domingo, 6 de junio de 2010

Quinto escrito. Octava parte. La misión.

Era increíble, simplemente increíble. Al fin un set de verdad protegiendo mi cuerpo diesicieteañero. Nunca me habría imaginado que una armadura pudiese resultar tan liviana y cómoda.
Tras los quince minutos que me llevó ponérmela di las gracias al amable Dark Lord de cabellos luminosos y salí corriendo del lugar lleno de entusiasmo sólo para toparme de frente, casi cara a cara, con mi Lord Isand y entonces volver a sentirme pequeño ante él. Su magnifica armadura Hades, su capa y sus tres pares de alas cubiertas de plumas blancas y celestes consiguieron impactarme muchísimo.
-¡Mi, mi Lord!- tartamudeé haciendo una improvisada y, por consecuente, desprolija reverencia al hombre que se limitó a recorrerme de arriba a abajo con su mirada celeste para luego dar media vuelta y regresar, junto con Kiire, a su elegante carpa.
-¡Selvheen, te ves requete divino!- sonrió Sifin sonrojándome.
-Gracias- sonreí también.
-Me recuerdas a un amigo de hace muchos años, en mi época de Noob- continuó la elfa.
-¿Qué es un Noob?- inquirí curioso como un gato únicamente para arrepentirme por ello luego.
-¡Ahy, lo lamento! No quise decir que eres un Noob. Me refería a mis épocas como novata.
-Noob es una manera despectiva de llamar a los novatos- explicó Zoutah sin darle mayor importancia a sus palabras.
Sin embargo, hubiese preferido mil veces no haber escuchado aquello de Sifin. Nunca me creí la gran cosa en lo que a materia de poder y jerarquía respectaba, pues no lo era, mas de todas maneras el mal sabor de boca se me quitó a los pocos segundos. Era mi misión lo que realmente perturbaba mi joven mentecilla.
-Muchacho, ve a "jugar" por ahí un rato hasta que anochezca. Sifin y yo tenemos cosas importantes que hacer.
-De acuerdo...- respondí un poco dolido por el tono despectivo utilizado por el guerrero en la palabra "jugar".

La última noche con el Clan finalmente lo cubrió todo. Zoutah, Sifin y Kiire estaban conmigo a más o menos un kilómetro del campamento donde la mayoría ya debía encontrarse durmiendo. El silencio en donde nos encontrábamos era interrumpido únicamente por el constante arrullo del viento congelado. La aurora boreal casi rozaba la tierra con sus colores traslúcidos. Qué hermosa era.
Recuerdo haber estado temblando mas lo que menos sentía era el frío. No sé si fue por el miedo pero mis ojos se aguaron y enrojecieron. Con diecisiete años lo único que deseaba abrazar a mi maestro y esconderme entre sus brazos.
-Es hora, Selvheen- dijo Kiire de pronto más firme y serio que nunca.
Me sorprendió un poco que no me mirase a los ojos cuando habló sino que los clavase en el nevado y lejano horizonte. Recuerdo haber sido reprendido varias veces por no mirarlo a los ojos a él.
-Mucha suerte, muchacho- me deseó calidamente el guerrero apoyando su gran mano en mi hombro.
-Sé que puedes hacerlo, suerte- dijo Sifin mientras me abrazaba y besaba en la mejilla.
-Esperamos tu rápido retorno al Clan- dijo finalmente Kiire sin mirarme siquiera.
Qué le ocurría a mi maestro ¿estaría enojado conmigo? Fuera lo que fuese lo que le sucedía, me dolió mucho aquella fría despedida que había resultado ser la más distante de todas las que habíamos tenido.
Se hizo luego un largo silencio y supe que debía partir... Me despedí de los tres portando en mi brazo, por primera vez, el brillante emblema del Clan el cual me llenaba de valor y orgullo y, tras un último suspiro, les di la espalda para comenzar mi viaje. Con los pies un poco hundidos en la nieve caminé unos cien metros con el viento en contra. Entonces miré hacia atrás. La elfa y el guerrero aguardaban, Kiire había desaparecido.

