jueves, 21 de abril de 2011

Quinto escrito. Onceava parte. El ángel.

“Eres un descuidado, un irresponsable, un insensato ¡¿Cómo te vas a alejar así y encima luchar tú solo?! ¿No te das cuenta que pudiste haber muerto? Todo lo que te dije te entró por un oído y te salió por el otro”
Eso y mucho más tuve que tolerar de parte de una muy enojada Sifin durante todo el camino de regreso al campamento. Sin duda no era el preocupado abrazo, ni los cientos de besos, ni las felicitaciones que yo esperaba tras haber estado al borde de la muerte y haber vencido.
El que sí estuvo feliz de verme fue Kiire, o al menos así fue hasta que la malvada elfa de energía le contó lo sucedido con el hechicero oscuro en lo profundo de Lost Tower. Luego otra lluvia de reproches y regaños cayó sobre mí en una inagotable catarata.

La noche no tardó en llegar y, como era común, al menos desde que el Lord me echó de sus aposentos privados, dormimos en la detestable trinchera. El clima no mostraba mayor clemencia de la habitual, mas con el pasar de los años me había finalmente acostumbrado a soportar el helado sueño de Devias cubierto únicamente con una fina capa de seda blanca y el, por supuesto, infaltable abrazo de mi maestro.
-Hey, Kiire, entre nosotros ¿No te parece que con dieciocho años Selvheen se encuentra un poco crecidito como para dormir abrazado de esa manera?- fue lo primero que escuché a la mañana siguiente de los labios de Zoutah quien nos observaba con una media sonrisa en su rostro desde el borde de la trinchera.
Sonrojado Kiire se incorporó soltándome de inmediato mientras yo me desperezaba a mis anchas sin siquiera dignarme a sentarme. Pasaron unos segundos y, tras bostezar ampliamente sin disimulo ni vergüenza, miré a mi alrededor a penas abriendo un ojo. Como de costumbre la trinchera se encontraba vacía y seguramente todo el clan despierto haciendo las cosas del día.
-¡No puedo creer que me quedé dormido! ¡Con todo lo que hay por hacer!- decía mi maestro mientras se calzaba desesperadamente las botas doradas de su armadura.-Isand va a matarme.
-Calma, hermano mío- le dijo Zoutah sosteniéndolo por los hombros para serenarlo y evitar que le diese un colapso nervioso.-Me encargué de todas tus labores, si mi Lord te hubiese requerido te habríamos despertado, que no te quepa duda.
-Mil gracias, te debo una- suspiró aliviado el Soul Master.
-De todas formas mi Lord te ha encomendado una pequeña tarea- continuó diciendo el Battle Master captando así la atención de su compañero.-Cuando ese vago que tienes como pupilo decida que es hora de despertar…-explicó haciendo un gesto con la cabeza en mi dirección cosa ante la cual no pude evitar sonreír puesto que ni siquiera me había destapado aún.-…deberás acompañar a Selvheen de nuevo a la ciudad y no traerlo de regreso sino se ha convertido de una buena vez en un Soul Master.
En aquel preciso instante el mundo se detuvo, de repente con la sangre helada y sudando frío me vi en la titánica tarea de tragar en seco mientras que, como movidas por una fuerza invisible, mis manos temblaban cual hojas sacudidas por el viento. A la velocidad de un rayo toda mi vida pasó frente a mí: mis padres, mi niñez, el clan… Era increíble que la hora de la verdad estuviese de pronto tan próxima. Al fin Selvheen el Dark Wizard pelador de papas certificado del clan se convertiría en un poderoso y glamoroso Señor Soul Master digno de admiración y respeto. Simplemente increíble.

Al parecer el shock resultó ser demasiado para mí ya que, durante el transcurso de las dos horas siguientes, no me moví de mi sitio y, como tampoco nadie me movió, los pequeños copos de nieve que conseguían escabullirse dentro de la trinchera fueron formando una delgada frazada blanca sobre mi cuerpo. Fueron alboroto del desayuno y el olor dulce de las infusiones los que lentamente emprendieron la labor de desprenderme de mi estado de ensoñación invernal. Una vez revivido mas sin prisa alguna me incorporé, estiré sonoramente mis vértebras, quité la nieve de arriba mío con unas cuantas palmadas y eché un vistazo a mi alrededor. Efectivamente todos desayunaban amenamente así que, con la misma falta de apuro que venía realizando todas mis acciones, me encaminé hacia ellos dispuesto a unírmeles. Cuando los metros entre mi destino y yo disminuyeron distinguí a Kiire, Zoutah y Sifin, los tres sentados sobre unas rocas en media ronda, todos tomando aquella riquísima infusión a base de hierbas y miel, con un toque de leche, reservada únicamente para los de más alto cargo en el clan, y para mí por ser el consentido de mi maestro, por supuesto. Ninguno de ellos había notado mi presencia aún por lo que de pronto decidí acercarme más sigilosamente. Con suerte, pensé sonriente, conseguiría asustar a mi maestro saltándole por la espalda. Avancé un poco más luchando a muerte por no descostillarme de risa, tratando vanamente de no hundirme en la nieve que por suerte no era mucha, y cuando al fin estuve lo suficientemente cerca corrí lo más rápido que pude hacia la alada espalda del Soul Master dorado con tanta mala suerte que di contra una piedra escondida bajo la blancura y tropecé cayendo de cara al suelo a milímetros de mi presa quien, sin siquiera un sobresalto y con una dulce risita, se dio vuelta.
