lunes, 21 de junio de 2010

Quinto escrito. Novena parte. El encargo de Sevina.

Perdido en sus profundos ojos azules permanecí embobado unos instantes. Finalmente había dado con la joven pero qué debía hacer ahora no lo sabía puesto que lo único que me habían encomendado era encontrarla.
-Sevina, estuve buscándote.
-¿En serio?- sonrió.- ¿Qué necesitas de mí?
-No lo sé- fue mi torpe respuesta.
Sevina dejó escapar una simpática risita cubriéndose su pequeña boca de cereza con la punta de sus largos, blancos y femeninos dedos. La observé de pies a cabeza, tratando de no perderme un solo detalle de su persona, y llegué a la conclusión de que aquella sacerdotisa era muy pero muy bonita.
-Quítate el casco- me indicó dulcemente.
Obedecí sin protestar, ella entre sus manos tibias tomó suavemente mi rostro, acercó de a poco y cada vez más sus ojos de mar a los míos, se detuvo a contemplarlos un instante y finalmente dijo:
-El alma del hechicero y el pergamino del emperador...
-¿Como?
-Ve con Kiire y tu clan y trame el alma del hechicero y el pergamino del emperador- explicó.
-¿Cómo sabes de Kiire?- pregunté con genuina curiosidad.
Con una sonrisa pícara en su carita aniñada guiñándome un ojo contestó:
-Qué poco sabes de mí, Selvheen. Además de sacerdotisa soy vidente- hizo una pausa.-Una muy poderosa por cierto.
Aquella chiquilla resultó ser una caja de sorpresas después de todo, tanto por sus habilidades como por su belleza. Aclaro que chiquilla es un decir, la joven debía tener alrededor de veinte años. Si algún chiquillo se encontraba allí en aquel momento, entre las viejas paredes de oscura madera de la iglesia, ese era yo.
-Ven, Selvheen, te mostraré donde puedes ponerte cómodo para descansar.
Y extendiéndome su delicada mano me llevó a conocer aquel lugar que se trataba prácticamente de toda la iglesia puesto que esta se encontraba completamente vacía en ese momento. Cuando al fin estuve a solas, la recorrí un poco y terminé por decidir que dormiría en una de las tres sillas de madera oscura situadas a la derecha del corredor central. No parecían incomodas, al menos tenían apoyabrazos. La del medio sin duda fue la que más me gustó. Hasta el día de la fecha continuo eligiéndola cada vez que por alguna que otra razón termino buscando refugio en aquella acogedora iglesia.
Como dije antes, estuve a solas, Sevina no pasó la noche conmigo, me explicó sin dar mayores rodeos que su familia la estaba esperando. También me explicó que, por razones de seguridad, tendría que dejarme encerrado bajo llave hasta la mañana siguiente pero que no me preocupase ya que ella vendría a primera hora de la mañana, antes que nadie, a abrirme las puertas.
No pasar la noche con ella me pareció una pena, me resultó una joven de lo más simpática con la cual probablemente habría pasado una grata noche hablando de mil cosas. Al menos al despertar lo primero que verían mis verdes ojos sería su pequeño rostro angelical.
Obviando el hecho de que dormiría solo, dormí mucho más cómodo que la noche anterior bajo el demacrado pinito de porquería que si bien hizo todo lo que pudo para protegerme de los elementos no logro nada.

-¡Zoutah, Zoutah! ¡Selvheen volvió!- llamaba Sifin muy contenta a su enamorado mientras corría hacia donde me encontraba.
Al alcanzarme la elfa me abrazó con la fuerza de una boa constrictora y comenzó a llenarme las mejillas de coloridos besos debidos probablemente a su nuevo tono labial, mientras yo simplemente trataba de lograr que mi cerebro asimilase que aquella espantosa y solitaria travesía de un mes al fin había concluido.
El Battle Master Dragón también hizo su aparición y tras dar una firme palmada en mi espalda dijo en tono apremiante "bien hecho, muchacho" lo cual me hizo sentir muy orgulloso. Mas aún faltaba alguien, a mi criterio el más importante.
-¿Dónde est...
Unas plumas blancas fueron de pronto lo único que vi, un fuerte abrazo oprimiendo mi cuerpo con firmeza y dulzura lo único que sentí, y el sonido casi imperceptible de unos sollozos lo único que oí.
-Selvheen, mi Selvheen...
Y sin mediar ninguna otra palabra comenzó a llorar desconsoladamente sobre mí. No me gustaba verlo, oírlo ni sentirlo llorar, sus lágrimas eran mi culpa y me sentí terrible por ello. Tímidamente, tanto por necesidad como por el deseo de calmarlo, fui rodeándolo con mis brazos sintiendo que en cualquier momento las lágrimas también cobrarían vida bajo mis ojos color esmeralda.
Estuvimos abrazados así alrededor de un minuto, fue Zoutah, a quien no parecían agradarle mucho ese tipo de escenas melosas entre hombres, quien nos devolvió a la realidad tomando por el hombro a Kiire y apartándolo lentamente de mí.