Recuerdo el viento helado cortando mi rostro sin clemencia durante una nevada como lo haría una navaja con una fina hoja de papel de arroz. No podía distinguir nada a más allá de los cincuenta metros y a duras penas conseguía mantener abiertos los ojos.
El frió sin embargo no me resultó un gran inconveniente, lo sentía, sí, pero no logró ser una molestia para mí ya que el set resultaba mucho más cálido de lo que había creído en un principio.
Me encontraba algo desorientado tratando de reubicarme cuando distinguí un punto rosado en la distancia. Me llenó de regocijo ver algo, aunque fuese aquel puntito así que, sin pensarlo dos veces, incluso sin saber si me desviaba o no de mi ruta, avancé hacia la pequeña lucecita.
A medida que aquel punto de a poquito se agrandaba y agrandaba la tormenta con su viento decreció considerablemente hasta desaparecer por completo. Cuando al fin pude abrir los ojos quedé completamente impactado por lo que vi. A mi alrededor y por todas partes, clavados en la nieve, brotaban del suelo cual árboles diamantes enormes que irradiaban aquella mágica luz rosada. Estos hacían juego con una pequeña aurora boreal que serpenteaba con sus fríos colores casi rozando mi cabeza. Caminé un poco contemplando todo embelezado hasta que de pronto me pareció escuchar algo en la distancia.
-Ven, joven mago. Ven conmigo, acércate. No sientas ningún temor- decía aquella voz melodiosa.
Busqué rápidamente con la mirada, como lo hacen las aves, por todas partes la fuente de aquella voz mágica proveniente de ningún lugar.
-¡¿Quien eres?!- pregunté en voz alta para asegurarme el ser escuchado.
-Ven a mí, joven mago, necesito tu calor. Tengo mucho frío- continuó diciendo aquella voz que a cada instante conseguía enamorarme más y más.
-¡¿Dónde estás?!- volví a preguntar buscándola.
Fue entonces cuando pude verla escondida tímidamente tras uno de los enormes diamantes rosados, vestida completamente de blanco y portando en su espalda unas bellísimas alas color nieve sin plumas ni membrana. Lentamente pero sin miedo alguno caminé hacia ella y pude distinguir sobre sus largos cabellos oscuros una hermosa y delicada corona blanca. A cada paso conseguía distinguirla mejor, sus ojos celestes eran como estrellas y sus labios rosados lucían cual deliciosas y heladas cerezas.
-Eres tan hermosa- fue lo primero y lo único que pude articular ante ella.
Curiosamente lo inusual de la situación no me asombró para nada, me sentía hechizado y las palabras simplemente escapaban de mi boca como las aves lo harían de una jaula abierta.
-Acércate un poco más, de veras necesito tu calor.
Un escalofrió de placer me recorrió todo el cuerpo. Pude sentir como una fuerte erección cobraba vida entre mis piernas y entonces, con las mejillas sonrojadas, rodeé con mis brazos la figura de mi princesa helada apoyando mi cuerpo deseoso contra ella quien también me abrazó. El deseo se iba apoderando completamente de mí.
-Dame ahora el calor de tu sangre, alimenta mi existencia con el calor de tu vida.
-Toma de mi lo que quieras- contesté hipnotizado sin siquiera escucharla.
Cerró ella sus ojos y preparó sus labios, pasé la lengua sobre los míos y los acerqué a los suyos. Su aliento se fundía con el mío cuando una estridente risa histérica resonó de pronto acabando con el sueño. Ante mí mi princesa de nieve se había convertido en una mujer de aspecto sumamente tétrico, con largos colmillos en toda su boca y los cuencos de sus ojos vacíos.