-Ven a desayunar con nosotros, Selvhi- invitó Sifin entre risas sirviéndome la deliciosa infusión.
Por más que me sentía avergonzado, no hizo falta mayor ceremonia para convencerme de tomar asiento en una de las dos rocas vacías junto al grupito de los poderosos. Sifin pasó el vaso al Zoutah y el guerrero dragón a mí que soplé y dí unos sorbos mientras sonrojado contemplaba a mi maestro. Pocas veces lo había visto con las alas y en todas las ocasiones me deslumbraba la belleza de estas. Tan majestuosas, grandes y blancas, cubiertas de plumas, divididas en dos gigantescos pares hermosos que por poco no superaban la estatura de su portador. Cuándo llegaría el día en que yo tendría unas iguales y dejaría de suspirar de amor por las de aquel Soul Master.
-Mi Señor Kiire, su montura está lista para cuando lo disponga- dijo de pronto un Blade Knight increíblemente musculoso y no muy alto que hasta donde yo sabía era el Master de uno de los clanes aliados al nuestro.
-Te estoy muy agradecido, Baku, no esperaba que lo hicieses personalmente- sonrió el Soul Master.
-Las tropas se encontraban desayunando y como yo ya había terminado me dio un no se que interrumpirlos- rió el guerrero de armadura negra brillante.-Además, servirlo a usted siempre es un gran honor.
-Aprovecha, Kiire, pídele más cosas- bromeó la elfa haciendo reír a todos.
Yo reía con ellos cuando sentí de pronto como una mirada penetrante se clavaba cual espada sobre mí. Muy incomodado por aquella puñalada visual baje la vista y guardé silencio limitándome a observar como mis pies escarbaban la nieve. Segundos después el guerrero se despidió con una elegante reverencia, dijo dos o tres cosas más que no llegué a escuchar y se alejó. Nadie de los allí presentes pareció haber notado aquella mirada llena de odio y rencor que Baku me había inflingido.
Comenzaba a preguntarme el porque de esa mirada cuando mi maestro cortó el hilo de mis pensamientos.
-Cuando termines de desayunar ponte tu armadura y prepara tu montura para salir.
-Si, Kiire.

Unas horas después estuvimos listos, un fuerte abrazo de la elfa de energía, una palmada de aliento por parte del guerrero dragón, y en marcha.
-¿Falta mucho para llegar?- pregunté desde mi caballo.
-Sólo han pasado quince minutos.
-Ah…- suspiré haciendo una pausa de otro cuarto de hora para luego preguntar.- ¿Cuándo sea Soul Master como tú, me enseñarás el resto de los hechizos?
-No seas impaciente.
Así pasaron otros silenciosos cinco minutos.
-¿Cuándo voy a tener mis alas?
-¿Qué hablamos sobre la paciencia?
Y siete minutos más.
-¿Ya llegamos?
Por suerte para Kiire, mi experimentado guía, sólo nos tomó, según él, un único eterno día llegar a la gran ciudad de Devias en cuyas puertas desmontamos y fuimos recibidos sin demoras por los dos guardias de brillante armadura plateada quienes sin ninguna pregunta y con una muy elegante reverencia, la cual imaginé sería para el Soul Master y no para mí, nos dejaron pasar.