-Vamos, Kiire, el muchacho tiene que descansar.
Mi maestro asintió con la cabeza secándose las lágrimas con la mano y dulcemente me soltó.
-Estoy feliz de verte de nuevo sano y salvo- dijo entonces mirándome a los ojos.-Esta noche, antes de dormir, me contarás todo.
-Sí, Kiire- sonreí muy contento de estar nuevamente junto a mi maestro en un lugar del cual comenzaba al fin a sentirme parte.

Las estrellas brillaban hermosas bajo el oscuro firmamento que aquella noche se encontraba completamente despejado. Kiire me citó a un kilómetro del campamento, no sabía porqué tan lejos pero quien era yo para cuestionar al Asistente del Lord. Fue el aullido de unos lobos lo que interrumpió mis pensamientos. Escruté la noche en busca de aquellos posibles puntitos ambarinos que de existir se hallarían muy probablemente fijos en mi, pero no encontré nada así que decidí avanzar hacia la luz proveniente de una pequeña fogata en la distancia cuyas llamas el viento no conseguía doblegar ya que estas se encontraban protegidas por unos pocos árboles secos.
Al llegar vi a Kiire sentado frente al fuego sobre una pequeña roca acompañado por dos hermosos lobos de oscuro y largo pelaje gris. A su espalda una clase de viejo trineo con algunas espadas, un desgastado escudo y un barril encima, reposaba indiferente sobre la nieve. Otras tres rocas rodeaban el fuego así que, tras saludar a mi maestro, me senté en una de ellas. Inmediatamente después ambos lobos se me acercaron con cautela, los dos traían las orejas hacia atrás y la mirada desconfiada.
-Me gustan tus lobos, Kiire- dije extendiendo mi mano para acariciar la cabeza de uno de los animales.
La fiera en cambio no pareció contenta con mi buena intención y, en el transcurso de un parpadeo, lanzó sus fauces sobre mi muñeca y comenzó a sacudirla violentamente con fuerza sobrenatural de lado al otro como si en vez de lobo el animal fuese un enorme tiburón blanco. Por su parte el segundo monstruo, que no podía ser menos que su compañero, se abalanzó también sobre mí arrojándome al suelo dispuesto a abrirme el cuello de un solo mordisco.
-¡Hey!- fue lo único que dijo mi maestro antes de que, sin protestar siquiera, ambas fieras se apartasen se mí como si nada hubiese ocurrido.
-¿Qué sucedió? Pensé que eran buenos- dije desde el suelo.
Como Kiire tardó en responder me incorporé y volví a tomar asiento, fue entonces cuando noté como el Soul Master dorado acariciaba a sus peludos compañeros caninos quienes sacaban la lengua y movían la cola cual cachorros que sin duda alguna no eran. Sentí algo de cólera, de haber tenido una piedra más pequeña cerca se las habría arrojado, lo cual no era una idea muy brillante puesto que los animales habían demostrado ser perfectamente capaces de defenderse de mí.
-No son malos, simplemente los acariciaste incorrectamente- dijo finalmente haciendo luego una pausa.-Pusiste tu mano encima de la cabeza del lobo cuando debías ponerla debajo. El animal pensó que querías dominarlo. Inténtalo de nuevo.
No me moví, sentía que debía pensarlo al menos dos veces.
-Vamos- insistió afirmando el tono.
Despacio me incorporé de mi asiento, me acerqué al animal y cuando estuve cerca me arrodillé ante él. Hubo un instante de silencio en el cual nos miramos a los ojos, sus piedras color ámbar casi me hipnotizaron y al parecer mis esmeraldas casi lo hechizaron a él. Este con su largo hocico me olfateó de pronto quebrando la magia, cuando se detuvo volví a extender temeroso la mano hacia él, esta vez por debajo de su cabeza, y cariñosamente le rasqué la barbilla lo cual, para mi grata sorpresa, le agradó.

Tras jugar varios minutos con los lobos, que no tenían nombre, la conversación con mi maestro dio comienzo. Me apresuré a relatarle todo lo ocurrido desde el momento de mi partida, alterando algún que otro detallito en la parte de mi encuentro con la bruja de las nieves para no preocuparlo innecesariamente o quizás para no verme tan Noob. Por otra parte no quería que se enterase que había perdido a Chester. Salvando esos detalles le conté sobre el clima, los diamantes rosados, los monstruos en el recorrido, la comida, los guardias en la entrada de Devias, el granizo, los dos pinitos, la bella Sevina, la iglesia y el retorno al Clan.
-Con que el alma del hechicero y el pergamino del emperador...
Mi maestro reflexionaba sobre aquellas palabras frente a las llamas danzantes que parecían dar vida a cada parte su armadura, a cada uno de sus cabellos, a cada una de sus facciones y a todo cuanto había a nuestro alrededor, mientras yo luchaba por contener la intriga que me generaban aquellas reflexiones.