Asustado intenté retroceder y escapar pero ella me sostenía en su firme abrazo el cual se estrechaba cada vez más, como el de una boa exprimiendo la vida de su presa, hasta el punto de comenzar a generarme un intenso dolor. Luché cual animal enjaulado para liberarme mas no hubo caso. Quise gritar pero supe de inmediato que en aquel lugar desolado nadie podría escucharme. Sino hacía algo moriría. El abrazo continuó estrechándose aún más, en cualquier momento mi armadura cedería, en cualquier momento escucharía a mis huesos quebrarse en mil pedazos...
Mi vida comenzó a pasar frente a mis ojos. Mi niñez, la muerte de mis padres, la aparición del Clan en mi vida... Entre los rostros que se me cruzaron estuvo el de Kiire, mi maestro. Ahy, qué decepcionado se sentiría de mí... Durante mi entrenamiento en Noria nunca conseguí teletransportarme, si bien él lo hacía lucir como lo más sencillo del mundo. ¡Esa era la respuesta! Debía teletransportarme, mi vida dependía de ello. Cerré los ojos, respiré como pude y sin pensarlo dos veces desaparecí... Rápidamente reabrí los ojos, había reaparecido a unos escasos dos metros de mi captora que, en aquel momento, se elevaba iracunda en el aire mientras en sus manos se materializaba un cetro blanco con el que me apuntó.
Desesperado eché a correr cual conejo asustado con la esperanza de que al llegar a la tormenta aquella bruja de las nieves hubiera perdido mi rastro.
Mientras a duras penas yo huía, la horrenda mujer comenzó a decir algo utilizando palabras totalmente desconocidas para mí. No podía verla pero saber que se encontraba detrás mío me helaba la sangre, temí que aquellas palabras extrañas fuesen nada menos que encantamientos. No estuve desacertado, olas de luz idénticas a mi hechizo Power Wave pasaron primero a mi derecha y luego a mi izquierda. En una fracción de segundo supe que las terceras me alcanzarían y así fue... Rodé por el suelo unos cinco metros y cuando levanté la mirada pude ver al monstruo justo encima de mí, siempre con su risa histérica la cual rememoraría varias veces dentro de mis futuras pesadillas. Adolorido y rendido bajé la mirada esperando lo peor y a unos dos o tres metros de allí vi caído en la nieve aquel pequeño casco plateado que Kiire me había regalado hacia poco tiempo.
-¡Chester, aparece!- grité con todas mis fuerzas.
Entonces la conocida luz dorada se encendió y mi hermoso Uniria cobró forma. El monstruo volteó furioso hacia él y, tras dedicarme un espectral rugido que casi detuvo mi corazón, me dio la espalda y comenzó a seguirlo dejándome solo mientras mi amigo huía llevándosela cada vez más lejos hasta hacerla desaparecer.
Pasaron unos segundos en los que no hice nada. Luego di un hondo suspiro de alivio y me recosté en la nieve mirando al cielo con sus bellas estrellas y su verdiazul aurora de zigzagueante luz mágica. El peligro había terminado y yo había sobrevivido.

El resto del viaje trascurrió sin sobresaltos. Algún que otro Yeti se cruzó en mi camino mas, a diferencia de mi primer encuentro con ellos, pude espantarlo fácilmente con mis más simples hechizos. El cielo se mostraba anaranjado cuando pude al fin visualizar la ciudad cuya entrada custodiaban dos imponentes guardias con lustrosas armaduras plateadas que les cubrían todo el cuerpo salvo por una pequeña rendija para los ojos.
-¡¿Quien anda ahí?!- preguntó uno de los guardias con voz autoritaria.
-Me llamo Selvheen, vengo en busca de la sacerdotisa Sevina- tartamudeé.
El guerrero rió junto con su compañero.
-¿Piensas que dejaremos entrar a un Dark Wizard desconocido así porque sí a la ciudad?