Silbante el viento no dejaba recoveco sin revisar ya que al igual que un espíritu por entre las casas y los pinos se desplazaba. Mas no se trataba sólo del viento, algo en esa ciudad conseguía que a medida que caminábamos todo fuese asimilándose cada vez más a un pueblo fantasma. Ni un alma en las calles desiertas. Continuamos la marcha sin encontrarnos con nadie. Tan absoluto hubiese sido el silencio de no ser por el viento, los cascos de mi caballo y nuestras pisadas sobre la escarcha que no pude evitar preguntarme una y mil veces dónde se hallaba todo el mundo. Me quité el casco para estar más cómodo, sacudí un poco mi sedoso cabello blanco y busqué una respuesta en los profundos ojos celestes de mi maestro, una pícara sonrisa fue lo único que obtuve, señal evidente de que algo él sabía pero no lo compartiría conmigo. De modo que, aún con la duda, prosiguió nuestro recorrido silencioso. Un poco más fastidiado que al principio a causa de tanta quietud e incertidumbre, o quizá fastidiado porque mis habilidades detectivescas no eran lo suficientemente buenas como para llevarme a ninguna conclusión que no incluyera secuestradores de otras dimensiones, me dispuse nuevamente a indagar en mi maestro sobre el paradero de las personas cuando un murmullo creciente llenó el lugar. La respuesta a mi pregunta acababa de llegar.
Con sus cientos de ojos puestos en mí, parada frente a la iglesia de Devias de espaldas a esta, se hallaba lo que a mi entender se trataba de absolutamente toda la ciudad. De pronto me sentí muy pequeño e indefenso, la incomodidad de estar siendo tan observado me seducía para detenerme mas Kiire avanzaba y yo lo seguía. Al acercarme a la gente comenzaron los murmullos, cientos de murmullos, de hombres, mujeres, niños, ancianos y mascotas, mas Kiire avanzaba y yo lo seguía, y así fue hasta que no pude dar un paso más a causa de la gigantesca muralla de personas cuchicheantes.
-Ejem…
Fue lo único que dijo mi maestro para que como movidos por palabras mágicas todos nos abrieran paso. El respeto profesado a Kiire en esa ciudad era inmenso.
Vestida con una larga túnica celeste cielo llena de hermosos adornos dorados, de pie al final del sendero bordeado de gente, frente a las puertas de la iglesia, con sus bellísimos ojos azules posados también sobre mí, la bella sacerdotisa Sevina aguardaba en silencio.
-Bienvenido de regreso, Dark Wizard Selvheen- fueron las palabras que al pronunciarse acallaron de inmediato a la muchedumbre y que, a pesar de la distancia, escuché con tanta claridad como si hubiesen sido dichas a mi oído.
Sacándome de mi embobamiento, con suavidad Kiire tomó de mis manos las riendas de mi fiel corcel. Al reaccionar lo miré buscando como siempre una respuesta y con un gesto delicado casi imperceptible me indicó lo que suponía y a la vez tanto temía, debía avanzar hacia la sacerdotisa que al final del sendero aguardaba por mí con una sonrisa llena de dulzura y paz.
Confieso que decidirme no fue una de las tareas más fáciles, mas con dieciocho años y un diploma de Soul Master esperándome, pensé, era todo un adulto y, como tal, no podía dejarme intimidar por unas cuantas cientos de miradas clavadas cual filosas estacas en mi temerosa y diminuta persona. De modo que finalmente respiré profundo, solté un largo suspiro, aguardé un instante y di el primer paso. A este le siguieron un segundo y luego un tercero mientras la distancia mi destino y yo se acortaba cada vez más. Me temblaban las piernas, los brazos y hasta la mandíbula, cada partecita de mi ser temblaba como un cachorro de fenrir al ser arrebatado de las garras de su madre.
Padecí todo aquel espantoso trayecto que, luego de transcurridas una o dos infinitas eternidades, llegó a su fin. Nada, ni siquiera la distancia, se interponía ahora entre la joven encapuchada, el grueso libro de aspecto antiguo que entre sus manos portaba, y yo que aún temblaba como pajarillo empapado. Interminables fueron los segundos que pasaron hasta que al fin me animé a decir lo primero que se cruzó por mi mente.
-Sevina, tengo miedo- dije desde lo más profundo de mi corazón.
Lentamente la sacerdotisa se quitó la capucha revelando entonces una comprensiva sonrisa tan similar a las que solían pintarse para consolarme en el bello rostro de mi madre cuando de pequeño sentía temor o tristeza que no pude evitar parpadear varias veces para corroborar que sólo se tratase de un incómodo y cruel espejismo de recuerdos.
-No tienes nada que temer, joven Dark Wizard- dijo con suma dulzura pasando sus delicados y fríos dedos de terciopelo por mi rostro en forma de una suave caricia.- ¿Trajiste lo que te encomendé?