-¿Dónde consigo esas cosas?- pregunté algo impaciente por tantas pausas, silencios y misterios.
-Vamos por partes- dijo haciendo otro silencio.- ¿Sabes para qué debes encontrar esos objetos?
Negué con la cabeza, no tenía ni la más remota de las ideas.
-Para dejar de ser un Dark Wizard y convertirte en un Soul Master.
-¡¡¿¿Queeee??!!
El corazón se me paralizó y casi me fui de espaldas al suelo ¡¿Soul Master yo?! No se si de nervios o de emoción me atraganté y comencé a toser, Kiire rió sin disimulo mientras yo realizaba arduos y complejos ejercicios de respiración para recuperar la compostura.
-Bien, esos objetos se encuentran en...
-¡Espera, espera! ¡¿Me estás hablando en serio?!- me señalé.- ¡¿Me hablás a mí?! ¡¿Soul Master yo?!
-Basta, Selvheen o te golpearé por idiota.
Respiré hondo y entonces, a duras penas, pude dejarlo continuar.
-Como te decía, esos objetos, el pergamino y el alma, los encontrarás en Lost Tower.
Lost Tower... Kiire pasó la noche diciéndome lo peligrosa que era aquella gigantesca torre negra de siete pisos, perdida en algún lugar recóndito de Devias, repleta de demonios mucho más poderosos que los vistos por mí hasta ese entonces. Mi nueva misión sería derrotar a dichos demonios hasta dar con los portadores de los dos objetos. El primero, el alma del hechicero, era una gema azul con tres puntas, mientras que el segundo, el pergamino del emperador, a diferencia de lo que su nombre indica, no era un pergamino sino un pequeño libro azul violáceo con detalles dorados.
Admito que, esa noche, puse en duda varias veces la cordura de Kiire, me preguntaba cómo esperaba que yo, Selvheen, ex pelador oficial de papas, derrotase siquiera a uno de esos demonios que para colmo nunca atacaban solos. La respuesta no tardo en llegar. Sifin iría conmigo. Por un lado eso me generó un gran alivio pero por otro dañó un poco mi orgullo y, por más que Kiire me explicase una y mil veces que a todo el mundo alguna vez una elfa tuvo que tenderle una mano, no podía evitar sentirme un pobre novato.

Amaneció nuevamente en Devias, Kiire, Zoutah, Sifin y yo nos encontrábamos a pocos metros del campamento ese día, haciendo qué, aún no lo sabía. Hacía un clima fabuloso, no nevaba y el sol lo cubría todo con su fino manto de luz y calor mientras los pájaros cantaban sin cesar.
-Bien, Selvheen, como te dije anoche, hoy cuando se oculte el sol irás con Sifin a Lost Tower en busca del alma del hechicero y el pergamino del emperador- mi maestro hizo una pausa.-Pero antes practicaremos un poco el modo en que lucharás ahí dentro- continuó diciendo mientras se acomodaba el cabello.-Zoutah representará el papel de demonio Mob.
-¡Pero peleará jugando y bien despacito!-acotó rápidamente la elfa al ver mi cara de espanto.
-Es indispensable que estés acostumbrado a los poderes de Sifin antes de entrar a la torre- dijo el Soul Master haciendo nuevamente un silencio para pensar.-Bien, creo que no hay más que decir, así que comencemos.
Mi maestro se frotó las manos, miró a Zoutah y le indicó prepararse, luego me miró y me indicó confiar en Sifin ciegamente, lo que significaba luchar creyéndome el Dark Wizard más poderoso del mundo.
"¡¡Ponte alerta, Selv!!" fue la frase que me devolvió a la realidad. Al parecer mis pensamientos se encontraban dispersos ya que aquellas palabras casi me asustaron. Digo "casi" porque lo que me asustó realmente fue ver como el guerrero corría hacia mí y daba un gigantesco salto con la espada en el aire dispuesto a caer sobre mí. Por reflejo cubrí mi rostro con el brazo sólo para escuchar los regaños de Kiire.
-¡No! ¡Selvheen, no! ¡Teleport! Por los Dioses, Teleport.
Lentamente fui abriendo los ojos sólo para toparme con la gran espada del Dragón a escasos dos centímetros de mi antebrazo. A la orden de "vamos de nuevo" el guerrero se apartó y tendiéndome una mano me ayudó a ponerme nuevamente en pie. Un poco avergonzado por lo recién sucedido, sacudí un poco el cuerpo para quitarme la nieve de encima y de paso conectarme un poco mejor con la realidad. Entonces pude notar que mi persona estaba rodeada por dos auras luminosas, una verde y la otra naranja. Según la Battle Master, la primera de estas dos aumentaba mi defensa mientras que la segunda aumentaba de manera asombrosa la fuerza de mis ataques.
-¡¡Demonios, Selvheen, no te distraigas!!
Esta vez la espada del Dragón terminó junto a mi cuello. Kiire estaba rabioso, Zoutah fastidiado y Sifin como siempre muy entretenida. De todas formas, enojados, fastidiados o como fuere, nos preparamos nuevamente para el tercer intento.
