El viento soplaba con tanta fuerza que casi nos impedía avanzar y si bien mi armadura me daba todo el abrigo necesario no conseguía hacerme dejar de extrañar las gruesas y pesadas capas de los Dark Lord. Nadie ha conseguido hasta el día de la fecha sacarme de la cabeza la idea de que, además de abrigarme, aquellas capas se me ven muy bien.
En lugar de mi gruesa y anhelada prenda oscura, sobre mis hombros y los de Sifin se hallaba la capa blanca de seda que todos en el Clan utilizaban, la cual por cierto me resultaba únicamente un estorbo.
Quejándome de todo cuanto había a mi alrededor continué avanzando mientras mis piernas, como las de Sifin, se hundían cada vez más en la nieve. El camino parecía no tener fin y cuando estuve a punto de decírselo a mi compañera conseguí ver algo a través de la niebla. Una enorme pared de piedra se alzaba monstruosa ante nosotros. A sus pies unos pinos parecían querer rodearla, con respecto a la cima, la niebla, el viento y la nieve no permitieron distinguirla. Miré a Sifin en busca de alguna señal en su rostro que me permitiese deducir si aquella pared, probablemente la base de una gigantesca montaña, significaba algo para nosotros, pero no obtuve nada de modo en que me limité a suspirar y seguir dando aquellos duros pasos.
A medida que la montaña se hacía más cercana la nieve era menos profunda y el viento menos cruel. Sin duda aquella piedra enorme hacía las veces de rompevientos. Me pregunté si la escalaríamos, la rodearíamos o qué. Mas, de pronto, mis pensamientos se vieron interrumpidos por una suave y tibia ventisca que al tocar mi rostro se sintió como una hermosa caricia. Curioso levanté la mirada para ver de donde provenía tan extraño calor y pude ver que la enorme montaña no era lisa y perfecta como parecía en la distancia sino que parecía poseer una enorme rajadura de la cual brotaba aquel viento cálido. Seguramente aquella cueva era a donde nos dirigíamos. Sonreí para mis adentros, complacido de que nuestro destino fuese un lugar tibio.
Al llegar no dimos demasiados rodeos, nos adentramos en la gran abertura de piedra y una vez dentro, el frío desapareció por completo. Un larguísimo y oscuro corredor iluminado únicamente por altas torres de fuego que brotaban del suelo donde yacían varios huesos enormes se extendía ante nosotros sin permitirnos contemplar su final. Sifin quien no parecía sorprendida por nada de eso, se detuvo y tomó un cuerno que llevaba atado a su cintura. Luego, asomándose nuevamente al exterior, lo levó a sus labios para hacerlo sonar con fuerza. El sonido captó mi atención, de modo que me asomé junto con ella a pesar del frío que tanto me disgustaba. A lo lejos, casi sobre la línea del horizonte, un punto rojo comenzó a divisarse. Un enorme lobo acorazado como el magnifico lobo dorado del Lord corría hacia nosotros abriéndose paso entre la nieve y el viento sin la menor dificultad. Gracias a sus enormes y majestuosas zancadas el maravilloso animal no tardó en llegar a nuestro lado e internarse con nosotros dentro de la escalofriante cueva.
-Este es Kovei, mi Fenrir- presentó Sifin una vez dentro acariciando la cabeza roja y lustrosa del animal.
Sonreí y extendí la mano para tocarlo pero de inmediato volvieron a mi memoria dos adorables lobos que no habían sido muy cariñosos conmigo en el pasado de modo que di marcha atrás con el gesto. No deseaba para nada probar la mordida de un can de dos toneladas.
-No tenemos tiempo que perder, Selvheen, súbete.
La miré esperando haber escuchado mal, mas en el fondo sabía que no había sido así. Sifin aguardaba en silencio junto al lobo pretendiendo de veras que yo montase a la enorme bestia sanguinaria. Yo, un futuro Señor Soul Master, me sentía un verdadero infante al hacerla esperar de esa manera y la sensación crecía con cada segundo que pasaba. De seguir así quedaría en ridículo, de modo que me decidí, suspiré, tomé todo el coraje del mundo, caminé hacia la bestia, extendí mi mano hacia ella, le acaricie la barbilla mientras esta emitía un sonido similar a un ronquido y después, finalmente, la monté. Sifin sonrió con aprobación, lo cual hizo que se me enrojecieran un poco las mejillas, y luego montó tras de mí sin decir nada.
Como creo que Zoutah jamás tendrá acceso a esta bitácora confieso que tener el cuerpo de aquella elfa tan pegado al mío, lamentablemente separado por nuestras armaduras, resultó una experiencia muy sensual.
Comenzó a correr el majestuoso Fenrir rojo por el pasillo levantando el polvo con cada poderosa zancada. A toda velocidad pasamos bajo un túnel de huesos formado por una enorme columna vertebral que sostenía a sus lados largas e impresionantes costillas. Me pregunto hasta el día de hoy a qué gigantesca criatura habrá pertenecido...