¡El alma del hechicero y el pergamino del emperador, como podía haber sido tan idiota para olvidármelos en el campamento! Miles de excusas tontas se aglomeraban tras mis labios cuando una presencia conocida y acogedora me tranquilizó con su cercanía. Una mano revestida de dorado se posó con suavidad sobre mi hombro justo cuando la vergüenza y los nervios parecían haberse apoderado por completo de mí cual boas hambrientas. De más está decir que Kiire me había salvado de nuevo. Suspiré aliviado mientras mi maestro pasaba ambos objetos a la muchacha de cabellos castaños y ojos de mar que a su vez pasaba el viejo libro al Soul Master.
Una explosión de luz blanca estalló sin emitir sonido alguno al tocar el libro y el diamante las delicadas manos de Sevina. Sorprendido hasta la médula me vi obligado a entrecerrar los ojos para distinguir a través del intenso resplandor las siluetas de mis tesoros.
Suaves palabras indescifrables… un bello cántico lleno de ellas interrumpió mi empecinada tarea de visualización, más tarde descubriría que todas fueron recitadas en élfico mas en aquel instante simplemente fueron indescifrables y hermosos sonidos deslizándose dentro de mis jóvenes oídos.
-¿Qué está diciendo, maestro?- pregunté sin poder despegar los ojos de la luz que comenzaba a engullirlo todo.
Desde un lugar entre las fauces de la blancura donde no alcanzaba verlo, Kiire contestó con voz lejana.
-No lo sé, Selvheen, sólo tú puedes oír esas palabras.
Nada más existió a partir de entonces, la muchedumbre, el Soul Master dorado, la sacerdotisa y hasta mi caballo desaparecieron devorados por aquella luz cegadora. Parpadeé dos o tres veces para que la luz no me hiciese daño mas para mi sorpresa mis ojos mágicamente parecían haberse acostumbrado a ella. Miré a mi alrededor sin hallar nada, un manto de absoluta blancura lo cubría todo de modo que me encontré naufragando solo dentro de aquella inmensidad.
-¡Maestro, Sevina! ¡¿Dónde están todos?!- llamé asustado.
-Aquí- respondió alguien detrás de mí.
Volteé de un salto y pegué un grito tremendo capaz de sacarle el alma del susto a cualquiera. A menos de literalmente un milímetro de mi rostro de la nada había surgido una mujer. Recién a dos pasos de distancia y con la mano en el pecho para evitar que el corazón se me saliese pude darme el lujo de, aterrado, contemplarla mejor. Supe de inmediato que aquella figura ante mi no era sólo una simple mujer de ojos rojo escarlata, cabellos rubios casi blancos y piel tan clara como la leche, sino que era más, mucho más. Cinco pares de las más bellas alas doradas adornaban su espalda, tan grandes eran que entre todas alcanzarían fácilmente la altura de una casa y media.
No terminaba de concluir ante qué me encontraba cuando, como queriendo tocarme, el ángel levantó una mano. Di un gran brinco hacia atrás y me puse en guardia, pelearía por mi vida si era necesario, aquella criatura de figura celestial, para ser sinceros, me daba mucho miedo. Aún temía a la bruja de las nieves y la muchacha frente a mí me la recordaba más de lo que hubiese deseado mas algo en mi interior me decía que esta vez sí tenía verdaderos motivos por los cuales temer. Por desgracia al ángel mi impulsiva puesta en guardia no pareció agradarle demasiado. Frunció el seño, me miró de pies a cabeza y, tras escucharse el ruido de un vidrio al romperse, mi armadura estalló en millones de brillantes partículas de polvo. Espantado por la desaparición de mi único medio de defensa supe que era la hora del valiente plan B. Sin ningún disimulo eché a correr como un loco, mientras no pudiese verla cualquier distancia entre ella y yo serviría. Como de aquella carrera dependía mi vida corrí y corrí dando las zancadas más grandes que me fueron posibles hasta que finalmente el aire se me agotó. Exhausto y con las piernas temblantes miré hacia atrás para corroborar que me encontraba a salvo y, cuando así lo creí, volví la vista al frente sólo para encontrarme con que, sin expresión alguna en su rostro, el ángel se hallaba nuevamente esperando paciente a pocos metros de mí como si aquella media hora corriendo como condenado jamás hubiese existido. Rendido y sin fuerzas, en espera de mi inexorable destino, me disponía a caer. Correr era inútil y luchar imposible. No sé si temblaba de miedo, odio o cansancio cuando la criatura albina tomó del suelo dos conocidos objetos que no noté que se encontraran allí sino hasta que los recogió.