El Dragón corrió hacia mí como un tigre hambriento y dio un gran salto con la espada en alto sobre su cabeza. Esa vez conseguí teletransportarme justo detrás de él mas el guerrero hizo girar la espada alrededor de su cuerpo consiguiendo asestarme un duro golpe que me arrojó con fuerza al suelo sin causarme, para mi gran sorpresa, ningún dolor.
-¡Que no te distraigas!
Aquel grito logró hacerme reaccionar a tiempo para esquivar varios espadazos que llovieron inclementes sobre mí. Tan rápidos eran que me resultó imposible ponerme en pie, así que me teletransporté lo más lejos que pude de mi rival.
-¡Atácalo, Selvhi!-alentaba Sifin como si mi mastodóntico adversario no fuese lo suficientemente aterrador.
Pude ver y sentir como Zoutah me clavaba sus ojos de fiera desde su posición. Temí por un segundo que el guerrero se estuviese tomando las cosas muy enserio. Luego de estudiarme detenidamente con aquella mirada penetrante el Dragón dio un saltó en el lugar con su espada en alto y al caer y tocar su arma el suelo una ola de hielo se abrió paso por entre la nieve hacia donde yo estaba y apresó mis piernas congelándolas por completo. Intenté zafarme pero el hielo me llegaba a las rodillas imposibilitándome cualquier movimiento. El Battle Master sonrió y corrió hacia mí dispuesto a darme la estocada definitiva en medio del estomago.
-¡Twister!-invoqué extendiendo mi brazo y cubriéndome el rostro con el otro en espera de lo peor.
-¡¡Maldición, Selvheen, no te cubras el rostro!!-gritaba Kiire enfurecido.
Abrí los ojos y vi que un pequeño tornado de aire y nieve hacía girar a mi rival sobre su eje.
-¡Lighting!-me apresuré a continuar.
De mi mano derecha brotó como una serpiente eléctrica aquel rayo de luz que enroscó la espada de Zoutah y se la arrancó de las manos en fuerte y repentino tirón. El arma no cayó muy lejos del guerrero y vi que si no inventaba algo pronto este la recobraría sin mayores dificultades.
-¡Ice!
De la blanca nieve, justo bajo los pies del Dragón, brotaron unas largas estacas de hielo que, como había sucedido conmigo, le apresaron las piernas contra el suelo. Zoutah estaba cada vez más furioso, un error sería fatal.
-¡Poison!
Como pequeños tentáculos verdes unas seis o siete raíces no muy gruesas pero resistentes surgieron del blanco suelo invernal envolviendo la espada y comenzando a hundirla bajo la nieve.
-¡Flame!
Una poderosa columna de fuego nació hacia el cielo con tanta fuerza que pareció catapultada justo bajo el Dragón quien soltó un alarido desgarrador. Sin embargo, cubierto de fuego, gritando entre las llamas, Zoutah consiguió liberar sus piernas de la amarra de hielo que lo inmovilizaba ya que el calor de mi ataque la había debilitado.
La mirada inyectada de sangre y fuego, llena de furia, del Battle Master me inspiró un profundo terror que recorrió en un escalofrío hasta la ultima célula de mi cuerpo. Si aquel monstruo se liberaba no podría contarlo al día siguiente. Debía actuar y pronto.
-¡Vengan a mi Evil Spirits!
El cielo comenzó a oscurecer aunque ninguna nube cubriese el sol. Sin motivo aparente, el viento dejo de soplar y un silencio lúgubre lo abarcó todo. Durante los quince segundos que transcurrieron luego, nada ocurrió. De pronto y de todas partes comenzaron a llegar centenares de espíritus negros, compuestos sólo por el rostro, aullando lastimeramente como suelen hacerlo las almas en pena. Los espíritus, seguidos por sus largas y traslucidas estelas negras, rodearon a Zoutah quien, privado de su espada, intentaba inútilmente entre palabras blasfemas espantarlos con sus manos.
-Terminamos- dijo Kiire.
Sin decir más el Soul Master extendió su brazo hacia Zoutah, cerró los ojos y al abrirlos el guerrero fue teletransportado a su lado. Sifin corrió hacia su amado y lo abrazó con fuerza, luego le apoyo la mano en la frente, una luz plateada rodeo al Dragón y todas las heridas de este sanaron por completo.
-Zoutah ¿estás bien?- pregunté al guerrero tímidamente pero con sincera preocupación.
Este respondió dando una palmada en mi hombro y sonriéndome.
-Tienes talento, muchacho. Cuando no necesites de una elfa quiero un verdadero duelo contigo.
Sifin me guiñó un ojo y, tomada del brazo de su amado, comenzó el retorno al campamento.
