domingo, 17 de enero de 2010

Quinto escrito. Sexta parte. Selvheen el Dark Wizard

Fue junto al clan que pasé los siguientes diez años de mi vida recorriendo una y otra vez Lorencia, Devias y Elveland hasta que terminé conociendo dichas ciudades como a las palmas de mis manos.
Con el tiempo me convertí en el escudero oficial de los muchachos. No era una vida fácil, pero tenía muchos amigos, escuchaba miles de historias sobre tierras a las que jamás me habían dejado acompañarlos y era relativamente feliz. Ansiaba conocer otros paisajes mas todos decían que ni con todas las elfas de energía del clan sobreviviría en ellas. "Exagerados" pensé en ese entonces. Pero que razón tenían, mi rango era nulo, entre un civil y yo la única diferencia era sólo el color del cabello que en mi caso lucía un brillante blanco perla. Soñaba con acompañarlos, ser más útil aun de lo que era, ser parte del clan y no sólo un mero ayudante. Siendo sincero conmigo mismo, la realidad es que no me necesitaban. Había días en los que me sentía un verdadero estorbo. Siempre necesitando que alguien cuidase de mí.
Hablando de cuidados, dormí hasta los doce años junto al Lord hasta que de una patada me invitaron a dormir en las heladas trincheras de nieve, las incomodas carpas, el húmedo pasto, la sucia tierra y las duras y dolorosas rocas. En general el clan me adoraba. Mas sólo el clan. Las alianzas de este me tenían cierto desprecio. Probablemente sentían celos de mis privilegios tales como dormir en la tibia cabaña del Lord, poseer una capa más abrigada que ellos y sobre todo tener mi propio caballo el cual Isand me había permitido conservar siempre y cuando me hiciese cargo de él.

Lo que voy a relatar comenzó en Lorencia luego de repartir el botín de un día de Hunt. Hunt es cuando todos me dejan solo durante horas y a veces días para ir a tierras lejanas en busca de objetos valiosos para ellos mismos o para vender en las grandes ciudades comerciales como Lorencia.
Todos cenaban aun, mas me encontraba inapetente y dedicaba mi tiempo a deshacerme de los restos de armaduras de poco valor ya sea por el óxido, las roturas o simplemente el material barato del que estaban fabricadas. Entre idas y vueltas al basurero me agoté lo suficiente como para regalarme un descanso sobre la hierba. Me acosté junto a la pila de armaduras y objetos sin valor dispuesto a descansar al menos media hora. Escuchaba los sonidos del ambiente y observaba el cielo y a mis alrededores cuando, con la mirada, vi como un pequeño insecto trepaba por sobre los objetos hasta llegar a un casco muy similar al de Kiire.
Si bien me habían ordenado no tocar nada la curiosidad pudo más que yo, así que, cerciorándome de que no hubiese nadie cerca, lo tomé del montón. Le faltaban varias piecitas y el óxido ya era visible mas me quedaba bien. Tentado, volví a mirar la pila. Me llevó diez segundos mandar al demonio al clan y empezar a investigar más a fondo. Alrededor de tres horas pasaron tan rápidamente que no pude notarlas por lo absorto que me encontraba en mi tarea. Pero los resultados fueron, para mí, asombrosos. Con todo el sudor del mundo conseguí juntar las piezas de mi primera armadura. El casco era plateado y terminado en punta, cubría toda la cabeza y era conocido como casco Eclipse, el pecho de la armadura pertenecía al mismo juego pero era de un color rojizo a causa del oxido del material barato, los pantalones eran de hueso color azulado, dicha pieza formaba parte de la armadura Bone, las botas también azules correspondían al mismo juego y los guantes de tela azul con bordes dorados pertenecían a un juego llamado Legendary. El cetro que encontré era largo y pesado. No tenía la suficiente fuerza para cargarlo correctamente pero me encantaba. Se trataba de una enorme lanza terminada en una gran punta de flecha conocida como Thunder Staff. Mi nueva armadura, mi poderosa lanza y la capa de un Dark Lord hacían de mí todo un guerrero pensé.