Me quedé mudo sin saber que contestar. No quiero confesar el miedo que me daban esos guardias pero me daban miedo y lo que menos quería y necesitaba era que se enojaran conmigo. Así que no tuve mas remedio que dar media vuelta. Me alejaba cuando...
-¡Espera, muchacho!- me llamó uno.
-¿Qué haces? No me digas que piensas dejarlo entrar.
-Mira su brazo, el emblema.
-¡Dioses santos, mil disculpas, muchacho! Pensamos que eras un bandido. Adelante, pasa a la ciudad.
-Y discúlpanos- concluyó el otro.
Lo único que atiné a decir dentro de mi sorpresa fue "gracias". Había olvidado el respeto que se le profesaba al Clan en Devias. En fin, despabilándome un poco y tratando de no cruzar mis ojos con los de los guardias, me adentré en la ciudad.
Qué bella se veía de noche, era la primera vez que mis ojos se posaban en ella, en sus calles de piedra, sus hermosas casitas, los pequeños pinos diseminados por todas partes y la nieve coloreada por las luces de la aurora boreal, la luna y las estrellas. Paseé tanto el cuerpo como la mirada por las calles empedradas cubiertas de escarcha que bajo mis pasos se quebraba. Tan embelesado me encontraba que no presté atención a asuntos más prácticos como dónde dormiría sino tenía ni un centavo, qué comería y por dónde comenzaría mi búsqueda.
La noche no tardó en caer por completo y cubrirlo todo con su velo de sombras misteriosas. Mi paseo turístico por Devias estaba a punto de llegar a su fin mas un piedrazo justo sobre mi casco apresuró las cosas. Busqué con la mirada el origen del golpe cuando comenzaron a llover enormes piedras de hielo. Se trataba del granizo más fuerte que había visto hasta entonces. Apurado corrí bajo la lluvia escuchando el sonido de las rocas impactando sobre mi armadura. Corría en vano pues no conocía la ciudad e ignoraba dónde podía ir. Por otra parte no quería que mi armadura nueva tuviese abolladuras con tan sólo una semana de uso. Finalmente terminé bajo el único refugio que pude encontrar, un pobre pinito desvalido cercano a la salida Sur de la ciudad. Refunfuñando como un viejo, me cubrí con la capa de seda, igual a las de mis compañeros mayores del Clan, y me dispuse a dormir. Incómodo pero a dormir.
A la mañana siguiente la nieve me cubría las piernas y el amable y tibio sol calentaba mi cuerpo. Se escuchaba el sonido de carretas, vendedores y personas de todas las edades que por mi lado pasaban. Noté que alguien durante la noche me había dejado algunas monedas y no pude evitar sonrojarme, qué suerte que nadie del Clan sabría jamás de ello. Luego de guardarme las monedas, lentamente me levanté y me dediqué a estirar cada músculo de mi cuerpo. Después de varios "cracks" me saqué el casco que me incomodaba, respiré profundo e intenté ponerme a pensar. Si yo fuese una sacerdotisa, dónde me encontraría. La respuesta llegó por si sola: en un templo o una iglesia.
-Señor- llamé a un hombre que por allí pasaba.- ¿Sabe dónde queda alguna iglesia?
-En el centro de la ciudad está la gran iglesia donde todos van a orar- me contestó.- No queda muy lejos, sigue al Norte, te cruzarás un bar muy grande, de ahí sigues al Norte hasta llegar.
-Muchas gracias.
-De nada, Señor Soul Master- dijo haciéndome una reverencia para retomar luego sus labores.
Señor Soul Master... Qué bien se escuchaba. Sin duda mucho mejor que el "Noob" de Sifin. Algún día me convertiría en un Señor Soul Master de verdad, sólo era cuestión de tiempo y de nada serviría impacientarse.
Así que, sonriente, me dirigí a la iglesia de Devias.