Miré a mi maestro quien guardaba silencio. Quise tener el poder de leer su mente para saber que pensaba de mí, por supuesto que sabía que haber tenido semejante oportunidad contra Zoutah se debía únicamente al impresionante poder de Sifin. Jamás hasta el día de la fecha he vuelto a presenciar tal magnificencia en los poderes de una elfa de energía. Continué observando al Soul Master dorado, sus profundos ojos celestes cual zafiros deslumbrantes ahora me miraban con dulzura y serenidad.
-Estoy muy orgulloso de ti.
Y sin decir una palabra más Kiire me dio la espalda y siguió los pasos de los Battle Master mientras yo apresuraba la marcha para seguir los suyos.

domingo, 6 de junio de 2010

Quinto escrito. Octava parte. La misión.

Era increíble, simplemente increíble. Al fin un set de verdad protegiendo mi cuerpo diesicieteañero. Nunca me habría imaginado que una armadura pudiese resultar tan liviana y cómoda.
Tras los quince minutos que me llevó ponérmela di las gracias al amable Dark Lord de cabellos luminosos y salí corriendo del lugar lleno de entusiasmo sólo para toparme de frente, casi cara a cara, con mi Lord Isand y entonces volver a sentirme pequeño ante él. Su magnifica armadura Hades, su capa y sus tres pares de alas cubiertas de plumas blancas y celestes consiguieron impactarme muchísimo.
-¡Mi, mi Lord!- tartamudeé haciendo una improvisada y, por consecuente, desprolija reverencia al hombre que se limitó a recorrerme de arriba a abajo con su mirada celeste para luego dar media vuelta y regresar, junto con Kiire, a su elegante carpa.
-¡Selvheen, te ves requete divino!- sonrió Sifin sonrojándome.
-Gracias- sonreí también.
-Me recuerdas a un amigo de hace muchos años, en mi época de Noob- continuó la elfa.
-¿Qué es un Noob?- inquirí curioso como un gato únicamente para arrepentirme por ello luego.
-¡Ahy, lo lamento! No quise decir que eres un Noob. Me refería a mis épocas como novata.
-Noob es una manera despectiva de llamar a los novatos- explicó Zoutah sin darle mayor importancia a sus palabras.
Sin embargo, hubiese preferido mil veces no haber escuchado aquello de Sifin. Nunca me creí la gran cosa en lo que a materia de poder y jerarquía respectaba, pues no lo era, mas de todas maneras el mal sabor de boca se me quitó a los pocos segundos. Era mi misión lo que realmente perturbaba mi joven mentecilla.
-Muchacho, ve a "jugar" por ahí un rato hasta que anochezca. Sifin y yo tenemos cosas importantes que hacer.
-De acuerdo...- respondí un poco dolido por el tono despectivo utilizado por el guerrero en la palabra "jugar".

La última noche con el Clan finalmente lo cubrió todo. Zoutah, Sifin y Kiire estaban conmigo a más o menos un kilómetro del campamento donde la mayoría ya debía encontrarse durmiendo. El silencio en donde nos encontrábamos era interrumpido únicamente por el constante arrullo del viento congelado. La aurora boreal casi rozaba la tierra con sus colores traslúcidos. Qué hermosa era.
Recuerdo haber estado temblando mas lo que menos sentía era el frío. No sé si fue por el miedo pero mis ojos se aguaron y enrojecieron. Con diecisiete años lo único que deseaba abrazar a mi maestro y esconderme entre sus brazos.
-Es hora, Selvheen- dijo Kiire de pronto más firme y serio que nunca.
Me sorprendió un poco que no me mirase a los ojos cuando habló sino que los clavase en el nevado y lejano horizonte. Recuerdo haber sido reprendido varias veces por no mirarlo a los ojos a él.
-Mucha suerte, muchacho- me deseó calidamente el guerrero apoyando su gran mano en mi hombro.
-Sé que puedes hacerlo, suerte- dijo Sifin mientras me abrazaba y besaba en la mejilla.
-Esperamos tu rápido retorno al Clan- dijo finalmente Kiire sin mirarme siquiera.
Qué le ocurría a mi maestro ¿estaría enojado conmigo? Fuera lo que fuese lo que le sucedía, me dolió mucho aquella fría despedida que había resultado ser la más distante de todas las que habíamos tenido.
Se hizo luego un largo silencio y supe que debía partir... Me despedí de los tres portando en mi brazo, por primera vez, el brillante emblema del Clan el cual me llenaba de valor y orgullo y, tras un último suspiro, les di la espalda para comenzar mi viaje. Con los pies un poco hundidos en la nieve caminé unos cien metros con el viento en contra. Entonces miré hacia atrás. La elfa y el guerrero aguardaban, Kiire había desaparecido.

Recuerdo el viento helado cortando mi rostro sin clemencia durante una nevada como lo haría una navaja con una fina hoja de papel de arroz. No podía distinguir nada a más allá de los cincuenta metros y a duras penas conseguía mantener abiertos los ojos.
El frió sin embargo no me resultó un gran inconveniente, lo sentía, sí, pero no logró ser una molestia para mí ya que el set resultaba mucho más cálido de lo que había creído en un principio.