-¿¿Pero que rayos traes puesto, Selvheen??- preguntó incrédulo Kiire quien apareció de la nada tras de mí haciéndome pegar un brinco.
Seguramente estaba preocupado por mi retraso y vino a buscarme. Sifin lo acompañaba y reía sin disimulo alguno.
-Quítate eso hazme el favor- ordenó el Soul Master.
-No por favor, que se lo muestre al Lord- lloraba de risa la elfa.
-Te dijimos que no toques nada.
-¿Qué tiene de malo?- refunfuñé ofendido por la descontrolada risa de Sifin. -Van a tirarlas de todas formas.
-Nadie de nuestro clan puede andar por el mundo vestido con semejante basura.
Aquella frase digna de Zoutah sonaba extraña proveniente de los labios de Kiire. En cambio la fabulosa frase siguiente lo devolvió a la normalidad.
-Creo que es hora de que te entrene.
-¿¿De verdad??- exclamé incrédulo mientras me sacaba mi armadura.
-Aja, con diecisiete años estás más que listo para comenzar a usar magia. Mañana empezaremos.
Di saltos de alegría, no podía creerlo, al fin sería parte del clan. Era un sueño hecho realidad, sería un Dark Wizard, ya podía verme con la armadura del Lord, o una Venom Mist o una Excelente Dark Soul.

No eran las tres de la mañana del día siguiente cuando Kiire me despertó. Con pereza levanté mi cara del pasto que dejó algunas marcas rojas en mi mejilla; los pequeños dragones cantaban sonetos con sus simpáticos gruñidos. Le pregunté al Soul Master qué necesitaba, me indico montar y seguirlo. De mala gana y con torpeza caminé hacia mi caballo quien tampoco parecía estar feliz por tener que madrugar.
Minutos después, mientras terminaba de acomodar la silla, Kiire apareció detrás de mi montado en una criatura bípeda increíble. Dos largas alas de dragón, cabeza pequeña, naranja y puntiaguda como el pico de un ave, en su cola plumas largas similares a las de un fénix y unas patas parecidas a las de un ave cruzada con un dragón. En mis diez años con el clan jamás había visto uno de esos, en cambio me encontraba rodeado siempre por caballos, lobos gigantes, y águilas negras.
Cuando pude volver en mí y despegar mis ojos de la flamante criatura, monté a Tigre, mi caballo, y junto con Kiire partimos hacia el Este.
El sol comenzaba a dar señales de luz cuando noté que la vegetación que nos rodeaba cambiaba rotundamente, los sonidos tampoco eran los mismos, el cantar de los dragonzuelos había cesado por completo. El pasto largo hasta las rodillas forraba el suelo y las brillantes flores exóticas captaban toda mi atención. Sin duda ya no estábamos en Lorencia.
A lo lejos pudimos divisar una pequeña laguna junto a la cual nos detuvimos al llegar. El dinorant, la bella criatura de Kiire, comenzó a brillar hasta convertirse en una luz para luego desaparecer y dejar en su lugar solo el pico de la bestia. Solté a mi caballo para permitirle pastar libremente un rato mientras el Soul Master colgaba aquel pico naranja a un lado de su armadura. Luego caminó en grandes círculos como examinando el terreno hasta que finalmente dijo "comencemos". Sin apuro alguno se sentó en el césped y me pidió que hiciese lo mismo.
-A ver, por dónde puedo comenzar- dijo haciendo luego una pausa. -Las razas de combate a diferencia de los humanos tienen algo llamado energía corriendo por sus venas. Los Dark Wizard, Soul Master y Grand Master son la única raza que depende completamente de cuanto se logre exteriorizar dicha energía. Tanta es la energía tratando de escapar que nuestros cabellos se tiñen de blanco, gris y celeste.
-Interesante- acoté.
Se trataba de un dato curioso que no supe hasta ese entonces.
