. Nuevamente canalicé mi energía e intenté un disparo... Era inútil, no ocurría nada, la luz de mis dedos se apagaba como una vela al viento sin dejar rastro alguno.
-No desesperes, Selvheen, es normal que no te salga al principio, continua practicando- me dijo en tono muy paternal.

Así pasaron varias horas de exhaustivo entrenamiento en las que lo único que conseguí fue que mis dedos brillasen una y otra vez de un resplandeciente celeste para arderme luego al desvanecerse la tibia luz. Era como si las yemas de mis dedos hubiesen recibido una descarga eléctrica o tocado algo demasiado caliente como la plancha de mamá cuando recién la levantaba del carbón. Mas, según Kiire, avanzaba a pasos agigantados. Pero pasos agigantados no era suficientes para mí, ansiaba como un lobo ansía la carne en invierno poseer mi Nova, mi Ice Storm, mi armadura Anubis...
Anochecí intentando invocar la desgraciada esferita de luz. Cercano a desvelarme fue mi maestro quien tuvo que ordenarme recostarme en el pasto y descansar. Me acosté como me fue indicado sobre la hierba, mas me fue imposible dormir, no podía detener mis jugueteos con la energía dentro de mi ser. Pasaba los minutos haciéndola viajar desde la punta de mis dedos recorriéndolos uno a uno hasta la punta de mis cabellos moviéndolos como si lo hiciese una suave brisa. La sensación que produce recorrer todo tu cuerpo lentamente desde el interior puede resultar casi orgásmica.
Horas después Kiire el espía vino a ver si de una buena vez había conseguido dormirme y al encontrarme jugando me regañó con énfasis. A veces aquel Soul Master se comportaba como mi mamá y yo, como buen adolescente, ansiaba desobedecerlo y desafiarlo.
Tres veces lo hice volver antes de cansarme y dedicarme aburrido a observar las estrellas mientras esperaba la llegada del no tan ansiado sueño. Para conciliarlo intenté vanamente contar aquellos diminutos y bellos puntitos mientras buscaba constelaciones e inventaba varias en el proceso. Pero no conseguía dormirme, tenia tanta energía como esperar el alba entrenando. Si me levantaba vendría Kiire a reprenderme así que cerré los ojos y canté en mi mente una y otra vez una canción de arrullo que mi madre solía cantarme cuando era niño. Poco a poco me fui durmiendo perdiendo el conocimiento hasta entregarme por completo al bello y feliz mundo de los sueños.

Me encontraba practicando solo aquella mañana en que el poder se concentró lentamente en la punta de mis largos dedos imaginarios, mas no lo liberé, Kiire me había enseñado otra técnica antes de partir hacía una semana.
Provocándome una sensación de éxtasis la energía continuaba acumulándose causándome además un delicioso cosquilleo en la espalda. Continué reteniendo más y más la energía que luchaba por liberarse de mis garras hasta que una bola de luz celeste salió disparada por primera vez en mi vida. Mi primera Energy ball voló hacia el horizonte y se extinguió como un bichito de luz atrapado por un murciélago hambriento. Quedé atónito los primeros instantes y al reaccionar pegué saltos de júbilo. Grité de alegría, no podía creerlo, ansiaba contárselo a Kiire. Pero... ¿y si aquello sólo resultaba ser un golpe de suerte? Debía volver a intentarlo, de modo en que me prepare para el segundo ataque. Cerré los ojos hasta nuevamente sentir aquel éxtasis eléctrico y supe que aquel era el momento de liberar el hechizo. Nuevamente la esfera se extinguió en el horizonte. Era maravilloso y, como niño con juguete nuevo, quise intentarlo una y otra vez. Mas luego de la cuarta invocación mi visión era borrosa y me resultaba imposible mantenerme en pie. Me encontraba agitado como si hubiese corrido una maratón, sentía el peso de mi energía arrastrarme junto con ella hacia abajo hasta dejarme de rodillas con las manos apoyadas sobre la larga hierba de Noria.
Las piernas me ardían como luego de hacer mucho ejercicio. Sabía que, de haberme puesto de pie, me habría tambaleado hasta caer. Mi corazón latía veloz y de tanto jadear mi garganta estaba seca. Lentamente me fui recostando boca abajo en el suelo como pude sintiendo las gotitas de sudor recorrer mi frente. ¡Que felicidad! Cuando Kiire regresase a la mañana siguiente le mostraría mi gran avance y le contaría acerca del posterior cansancio.