Me encontraba algo desorientado tratando de reubicarme cuando distinguí un punto rosado en la distancia. Me llenó de regocijo ver algo, aunque fuese aquel puntito así que, sin pensarlo dos veces, incluso sin saber si me desviaba o no de mi ruta, avancé hacia la pequeña lucecita.
A medida que aquel punto de a poquito se agrandaba y agrandaba la tormenta con su viento decreció considerablemente hasta desaparecer por completo. Cuando al fin pude abrir los ojos quedé completamente impactado por lo que vi. A mi alrededor y por todas partes, clavados en la nieve, brotaban del suelo cual árboles diamantes enormes que irradiaban aquella mágica luz rosada. Estos hacían juego con una pequeña aurora boreal que serpenteaba con sus fríos colores casi rozando mi cabeza. Caminé un poco contemplando todo embelezado hasta que de pronto me pareció escuchar algo en la distancia.
-Ven, joven mago. Ven conmigo, acércate. No sientas ningún temor- decía aquella voz melodiosa.
Busqué rápidamente con la mirada, como lo hacen las aves, por todas partes la fuente de aquella voz mágica proveniente de ningún lugar.
-¡¿Quien eres?!- pregunté en voz alta para asegurarme el ser escuchado.
-Ven a mí, joven mago, necesito tu calor. Tengo mucho frío- continuó diciendo aquella voz que a cada instante conseguía enamorarme más y más.
-¡¿Dónde estás?!- volví a preguntar buscándola.
Fue entonces cuando pude verla escondida tímidamente tras uno de los enormes diamantes rosados, vestida completamente de blanco y portando en su espalda unas bellísimas alas color nieve sin plumas ni membrana. Lentamente pero sin miedo alguno caminé hacia ella y pude distinguir sobre sus largos cabellos oscuros una hermosa y delicada corona blanca. A cada paso conseguía distinguirla mejor, sus ojos celestes eran como estrellas y sus labios rosados lucían cual deliciosas y heladas cerezas.
-Eres tan hermosa- fue lo primero y lo único que pude articular ante ella.
Curiosamente lo inusual de la situación no me asombró para nada, me sentía hechizado y las palabras simplemente escapaban de mi boca como las aves lo harían de una jaula abierta.
-Acércate un poco más, de veras necesito tu calor.
Un escalofrió de placer me recorrió todo el cuerpo. Pude sentir como una fuerte erección cobraba vida entre mis piernas y entonces, con las mejillas sonrojadas, rodeé con mis brazos la figura de mi princesa helada apoyando mi cuerpo deseoso contra ella quien también me abrazó. El deseo se iba apoderando completamente de mí.
-Dame ahora el calor de tu sangre, alimenta mi existencia con el calor de tu vida.
-Toma de mi lo que quieras- contesté hipnotizado sin siquiera escucharla.
Cerró ella sus ojos y preparó sus labios, pasé la lengua sobre los míos y los acerqué a los suyos. Su aliento se fundía con el mío cuando una estridente risa histérica resonó de pronto acabando con el sueño. Ante mí mi princesa de nieve se había convertido en una mujer de aspecto sumamente tétrico, con largos colmillos en toda su boca y los cuencos de sus ojos vacíos.
Asustado intenté retroceder y escapar pero ella me sostenía en su firme abrazo el cual se estrechaba cada vez más, como el de una boa exprimiendo la vida de su presa, hasta el punto de comenzar a generarme un intenso dolor. Luché cual animal enjaulado para liberarme mas no hubo caso. Quise gritar pero supe de inmediato que en aquel lugar desolado nadie podría escucharme. Sino hacía algo moriría. El abrazo continuó estrechándose aún más, en cualquier momento mi armadura cedería, en cualquier momento escucharía a mis huesos quebrarse en mil pedazos...
Mi vida comenzó a pasar frente a mis ojos. Mi niñez, la muerte de mis padres, la aparición del Clan en mi vida... Entre los rostros que se me cruzaron estuvo el de Kiire, mi maestro. Ahy, qué decepcionado se sentiría de mí... Durante mi entrenamiento en Noria nunca conseguí teletransportarme, si bien él lo hacía lucir como lo más sencillo del mundo. ¡Esa era la respuesta! Debía teletransportarme, mi vida dependía de ello. Cerré los ojos, respiré como pude y sin pensarlo dos veces desaparecí... Rápidamente reabrí los ojos, había reaparecido a unos escasos dos metros de mi captora que, en aquel momento, se elevaba iracunda en el aire mientras en sus manos se materializaba un cetro blanco con el que me apuntó.
Desesperado eché a correr cual conejo asustado con la esperanza de que al llegar a la tormenta aquella bruja de las nieves hubiera perdido mi rastro.