-Cierra tus ojos y escucha el latir de tu corazón.
Obedecí y pude sentirlo rápidamente. Kiire me pidió entonces que me concentre en ello y que sienta la sangre fluir por mis venas, que la imagine como cristalina energía recorriendo velozmente mi interior. Varios minutos permanecimos en silencio únicamente escuchando mi pulso hasta que mi tutor me pidió algo impensable en aquella etapa inicial. "Intenta ahora separar la energía de tu sangre y hazla fluir desde la punta de tus pies hasta tu cabeza". Le comenté que no creía poder lograrlo pero insistió así que cerré mis ojos y me concentré en cada pulsación, me costaba imaginar el torrente de mágica energía. Pasaron alrededor de tres horas en las que lo único que hice fue intentar mover mi energía sin éxito. Fue entonces que Kiire se puso de pie a mi lado y apoyó su mano dulcemente sobre mi cabeza haciendo que un aura celeste brillante me rodease por completo. De pronto pude sentir la energía, aquel toque de mi maestro la había activado. Con renovado entusiasmo intenté con mucha paciencia controlar el flujo de energía y luego de varios minutos logré detenerla durante aproximadamente tres segundos. Caí exhausto al suelo mientras mis sangre recuperaba su curso normal. El esfuerzo para dominarla había sido supremo a tal punto que quedé jadeando como un perro.
-Bien, eso fue todo por hoy, practica hasta que logres hacer lo que te pido, luego proseguiremos.
Practiqué incansablemente día y noche durante dos largos meses. Como el mejor estudiante madrugaba todos los días. Era mi oportunidad de demostrar lo que podía ofrecer al clan y a Kiire quien jamás se apartó de mi lado.
Tras entrenar y entrenar, un día nublado, meditando sentado en el suelo, pude lograr que la energía recorriese mi cuerpo a pura voluntad. De un momento para el otro manipularla se había convertido en una tarea sencilla. Fue como si un candado hubiese cedido de repente para dejarme contemplar un fabuloso tesoro. Luego de jugar un poco con mi resiente adquisición corrí a contarle a Kiire.
-Bien, Selvheen, eres rápido, a mi me llevó alrededor de un año dominar la técnica.
-Es que no tuviste un maestro tan bueno como el mío- halagué.
-Ahora que puedes dominarla te enseñaré tu primer hechizo. La energy ball, que como su nombre lo indica es una pequeña bola de energía.
-¡Estoy ansioso!
Inspeccionó el terreno con la mirada hasta que encontró una pequeña roca la cual tranquilamente tomó y puso sobre una roca mucho mayor. Luego me ordenó reunir toda la energía posible en la punta de mis dedos, enfocarla lo más que pueda sobre aquella pequeña piedra y liberarla. No sonaba difícil.
Kiire apuntó y disparó sin ninguna dificultad una bola de luz celeste contra la pequeña roca que voló por los cielos y cayó sobre la hierba para luego ser teletransportada nuevamente sobre la gran piedra.
-Tu turno- indicó.
Respiré hondo, al fin llegaba mi turno, estaba impaciente. Lentamente fui concentrando toda mi energía lo más que pude en la punta de mis dedos, apunté y... nada. Pero porqué no ocurría nada si había seguido al pie de la letra todas las indicaciones de Kiire. No será tan sencillo después de todo me dije con un suspiro.
-Prueba imaginando que tus dedos son más largos de lo que son en realidad e intenta llevar la energía a aquella punta imaginaria- sugirió.
Cerré nuevamente mis ojos, normalicé mi respiración mientras en mi mente repetía una y otra vez que podía lograrlo. Me concentré profundamente en mis dedos hasta que casi pude sentirlos más largos. Nuevamente canalicé mi energía e intenté un disparo... Era inútil, no ocurría nada, la luz de mis dedos se apagaba como una vela al viento sin dejar rastro alguno.
-No desesperes, Selvheen, es normal que no te salga al principio, continua practicando- me dijo en tono muy paternal.