-Felicitaciones, Selvheen. Me dejas sin palabras, que rápido aprendiz eres. De haber sido tan veloz como tu para aprender habría sido Soul Master mucho antes. Tienes aptitudes, sin duda las tienes- me dijo mi maestro cuando le conté todo lo ocurrido.
Tanta fue mi emoción por informarlo que sólo luego de haberlo hecho me percaté de que mi tutor traía consigo una bolsa de apariencia cuadrada y algo pesada. Kiire sonrió y con la mirada me invitó a revisar la misteriosa bolsa. Ansioso corrí hacia ella para luego sentarme a su lado, no podía siquiera imaginar lo que contenía. Un fuerte olor a papel viejo penetró en mi nariz al comenzar a inspeccionar. Cuidadosamente saqué un viejo libro amarillento de entre varios y leí su cubierta la cual simplemente decía en letra manuscrita de imprenta: Fire ball.
-¡Oh, por los Dioses! ¡Mil gracias, Kiire!- dije mientras me deleitaba leyendo los nombres de los hechizos en las cubiertas de cada libro.
-Isand, el clan y las alianzas debemos ir a una guerra interna contra un clan que ha secuestrado a una de nuestras elfas. Tendrás que entrenar solo durante mi ausencia. Confío en que estudiarás de memoria estos libros y que, al regresar de mi batalla, me deleitarás con tus hechizos.
-¿Batalla? ¡No, Kiire!- exclamé saltando del suelo para poder abrazarlo.- No sé que haría si te ocurriese algo.
-No temas, pequeño, recuerda lo poderosos que somos, esta batalla la tenemos ganada.
-Prométeme que regresarás- le rogué con los ojos llorosos.
-Te lo juro.
Esa noche dormimos juntos pero sería la última vez en varios meses. Las batallas eran largas y sangrientas según me habían comentado los demás soldados durante las comidas.
Kiire se durmió rápidamente sobre el pasto mas yo me quedé observándolo. Se veía tan delicado e indefenso, su armadura era delgada y a penas cubría su cuerpo, sus músculos eran menos voluminosos que cualquiera de los Soul Master de clan. Cómo alguien tan delicado y bello como él podía ser capaz de hacer daño. Muy diferente era mi Lord Isand, su cuerpo delineado me despertaba envidia y su armadura lo convertía en una clase de ángel acorazado monstruoso y majestuoso. Su cabello era de un gris más oscuro que el de los Soul Master que yo conocía y le llegaba por encima de las nalgas. Sin duda mi Lord y Kiire eran hombres muy bellos. Aunque mis ojos, cuando de buscar belleza se trataba, se encontraban seguido con el cuerpo y la sonrisa de una joven elfa de energía sobre la cual escribiré en su debido momento.

A la mañana siguiente Kiire me dio las últimas indicaciones. Me ordenó aprender todos los hechizos de los libros, entrenar cazando a las criaturas pequeñas de la zona y detenerme cada vez que me sintiese exhausto. Accedí a obedecer todos los límites que me impuso, desde mi encuentro con el gorila blanco de mi infancia en Devias aprendí a respetar un poquito las órdenes del clan.
-Bien, Selvheen, nos vemos en unos cuantos meses- dijo Kiire montando su extraña criatura con alas de dragón y pico de ave. -Hasta pronto, mi pequeño Dark Wizard.
-Hasta pronto.
Y sin mediar una palabra más nos separamos.
Dark Wizard... Dark Wizard... Repetí una y otra vez en mi cabeza mientras veía como Kiire se perdía en el horizonte. Fue entonces cuando me percaté de que con mi primer hechizo me había convertido oficialmente en uno. Al fin me había convertido oficialmente en un joven Dark Wizard.