De repente las auras anaranjada y verde me rodearon nuevamente, Kovei apresuró la marcha y el cuerpo de Sifin se tensó. Confundido miré a mi alrededor, unos ojos rojos se hicieron visibles entre las tinieblas. Aunque el Fenrir corría a toda prisa aquellos siniestros rubíes no quedaban atrás sino más bien corrían a nuestra par.
De pronto y de la nada una gigantesca criatura negra cubierta de acero, con pies pequeños y brazos largos y musculosos como un gorila se abalanzó sobre nosotros atacándonos por nuestra derecha. Afortunadamente conseguí reaccionar a tiempo haciendo surgir una torre de fuego justo debajo de nuestro atacante que, al golpearlo, lo lanzó muy lejos del Fenrir.
-¡Muy bien he...
Antes de que Sifin terminase el cumplido otro de esos monos infernales se nos tiró encima por detrás pero logré tomarlo por el cuello con mi látigo eléctrico y estrellarlo contra otros tres monstruos de ojos rojos que intentaban cerrarnos el paso al frente. Kovei saltó sin dificultad la pila de criaturas derrotadas y los tres seguimos nuestra carrera dejando atrás el peligro.
Poco después nuestra ruta nos condujo dentro de una clase de estrecho laberinto. El Fenrir ya no corría sino que caminaba con la vista al frente y las orejas en alto esperando los comandos de su ama. Por mi parte comenzaban a agradarme aquellos lobos gigantes. Hasta llegué a preguntarme cuando tendría uno para mí. Sifin, concentrada en lo suyo, lo guiaba con gran habilidad por los pasillos de Lost Tower. Parecía conocer el lugar como la palma de su mano lo cual sinceramente me alegró puesto que luego del primer mono a la derecha a mi brújula interna parecían haberle pegado un imán.
Anduvimos dos horas con relativa tranquilidad, aquellos monos diabólicos se nos aparecían con menos frecuencia. De todas maneras no estaba preocupado, con el aura de mi compañera iluminándome no sentía ni el derecho a sentir temor. Mas de pronto escuchamos un poderoso grito metálico, Kovei se puso en guardia y nosotros también. Detrás nuestro llegaron corriendo dos de los monstruos negros, me preparaba para enfrentarlos cuando noté que al frente otro mono nos cerraba el paso. Estábamos rodeados, el pasillo donde nos habíamos metido era demasiado estrecho y a penas nos permitía dar la vuelta con el Fenrir. Tan rápido como pude tomé el cuello de la primera criatura a nuestra espalda con el látigo de luz y la decapité la fuerza de este, de inmediato invoqué la torre de fuego para cerrarle el camino a la bestia que le seguía. Miré hacia delante para enfrentar al otro pero era demasiado tarde, este se encontraba en el aire justo sobre mí dispuesto a partirme al medio con sus afiladas garras.
-¡Ruge, Kovei!- ordenó Sifin.
El lobo obedeció de inmediato, una onda eléctrica recorrió visiblemente su cuerpo desde la cola hasta el hocico, y, cuando este soltó su impresionante rugido, el rayó salió disparado contra nuestro oponente quien cayó sin vida al suelo con su coraza negra hecha añicos.
Me disponía a comentarle a Sifin lo impresionante que me había resultado aquel rugido eléctrico cuando una luz verde impactó contra nosotros con tanta fuerza que nos arrojó a varios metros de nuestra montura. Aturdido por el golpe me incorporé y busqué desesperadamente a mi compañera, esta se hallaba atrapada debajo de uno de esos horripilantes monos negros. Mas este era diferente a los demás ya que estaba cubierto por una luz verde fluorescente. No supe que hacer, pero la situación requería que hiciese algo, así qué corrí hacia ella y el monstruo, me preparé para inventar lo que fuese cuando todo terminó... De abajo de la criatura Sifin salía con el brazo ensangrentado portando un pequeño cuchillo retorcido, probablemente usado muy hábilmente para acabar con aquella oscura y poderosa masa de músculos. Sin perder tiempo y con mucho cuidado la ayudé a ponerse en pie mientras Kovei regresaba tras haber acabado con el mono retenido tras la columna de fuego.
-¿Estás bien?- pregunté mirando la espantosa herida que Sifin traía en el brazo.
-Sí, esto no es nada para mí. No te preocupes.
Una luz blanca rodeó el brazo de Sifin y ante mis ojos la herida simplemente se cerró. La elfa me sonrió con dulzura pero no pude evitar sentirme algo tonto, resultaba fácil olvidar que aquella muchacha rubia de aspecto tan delicado era en realidad una poderosa Battle Master del más alto rango capaz de acabar con un enorme gorila acorazado con tan sólo un retorcido pelapapas.
