Isand no necesitaba palabras para dejar claros sus puntos. Líder
sagaz pero pésimo orador, motivaba a una legión completa a base de su mirada
reluciente de logros y promesas cumplidas. Probablemente por eso, antes de
bajar el arma, Master Baku dejó el resto de sus amenazas morir como refunfuños
a mitad de la garganta.
-Son mis mujeres, Isand- comenzó.
Mi Lord se irguió con calma y sin un solo rasguño. Observó
pensativo al guerrero, luego a Marina, y a mí me pasó por alto. Mientras tanto
mi único deseo era ver a mi chica ponerse de pie, sana y salva.
-¡Marina es mía!-reclamé envalentonado de pronto por tener
al ángel como escudo.
El carácter de Baku era un mar de altibajos que lo hacían validar
sus posturas a los golpes. Y si no
quedaba del todo claro, se encargó de confirmarlo. Tomó de nuevo a la elfa por
el cabello mostrándola desnuda y magullada sin que ella pudiera hacer más que
paralizarse de miedo. Luego nos regaló una dosis de cinismo en forma de
sonrisa.
La curandera se desvaneció en lucecitas celestes y
reapareció entre mis brazos.
-Ese truco barato no te servirá de mucho, “mi Lord”. Si ese
niñito vuelve a tocar a cualquiera de mis mujeres, lo convertiré personalmente
en señorita a punta de espada.
Aunque su tono era venenoso y burlón, no había chiste alguno
en sus palabras. Baku estaba más que dispuesto a hacer valer su hombría sobre
su harem de soldados.
-Arreglaremos esto en privado- designó el Lord de ZARPA
antes de volver hacia mí.-Llévala con Kiire y quédense con él.
Entonces, con mi amada tiritando escondida en mi abrazo, el
Grand Master se alejó hasta perderse de vista en el horizonte nevado. Gracias a
los dioses, Baku iba tras él.
El resto de la jornada transcurrió con tortuosa lentitud. Mi
compañera descansaba completamente recuperada de sus heridas, aunque sin mirarme
ni dirigirme palabra. De alguna forma todo terminó en ella enojada conmigo,
cuando ni remota idea tenía yo del porqué. Nunca entenderé a las mujeres. Si
hubiera podido protegerla lo habría hecho y Baku no sería más que un despojo
humano por la paliza que hubiese recibido.
Señor Soul Master, claro… Ni yo me lo creía.
Al amanecer del día siguiente, no tuve más remedio que
regresar al campamento. El colmo sería ser reprendido por no cumplir mis tareas.
Esas papas no se pelarían solas. Con apenas unos minutos de sueño encima mis
ojeras contrastaban con la blancura del paisaje. Qué aspecto miserable debí
dar.
Tomé mi puesto y comencé con la labor limitando mis palabras
a “holas” cordiales. Tampoco es que mi estado de ánimo importase a alguien.
-¿Se han marchado?- creí escuchar.
-No, saldrán en unos minutos, son muchos para simplemente
partir- confirmé estar oyendo junto a mí.
-Parece que algunos abandonarán la alianza para quedarse con
nuestro Lord- decía una invocadora de cabello violeta cuando miré hacia ellos.
Entonces me levanté de un salto (volcando el recipiente
donde guardábamos las cáscaras de papa y demás restos de comida), pregunté un
nervioso “¿Qué ocurrió?”, y salí corriendo sin esperar respuesta. Si era lo que
me temía, la alianza estaba disuelta y Marina sería arrebatada de mis brazos.
Correr en la nieve con semejante estado de nervios es una
proeza, pero mis tropezones y mi tobillo doblado no me impedirían llegar donde
el grupo de al menos ciento cincuenta soldados que hacía unas horas eran
nuestros leales aliados, se preparaban para partir y no volver.
Ante ellos Master Baku y delante de todos, Isand con sus alas
relucientes.
-¿Qué pasó, mi Lord?- pregunté interrumpiendo todo atisbo de
ceremonial y protocolo.
El guerrero me observó con una sonrisa ladina para luego
dirigirla de nuevo al Señor de ZARPA.
-Piénsalo bien, Isand. Perderme a mí es perder un cuarto de
tus tropas. No es mucho lo que pido a cambio.-dijo a sabiendas que tenía que
ver conmigo.-Ese mocoso, pupilo de Kiire, ha ultrajado a una de mis mujeres.
Préstalo para que compense a mis hombres y el asunto estará saldado.
“¿Qué?” Temblé aterrado ante la sola idea. ¿Ese era el
trato? ¿Para que ZARPA no perdiera su alianza debía violarme medio ejército? Si
me mantuve firme y callado fue a causa del terror. Temblaba por dentro creyendo
que de abrir la boca saldrían sollozos.
Quise rogar perdón. Perdón a todos, pero algo se gestaba
dentro de mí. Una sensación mezcla de justicia y orgullo. Puro orgullo en
realidad. Marina era mi chica, ella tenía todo el derecho de estar conmigo si
así lo quería. No tenía que pedir permiso a ese engendro enano bolsa de
músculos sin cerebro.
-Váyase, Mater Baku, gracias por su colaboración, pero no
negociaré nada más.
Una vena latía de rabia en los labios del guerrero quien
sabía perfectamente que al irse también perdería a muchos de los suyos.
-Está bien, quédate con ese montón de traidores.-gruñó el
ego de Baku antes de sentenciarme de nuevo con su atención.-Dile adiós a mi
mujer. Marina se viene conmigo, pequeño parásito.
Isand podía defender mi vida, pero no mi dignidad, si quería
decir algo tendría que hacerlo solo. Avancé hecho una bola de furia pero con
cierta seguridad en mis palabras.
-¿No que podían elegir si quedarse?
-Y he elegido no hacerlo.
Volteé hacia la voz suave pero firme de la mujer que acababa
de hablar. No solo vi que Isand se alejaba dando por terminado el asunto, sino
que, mucho más importante, Marina avanzaba junto a Master Baku y tras ordenar
este “En marcha, no tenemos nada más que hacer aquí”, todos retiraban en
silencio.
Un silencio más frío que la misma nieve, más frío que mis lágrimas congeladas, mientras mi último recuerdo de ella fue su larga melena rubia perdiéndose para siempre entre soldados y horizonte.