Mientras a duras penas yo huía, la horrenda mujer comenzó a decir algo utilizando palabras totalmente desconocidas para mí. No podía verla pero saber que se encontraba detrás mío me helaba la sangre, temí que aquellas palabras extrañas fuesen nada menos que encantamientos. No estuve desacertado, olas de luz idénticas a mi hechizo Power Wave pasaron primero a mi derecha y luego a mi izquierda. En una fracción de segundo supe que las terceras me alcanzarían y así fue... Rodé por el suelo unos cinco metros y cuando levanté la mirada pude ver al monstruo justo encima de mí, siempre con su risa histérica la cual rememoraría varias veces dentro de mis futuras pesadillas. Adolorido y rendido bajé la mirada esperando lo peor y a unos dos o tres metros de allí vi caído en la nieve aquel pequeño casco plateado que Kiire me había regalado hacia poco tiempo.
-¡Chester, aparece!- grité con todas mis fuerzas.
Entonces la conocida luz dorada se encendió y mi hermoso Uniria cobró forma. El monstruo volteó furioso hacia él y, tras dedicarme un espectral rugido que casi detuvo mi corazón, me dio la espalda y comenzó a seguirlo dejándome solo mientras mi amigo huía llevándosela cada vez más lejos hasta hacerla desaparecer.
Pasaron unos segundos en los que no hice nada. Luego di un hondo suspiro de alivio y me recosté en la nieve mirando al cielo con sus bellas estrellas y su verdiazul aurora de zigzagueante luz mágica. El peligro había terminado y yo había sobrevivido.

El resto del viaje trascurrió sin sobresaltos. Algún que otro Yeti se cruzó en mi camino mas, a diferencia de mi primer encuentro con ellos, pude espantarlo fácilmente con mis más simples hechizos. El cielo se mostraba anaranjado cuando pude al fin visualizar la ciudad cuya entrada custodiaban dos imponentes guardias con lustrosas armaduras plateadas que les cubrían todo el cuerpo salvo por una pequeña rendija para los ojos.
-¡¿Quien anda ahí?!- preguntó uno de los guardias con voz autoritaria.
-Me llamo Selvheen, vengo en busca de la sacerdotisa Sevina- tartamudeé.
El guerrero rió junto con su compañero.
-¿Piensas que dejaremos entrar a un Dark Wizard desconocido así porque sí a la ciudad?
Me quedé mudo sin saber que contestar. No quiero confesar el miedo que me daban esos guardias pero me daban miedo y lo que menos quería y necesitaba era que se enojaran conmigo. Así que no tuve mas remedio que dar media vuelta. Me alejaba cuando...
-¡Espera, muchacho!- me llamó uno.
-¿Qué haces? No me digas que piensas dejarlo entrar.
-Mira su brazo, el emblema.
-¡Dioses santos, mil disculpas, muchacho! Pensamos que eras un bandido. Adelante, pasa a la ciudad.
-Y discúlpanos- concluyó el otro.
Lo único que atiné a decir dentro de mi sorpresa fue "gracias". Había olvidado el respeto que se le profesaba al Clan en Devias. En fin, despabilándome un poco y tratando de no cruzar mis ojos con los de los guardias, me adentré en la ciudad.
Qué bella se veía de noche, era la primera vez que mis ojos se posaban en ella, en sus calles de piedra, sus hermosas casitas, los pequeños pinos diseminados por todas partes y la nieve coloreada por las luces de la aurora boreal, la luna y las estrellas. Paseé tanto el cuerpo como la mirada por las calles empedradas cubiertas de escarcha que bajo mis pasos se quebraba. Tan embelesado me encontraba que no presté atención a asuntos más prácticos como dónde dormiría sino tenía ni un centavo, qué comería y por dónde comenzaría mi búsqueda.
La noche no tardó en caer por completo y cubrirlo todo con su velo de sombras misteriosas. Mi paseo turístico por Devias estaba a punto de llegar a su fin mas un piedrazo justo sobre mi casco apresuró las cosas. Busqué con la mirada el origen del golpe cuando comenzaron a llover enormes piedras de hielo. Se trataba del granizo más fuerte que había visto hasta entonces. Apurado corrí bajo la lluvia escuchando el sonido de las rocas impactando sobre mi armadura. Corría en vano pues no conocía la ciudad e ignoraba dónde podía ir. Por otra parte no quería que mi armadura nueva tuviese abolladuras con tan sólo una semana de uso. Finalmente terminé bajo el único refugio que pude encontrar, un pobre pinito desvalido cercano a la salida Sur de la ciudad. Refunfuñando como un viejo, me cubrí con la capa de seda, igual a las de mis compañeros mayores del Clan, y me dispuse a dormir. Incómodo pero a dormir.
A la mañana siguiente la nieve me cubría las piernas y el amable y tibio sol calentaba mi cuerpo. Se escuchaba el sonido de carretas, vendedores y personas de todas las edades que por mi lado pasaban. Noté que alguien durante la noche me había dejado algunas monedas y no pude evitar sonrojarme, qué suerte que nadie del Clan sabría jamás de ello. Luego de guardarme las monedas, lentamente me levanté y me dediqué a estirar cada músculo de mi cuerpo. Después de varios "cracks" me saqué el casco que me incomodaba, respiré profundo e intenté ponerme a pensar. Si yo fuese una sacerdotisa, dónde me encontraría. La respuesta llegó por si sola: en un templo o una iglesia.