-Sigamos- dijo segundos después montando nuevamente al rojo Kovei.
Y como ya no temía al perrazo, simplemente asentí y la seguí.
Continuamos nuestra marcha sin mayores sobresaltos mas algo estaba mal con la elfa que por momentos parecía sentirse realmente mareada y desorientada. Hasta su carácter simpático y dulce se había transformado, estaba tan molesta por lo mal que se sentía que no me atreví a preguntarle nada.
A medida que avanzábamos, y Sifin no hacía más que empeorar, las criaturas fueron haciéndose más poderosas. Durante las cuatro horas que nos la pasamos luchado, tuve que enfrentarme con unos enormes toros de hueso que caminaban sobre sus dos patas traseras para sostener en las delanteras gigantescos martillos. Derroté alrededor de cincuenta de ellos hasta que entre los huesos de unos de los toros caídos distinguí las hojas del Pergamino del emperador. Si bien estaba emocionado debido a que ya sólo faltaba el alma del hechicero, la salud de mi compañera no paraba de preocuparme. Por suerte, tras detener varias veces la marcha, Sifin recapacitó decidiendo finalmente desmontar y sentarse en el suelo para descansar en un lugar relativamente seguro.
-Vamos Sifin ¿qué ocurre? No soporto verte así.
-Estoy envenenada, Selvheen- confesó apoyando su espalda contra la pared.- La herida que me hizo la criatura me infectó y no traje las medicinas. No te preocupes, no me voy a morir ni mucho menos, se curará solo. Tu sigue buscando el alma del hechicero- continuó diciendo con esfuerzo.- ¡Rayos, estoy demasiado débil!- gruñó para luego decirme con resignación en su voz.- Tendrás a luchar tu solo.
No pude evitar que se me helara la sangre al oír eso, en cambio Sifin soltó una risita por lo bajo al ver mi cara de espanto.
-Tranquilo, pequeño, obviamente tendrás mi protección- aclaró haciendo luego una pausa.- Cuando el aura comience a extinguirse, aunque sea un poco, vuelve conmigo para que la refuerce. Estaré aquí con Kovei. Eso sí, no te alejes mucho.
-De acuerdo- dije con las piernas aún temblando.
-Buen chico.
Tres horas duró mi obediencia. Cada minuto de ardua lucha que transcurría se volvía de a poco más tedioso que el anterior. Contemplar las mismas paredes, el mismo suelo, los mismos toros asesinos durante tres eternas horas fue lentamente sacándome de quicio. Así que, calculando lo mejor posible la duración de las auras, la velocidad de mis pasos y otros factores comencé a aventurarme cada vez más al interior de la oscura y tenebrosa torre.
Casi finalizaba la más extensa de mis excursiones hasta el momento cuando me pareció escuchar una voz en la negra distancia. De golpe cientos de imágenes de una horrenda bruja helada se me presentaron a la memoria haciendo que mi instinto de supervivencia supiese que era hora de emprender el regreso. Di media vuelta sólo para llevarme un susto de muerte. Había quedado cara a cara con un hechicero vestido con una armadura Legendary igual a la mía. De dónde salió aquel sujeto misterioso y cómo no pude percibir minimamente su presencia era un verdadero misterio. Asustado di un salto hacia atrás, el Dark Wizard me imitó, entonces me puse en guardia dispuesto a luchar por mi vida si era necesario y él también lo hizo. Nos quedamos quietos un largo rato sin atreverse ninguno a hacer el primer movimiento... Era una situación realmente complicada, un descuido y cualquiera de los dos podría terminar muerto con tan sólo un movimiento de muñeca del otro. Sin embargo pasaban los minutos y ninguno se movía. Lentamente, pero sin despegarle los ojos de encima, fui bajando la guardia mientras mi oponente la bajaba conmigo, luego levanté una pierna y él también la levantó. Finalmente suspiré aliviado. Qué tonto había sido y qué suerte que Sifin no estuvo allí para verme.
Más tranquilo me dediqué a contemplar mi figura en el gran espejo. Posé con un hechizo y con otro, para la izquierda y para la derecha, lamentándome constantemente por no haber traído conmigo la capa. Debo admitir que con los espejos grandes puedo ponerme algo vanidoso. Es una conducta que tengo desde chico. En fin, llevaba alrededor de quince minutos jugando a "que genial me veo" cuando noté algo aterrador en mi reflejo, las auras habían desaparecido. Me maldije una y mil veces por ser tan torpe y descuidado como para quedarme sin aura en medio de Lost Tower rodeado de monstruos asesinos sedientos de sangre y para colmo estando tan lejos de Sifin, mi protectora. Pero la realidad era que de nada me servia maldecir, de modo que rápidamente me di la vuelta para regresar con mis compañeros cuando otra cosa llamó mi atención. Mi cuerpo, aunque en menor medida, aún seguía iluminado por la magia de la elfa. Confundido volví a mirar al mago del espejo, ninguna luz lo rodeaba.