Cuando llegué vi que no era muy grande pero tampoco muy chica. Parecía por fuera una casa más del montón salvo por su tamaño, la cantidad de ventanas y la enorme puerta doble delante de la que me encontraba. Hice una reverencia y entré lo más silenciosamente que pude.
El panorama dentro distaba bastante del exterior. Una larga alfombra roja se extendía en medio del lugar hasta llegar al altar mientras que bancos de madera oscura enfilados a la perfección ayudaban a mantener la simetría del conjunto. Algunas personas oraban en aquel momento, dispersos entre los bancos, mas el silencio era casi absoluto.
De pronto un sacerdote entró y se dirigió directamente hacia el altar donde al parecer se puso a acomodar algunas cosas. Caminé hacia él y le pregunté...
-Padre, estoy buscando a la sacerdotisa Sevina ¿sabe dónde puedo encontrarla?
-Difícil que la encuentres aquí, es una jovencilla bastante rebelde. Se la pasa jugando con los niños tanto dentro como fuera de la ciudad- contestó con tono amigable.
-Ya veo... Muchas gracias.
Me sentí decepcionado, tendría irremediablemente que ir a buscarla por todo Devias. Suspirando fui dejando la iglesia lentamente atrás.
Afuera el sol brillaba con fuerza y si no fuese por la nieve cubriéndolo todo nadie diría que aquel lugar era una zona helada azotada por fuertes tormentas polares.
Continué mi caminata durante todo el día observando a la gente, las tiendas y las carretas. No me sorprendió no encontrar rastros de Sevina ya que el único plan que tenía para ello era caminar por la ciudad hasta dar con ella. Qué me hizo pensar que la reconocería si los únicos datos con los que contaba eran que se trataba de una mujer joven, sacerdotisa, llamada Sevina.
Las calles cubiertas de noche me invitaban a recorrerlas pero ya me sentía cansado y mi prioridad era encontrar un nuevo refugio, de ser posible, mejor que el pino de ayer. Tras horas de buscar y buscar encontré el sitio perfecto: otro pino igual al anterior. Sin prisa me fui acomodando cuando un rayo partió en dos el firmamento.
-Maldición- gruñí cuando tras el rayo resonó un trueno y luego comenzaron a caer piedras más grandes que las de la noche anterior.
Tras recibir varios piedrazos descubrí que el sueño no sería tan llevadero como antes sino que esta vez sería imposible. Las gigantescas rocas de hielo atravesaban sin miramientos las ramas del pino sin importar si para lograrlo debían mutilarlo un poco.
Maldecía y maldecía luego de cada golpe mientras observaba a la gente refugiarse en sus respectivas casas. Muchos pasaban frente a mí cubriéndose la cabeza con trozos de madera. Cuando pensé que no podía ponerse peor comenzó a llover. Cada daguita de hielo se quebraba contra la tierra y contra mi casco. El suelo comenzó a inundarse y sobre mi piel el agua que conseguía colarse dentro de la armadura se deslizaba. Moriría congelado sino pensaba pronto en algo.
-Pobre muchacho ¿No tienes refugio?- dijo una voz.- Sígueme, rápido.- continuó diciendo a la vez que me tendía su mano delicada la cual tomé para ponerme de pie.
Juntos corrimos bajo las dagas varios minutos hasta llegar a la puerta de la iglesia. La joven encapuchada sacó de su abrigo una pequeña llave dorada con la cual abrió la puerta. Una vez dentro ella volvió a hablarme.
-Uff, qué tormenta. Es la época- sonrió dejando a un lado la madera y cerrando luego la puerta con llave nuevamente.
-Al menos ya estamos a salvo.
-Eres un forastero ¿verdad? ¿De dónde vienes? ¿Cómo te llamas?- indagó curiosa mientras encendía unas velas.
-Nací en Lorencia, es mi primera vez en la ciudad. Me llamo Selvheen.
La joven se bajó la capucha y sacudió sus largos cabellos castaños.
-Un gusto, Selvheen. Mi nombre es Sevina.

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