-Señor- llamé a un hombre que por allí pasaba.- ¿Sabe dónde queda alguna iglesia?
-En el centro de la ciudad está la gran iglesia donde todos van a orar- me contestó.- No queda muy lejos, sigue al Norte, te cruzarás un bar muy grande, de ahí sigues al Norte hasta llegar.
-Muchas gracias.
-De nada, Señor Soul Master- dijo haciéndome una reverencia para retomar luego sus labores.
Señor Soul Master... Qué bien se escuchaba. Sin duda mucho mejor que el "Noob" de Sifin. Algún día me convertiría en un Señor Soul Master de verdad, sólo era cuestión de tiempo y de nada serviría impacientarse.
Así que, sonriente, me dirigí a la iglesia de Devias.
Cuando llegué vi que no era muy grande pero tampoco muy chica. Parecía por fuera una casa más del montón salvo por su tamaño, la cantidad de ventanas y la enorme puerta doble delante de la que me encontraba. Hice una reverencia y entré lo más silenciosamente que pude.
El panorama dentro distaba bastante del exterior. Una larga alfombra roja se extendía en medio del lugar hasta llegar al altar mientras que bancos de madera oscura enfilados a la perfección ayudaban a mantener la simetría del conjunto. Algunas personas oraban en aquel momento, dispersos entre los bancos, mas el silencio era casi absoluto.
De pronto un sacerdote entró y se dirigió directamente hacia el altar donde al parecer se puso a acomodar algunas cosas. Caminé hacia él y le pregunté...
-Padre, estoy buscando a la sacerdotisa Sevina ¿sabe dónde puedo encontrarla?
-Difícil que la encuentres aquí, es una jovencilla bastante rebelde. Se la pasa jugando con los niños tanto dentro como fuera de la ciudad- contestó con tono amigable.
-Ya veo... Muchas gracias.
Me sentí decepcionado, tendría irremediablemente que ir a buscarla por todo Devias. Suspirando fui dejando la iglesia lentamente atrás.
Afuera el sol brillaba con fuerza y si no fuese por la nieve cubriéndolo todo nadie diría que aquel lugar era una zona helada azotada por fuertes tormentas polares.
Continué mi caminata durante todo el día observando a la gente, las tiendas y las carretas. No me sorprendió no encontrar rastros de Sevina ya que el único plan que tenía para ello era caminar por la ciudad hasta dar con ella. Qué me hizo pensar que la reconocería si los únicos datos con los que contaba eran que se trataba de una mujer joven, sacerdotisa, llamada Sevina.
Las calles cubiertas de noche me invitaban a recorrerlas pero ya me sentía cansado y mi prioridad era encontrar un nuevo refugio, de ser posible, mejor que el pino de ayer. Tras horas de buscar y buscar encontré el sitio perfecto: otro pino igual al anterior. Sin prisa me fui acomodando cuando un rayo partió en dos el firmamento.
-Maldición- gruñí cuando tras el rayo resonó un trueno y luego comenzaron a caer piedras más grandes que las de la noche anterior.
Tras recibir varios piedrazos descubrí que el sueño no sería tan llevadero como antes sino que esta vez sería imposible. Las gigantescas rocas de hielo atravesaban sin miramientos las ramas del pino sin importar si para lograrlo debían mutilarlo un poco.
Maldecía y maldecía luego de cada golpe mientras observaba a la gente refugiarse en sus respectivas casas. Muchos pasaban frente a mí cubriéndose la cabeza con trozos de madera. Cuando pensé que no podía ponerse peor comenzó a llover. Cada daguita de hielo se quebraba contra la tierra y contra mi casco. El suelo comenzó a inundarse y sobre mi piel el agua que conseguía colarse dentro de la armadura se deslizaba. Moriría congelado sino pensaba pronto en algo.
-Pobre muchacho ¿No tienes refugio?- dijo una voz.- Sígueme, rápido.- continuó diciendo a la vez que me tendía su mano delicada la cual tomé para ponerme de pie.
Juntos corrimos bajo las dagas varios minutos hasta llegar a la puerta de la iglesia. La joven encapuchada sacó de su abrigo una pequeña llave dorada con la cual abrió la puerta. Una vez dentro ella volvió a hablarme.
-Uff, qué tormenta. Es la época- sonrió dejando a un lado la madera y cerrando luego la puerta con llave nuevamente.
-Al menos ya estamos a salvo.
-Eres un forastero ¿verdad? ¿De dónde vienes? ¿Cómo te llamas?- indagó curiosa mientras encendía unas velas.
-Nací en Lorencia, es mi primera vez en la ciudad. Me llamo Selvheen.
La joven se bajó la capucha y sacudió sus largos cabellos castaños.
-Un gusto, Selvheen. Mi nombre es Sevina.