-Pero qué demo...
En menos de un segundo el hechicero invocó un látigo eléctrico que lanzó contra mí apresándome el pie izquierdo en el momento exacto en que mis auras se desvanecían por completo. Luego y como si mi cuerpo no tuviese peso alguno mi rival me levantó del pie por los aires para azotarme contra el suelo con tanta fuerza que parte de este cedió agrietándose.
-¡Meteor!- invoqué dándome la vuelta.
Mi meteoro apareció de inmediato mas lucía tan insignificante en comparación a lo que había sido minutos atrás con el poder de Sifin que sentí miedo de que pudiese llegar a extinguirse. Afortunadamente no fue así y el meteoro impactó de lleno contra el hechicero. Con mi enemigo por suerte algo atontado por el golpe quise ponerme en pie pero del suelo brotaron un montón de serpenteantes raíces verdes que me mantuvieron sujeto donde estaba. Debía hacer algo, de modo que con el Ice congelé las piernas de mi rival para inmovilizarlo también y ganar algo de tiempo para pensar. Pero no sirvió de mucho. El mago maligno invocó una lluvia de meteoros que impactaron en su totalidad sobre mí. No sentí dolor sino sólo un montón de poderosas sacudidas, sin embargo nunca hasta ese entonces había recibido una paliza similar. De no haber tenido puesta mi armadura, la cual recibió sus primeras abolladuras, de seguro habría muerto.
Más que atontado aguardé en el suelo mientras observaba como el fuego de los meteoros consumía las raíces que me apresaban. Luego y como pude me incorporé. Fue entonces cuando sentí un dolor punzante recorriéndome todo el cuerpo. Recuerdo haberme llevado la mano al pecho y comenzar a toser con fuerza. Sangre, tosí mucha sangre. Adolorido levanté la mirada hacia mi oponente quien terminaba de liberarse de mi trampa helada y cuyo rostro se había desfigurado completamente mostrando una expresión monstruosa con sus ojos de pronto rojos y su gigantesca sonrisa llena de dientes puntiagudos. Intenté dar un paso al frente casi cayendo al suelo, mi visión comenzaba a nublarse. De pronto comencé a darme cuenta que sin los poderes de la Battle Master yo era un don nadie que por idiota moriría en las garras de aquel monstruo que cualquier Soul Master respetable debería poder hacer pedazos con solo mover un dedo. Pensé también en lo corta y patética que había resultado mi primera batalla de verdad. Estaba perdido... Cerré los ojos y mientras esperaba lo peor recordé a mi maestro. Kiire jamás hacía grandes despliegues de fuerza bruta como solían hacer otros Soul Masters del Clan, nunca lo había visto utilizar aquellas técnicas avanzadas que tanto anhelaba aprender, ni portar pesadas armaduras como la del Lord. Sin embargo, tenía el rango que tenía... Si él podía ser el asistente del Lord con su delicada armadura dorada y sus técnicas de novato, yo como su alumno lo mínimo que debía hacer era sobrevivir a aquella batalla. Por otra parte, quería volver a verlo y quería que se sintiese orgulloso de mí. No podía morir con ese patético hechicero de cuarta.
Con mis energías renovadas y con todo el espíritu puesto en la pelea abrí los ojos y corrí hacia mi oponente quien intentó desesperadamente enlazarme de nuevo mas me teletransporté para esquivar su látigo todas las veces que inútilmente lo intentó. Al llegar a su lado hice lo que ningún Dark Wizard, Soul Master ó Grand Master decente debe hacer, comencé a darle una golpiza que jamás olvidaría. Derechazo tras izquierdazo le di hasta que cayó y una vez que estuvo en el suelo me apresuré a amarrarlo invocando las raíces venenosas. Retorciéndose como un animal mi rival intentaba liberarse mas estaba condenado.
-Ice...
Las estacas de hielo surgieron por debajo de él y atravesaron su espalda sin importarles la armadura para asomar sus afiladas puntas ensangrentadas por su pecho. Retorciase aún el cuerpo del hechicero cuando decidí invocar una torre de fuego encima de él. Sin emitir ni un solo quejido mi difunto rival ardió entre las llamas mientras muy malherido yo lo contemplaba en un respetuoso silencio.
Minutos más tarde, cuando las llamas dejaron de arder, justo antes de emprender mi regreso, eché una última mirada a aquel monstruo que pudo haberme matado. Nada quedaba de él más que sus cenizas, pero algo brillante entre ellas capturó mi atención. Rápidamente me arrodille junto a los restos del mago y con mi mano descubrí aquel pequeño objeto azul y brillante. Se trataba nada más y nada menos que del alma del hechicero.