Con el alma del hechicero y el pergamino del emperador en sus manos la misteriosa y espeluznante mujer blanca se acercó a los restos de mi jadeante persona. Tan delicado y majestuoso fue su andar que no pude más que contemplar inmóvil y sorprendido como durante su mágico avance hacia mí aquella pesadilla ambulante iba extendiendo cual alas sus dos delgados brazos para ofrecerme mis pequeños trofeos. Para aquel entonces el valor había desaparecido de mi diccionario así que, con lo que creo que fue adrenalina, jugué mi última carta e intenté tomarlos. Entonces, tan fugaz como un relámpago, una luz celeste proveniente de los objetos me obligó a parpadear justo antes de que pudiese posar siquiera un dedo sobre ellos. A penas pude abrir bien los ojos noté nuevamente al ángel quien esta vez con un solo brazo extendido me mostraba una pequeña y reluciente piedra preciosa más pequeña que su mano, color celeste brillante, de forma ovalada y pulida a la perfección. Tomó en ese momento mi mano derecha y delicadamente depositó allí la helada piedra, luego señalo su pecho y con su mirada roja como la sangre me invitó a imitarla. Sin estar completamente seguro de lo que hacía o más bien sin estar seguro de que aquello fuese lo que mi captora quería apoyé la piedra sobre mi pecho como supuse que me fue indicado. Mas nada ocurrió, el pequeño óvalo celeste permaneció inerte sobre mi corazón.
-¿Qué tengo que…
Antes de acabar la pregunta o reaccionar siquiera fui lanzado de espalda al suelo. El ángel de diez alas había golpeado con la palma abierta sobre la joya con una velocidad y fuerza tan increíbles que no tuve defensa alguna. Demasiado aterrado como para estar adolorido palpé la parte superior de mi cuerpo en busca del óvalo celeste o de alguna herida abierta mas no encontré ni uno ni lo otro. Sin saber porqué de pronto me importaba tanto aquella piedrita no pude evitar preguntarme dónde se hallaba y fue en aquel preciso instante cuando algo lleno de vida palpitó con fuerza junto a mi acelerado corazón. Imposible, pero sin embargo ahí estaba, la sentía latir dentro de mí. De pronto una punzada en el pecho, luego otra más potente que la anterior, con cada latido el dolor se acrecentaba más y más, fue en vano intentar serenarme cuando con cada pulsación me sentía morir. Sabiéndome condenado y con las últimas fuerzas del que lo está luché hasta ponerme de rodillas e intenté clamar socorro. Una fuerte convulsión que me sacudió por completo fue la única respuesta. Envuelto dentro de aquella desesperante agonía llena de desgarradoras pulsaciones arañé mi pecho en busca de algún alivio y tras no encontrar ninguno cubrí mi rostro con ambas manos sólo para notar decenas de largos filamentos blancos enredados entre mis dedos. Tanteé mi cabeza de inmediato luego de reconocer instintivamente aquellas delicadas hebras, una suave caricia fue lo único que hizo falta para arrancar todo el pelo que pasó bajo mis dedos. No creí que pudiera ponerse peor pero así fue. Como si me arrojasen aceite hirviendo se sintió aquel poderosísimo ardor que de repente atacó sin piedad mi cuero cabelludo. Desesperado, agonizante y sin saber qué hacer finalmente comencé a llorar. Decenas de lágrimas involuntarias y por las que al parecer nadie acudiría brotaron de mis ojos verdes al tiempo que el insufrible ardor y los punzantes latidos me acribillaban por completo.
-¡¡Basta, por favor!!- rogué a los cielos.
Deseaba el fin, cualquier final que acabase con mi sufrimiento era bienvenido. No soportaba un instante más de aquel infernal calvario. Cuánto más podía durar todo aquello, había perdido mi armadura, mi cabello y hasta las cejas. Luchaba por mantener al menos la cordura cuando mi cráneo fue de pronto atormentado por una inmensa presión que duró hasta el horrendo instante en que literalmente sentí mi cabella estallar en pedazos. Recuerdo haber gritado de tal manera en aquel momento que herí mi garganta. Aterrado y al borde de la locura llevé las manos a la cabeza esperando que esta aún estuviese sana y salva en su sitio, y comprobé asombrado que un montón de largo cabello nuevo había renacido sobre ella. Después de eso, como si jamás hubiese existido, todo el dolor simplemente cesó.
Creyéndome muerto al fin, alcé la vista y allí la vi por última vez con su piel de leche, sus ojos escarlata y sus diez bellas alas de oro, recitando nuevamente aquellas cautivantes y melodiosas palabras en élfico. Quise decirle algo mas mi visión lentamente comenzó a nublarse hasta que todo a mi alrededor finalmente quedo sumido en la completa oscuridad del desmayo.