Así pasaron varias horas de exhaustivo entrenamiento en las que lo único que conseguí fue que mis dedos brillasen una y otra vez de un resplandeciente celeste para arderme luego al desvanecerse la tibia luz. Era como si las yemas de mis dedos hubiesen recibido una descarga eléctrica o tocado algo demasiado caliente como la plancha de mamá cuando recién la levantaba del carbón. Mas, según Kiire, avanzaba a pasos agigantados. Pero pasos agigantados no era suficientes para mí, ansiaba como un lobo ansía la carne en invierno poseer mi Nova, mi Ice Storm, mi armadura Anubis...
Anochecí intentando invocar la desgraciada esferita de luz. Cercano a desvelarme fue mi maestro quien tuvo que ordenarme recostarme en el pasto y descansar. Me acosté como me fue indicado sobre la hierba, mas me fue imposible dormir, no podía detener mis jugueteos con la energía dentro de mi ser. Pasaba los minutos haciéndola viajar desde la punta de mis dedos recorriéndolos uno a uno hasta la punta de mis cabellos moviéndolos como si lo hiciese una suave brisa. La sensación que produce recorrer todo tu cuerpo lentamente desde el interior puede resultar casi orgásmica.
Horas después Kiire el espía vino a ver si de una buena vez había conseguido dormirme y al encontrarme jugando me regañó con énfasis. A veces aquel Soul Master se comportaba como mi mamá y yo, como buen adolescente, ansiaba desobedecerlo y desafiarlo.
Tres veces lo hice volver antes de cansarme y dedicarme aburrido a observar las estrellas mientras esperaba la llegada del no tan ansiado sueño. Para conciliarlo intenté vanamente contar aquellos diminutos y bellos puntitos mientras buscaba constelaciones e inventaba varias en el proceso. Pero no conseguía dormirme, tenia tanta energía como esperar el alba entrenando. Si me levantaba vendría Kiire a reprenderme así que cerré los ojos y canté en mi mente una y otra vez una canción de arrullo que mi madre solía cantarme cuando era niño. Poco a poco me fui durmiendo perdiendo el conocimiento hasta entregarme por completo al bello y feliz mundo de los sueños.

Me encontraba practicando solo aquella mañana en que el poder se concentró lentamente en la punta de mis largos dedos imaginarios, mas no lo liberé, Kiire me había enseñado otra técnica antes de partir hacía una semana.
Provocándome una sensación de éxtasis la energía continuaba acumulándose causándome además un delicioso cosquilleo en la espalda. Continué reteniendo más y más la energía que luchaba por liberarse de mis garras hasta que una bola de luz celeste salió disparada por primera vez en mi vida. Mi primera Energy ball voló hacia el horizonte y se extinguió como un bichito de luz atrapado por un murciélago hambriento. Quedé atónito los primeros instantes y al reaccionar pegué saltos de júbilo. Grité de alegría, no podía creerlo, ansiaba contárselo a Kiire. Pero... ¿y si aquello sólo resultaba ser un golpe de suerte? Debía volver a intentarlo, de modo en que me prepare para el segundo ataque. Cerré los ojos hasta nuevamente sentir aquel éxtasis eléctrico y supe que aquel era el momento de liberar el hechizo. Nuevamente la esfera se extinguió en el horizonte. Era maravilloso y, como niño con juguete nuevo, quise intentarlo una y otra vez. Mas luego de la cuarta invocación mi visión era borrosa y me resultaba imposible mantenerme en pie. Me encontraba agitado como si hubiese corrido una maratón, sentía el peso de mi energía arrastrarme junto con ella hacia abajo hasta dejarme de rodillas con las manos apoyadas sobre la larga hierba de Noria.
Las piernas me ardían como luego de hacer mucho ejercicio. Sabía que, de haberme puesto de pie, me habría tambaleado hasta caer. Mi corazón latía veloz y de tanto jadear mi garganta estaba seca. Lentamente me fui recostando boca abajo en el suelo como pude sintiendo las gotitas de sudor recorrer mi frente. ¡Que felicidad! Cuando Kiire regresase a la mañana siguiente le mostraría mi gran avance y le contaría acerca del posterior cansancio.

-Felicitaciones, Selvheen. Me dejas sin palabras, que rápido aprendiz eres. De haber sido tan veloz como tu para aprender habría sido Soul Master mucho antes. Tienes aptitudes, sin duda las tienes- me dijo mi maestro cuando le conté todo lo ocurrido.
Tanta fue mi emoción por informarlo que sólo luego de haberlo hecho me percaté de que mi tutor traía consigo una bolsa de apariencia cuadrada y algo pesada. Kiire sonrió y con la mirada me invitó a revisar la misteriosa bolsa. Ansioso corrí hacia ella para luego sentarme a su lado, no podía siquiera imaginar lo que contenía. Un fuerte olor a papel viejo penetró en mi nariz al comenzar a inspeccionar. Cuidadosamente saqué un viejo libro amarillento de entre varios y leí su cubierta la cual simplemente decía en letra manuscrita de imprenta: Fire ball.
-¡Oh, por los Dioses! ¡Mil gracias, Kiire!- dije mientras me deleitaba leyendo los nombres de los hechizos en las cubiertas de cada libro.
-Isand, el clan y las alianzas debemos ir a una guerra interna contra un clan que ha secuestrado a una de nuestras elfas. Tendrás que entrenar solo durante mi ausencia. Confío en que estudiarás de memoria estos libros y que, al regresar de mi batalla, me deleitarás con tus hechizos.
-¿Batalla? ¡No, Kiire!- exclamé saltando del suelo para poder abrazarlo.- No sé que haría si te ocurriese algo.
-No temas, pequeño, recuerda lo poderosos que somos, esta batalla la tenemos ganada.
-Prométeme que regresarás- le rogué con los ojos llorosos.
-Te lo juro.
Esa noche dormimos juntos pero sería la última vez en varios meses. Las batallas eran largas y sangrientas según me habían comentado los demás soldados durante las comidas.
Kiire se durmió rápidamente sobre el pasto mas yo me quedé observándolo. Se veía tan delicado e indefenso, su armadura era delgada y a penas cubría su cuerpo, sus músculos eran menos voluminosos que cualquiera de los Soul Master de clan. Cómo alguien tan delicado y bello como él podía ser capaz de hacer daño. Muy diferente era mi Lord Isand, su cuerpo delineado me despertaba envidia y su armadura lo convertía en una clase de ángel acorazado monstruoso y majestuoso. Su cabello era de un gris más oscuro que el de los Soul Master que yo conocía y le llegaba por encima de las nalgas. Sin duda mi Lord y Kiire eran hombres muy bellos. Aunque mis ojos, cuando de buscar belleza se trataba, se encontraban seguido con el cuerpo y la sonrisa de una joven elfa de energía sobre la cual escribiré en su debido momento.

A la mañana siguiente Kiire me dio las últimas indicaciones. Me ordenó aprender todos los hechizos de los libros, entrenar cazando a las criaturas pequeñas de la zona y detenerme cada vez que me sintiese exhausto. Accedí a obedecer todos los límites que me impuso, desde mi encuentro con el gorila blanco de mi infancia en Devias aprendí a respetar un poquito las órdenes del clan.
-Bien, Selvheen, nos vemos en unos cuantos meses- dijo Kiire montando su extraña criatura con alas de dragón y pico de ave. -Hasta pronto, mi pequeño Dark Wizard.
-Hasta pronto.
Y sin mediar una palabra más nos separamos.
Dark Wizard... Dark Wizard... Repetí una y otra vez en mi cabeza mientras veía como Kiire se perdía en el horizonte. Fue entonces cuando me percaté de que con mi primer hechizo me había convertido oficialmente en uno. Al fin me había convertido oficialmente en un joven Dark Wizard.